sábado, 5 de julio de 2008

Imágenes obsesivas

Por Gustavo Abad
Los únicos que tienen autoridad para mirar el dolor de los demás son los que tienen alguna posibilidad de remediarlo, decía la escritora estadounidense Susan Sontag, al referirse a la cantidad de imágenes de violencia y de muerte que consumimos cada día hasta el hartazgo y la inconciencia.
Si no podemos hacer algo por las víctimas de ese dolor, somos simples mirones, remataba ella, con esa manera casi irrevocable de echar abajo los lugares comunes que circulan con toda licencia y que damos por válidos sin reflexión, como aquel que pregona que la difusión continua de imágenes dramáticas sirve para tomar conciencia del horror y no volver a cometerlo.
El cuerpo destrozado muchas veces causa la misma curiosidad que el cuerpo desnudo. Quizá por ello, el concurso World Press Photo recoge con extraña predilección las fotos más desgarradoras del mundo y quizá por eso mismo las multitudes que visitan sus exposiciones exclaman ¡qué horror! y luego se repliegan sin más sobresaltos hacia sus propias urgencias, hacia sus propios duelos, porque difícilmente tienen espacio para los de esos desconocidos.
El actual predominio de la imagen como producto informativo a través de todos los medios desplaza nuestros sentidos y nuestra comprensión de la realidad. Recordar ya no es reflexionar sobre un acontecimiento, sino evocar una imagen, decía la misma Sontag. La comprensión pierde espacio ante la emoción.
El asambleísta Rafael Estévez intenta coserse los labios para protestar por lo que considera autoritarismo de la mayoría oficialista en la Asamblea. El presidente Rafael Correa derriba con un combo un cubículo de castigos en una cárcel esmeraldeña. Las cámaras recorren la acera ensangrentada donde asesinaron al periodista Raúl Rodríguez. Decenas de fotógrafos buscan el rostro del violador que cometía sus crímenes en los alrededores del Pichincha. Tres mil personas marchan en Guayaquil en reclamo de más seguridad y mano dura contra la delincuencia… Imágenes, emocionantes imágenes, que sin embargo, poco o nada nos dicen de la realidad social e histórica que las produce.
Hace pocos años era usual entre los fotógrafos de prensa hacerse esta pregunta: ¿Si estás cubriendo una guerra y encuentras un herido a punto de morir en el camino, lo ayudas o le tomas la foto? Recuerdo que muchos respondían: le tomo la foto. Se justificaban diciendo que de todas maneras el hombre iba a morir, en cambio, la imagen de su muerte dando vueltas por el mundo podría salvar a otros. Extraña fórmula compasiva.
Kevin Carter siguió esa doctrina y tomó la foto de una niña africana agonizando de hambre mientras, a pocos metros, un buitre esperaba para saltar sobre ella. El cronista gráfico ni siquiera hizo el ademán de espantar al pajarraco. Con esa foto ganó un Premio Pulitzer. Poco después se suicidó.
La palabra nos hace comprender la realidad, pero la imagen solo nos obsesiona. Por eso se entiende que la revista Vanguardia colocara un colosal NO en su portada de hace dos semanas, probablemente para que esa imagen actúe de manera subliminal como un letrero luminoso que se prende y se apaga en el inconciente de cada elector en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución. Ese NO, por efecto del diseño (letras blancas sobre fondo rojo), se desvincula de su sentido verbal y muta en ícono propagandístico, en artefacto visual tan obsesivo como la negación que promueve.
Una imagen que reemplaza el debate, que persigue efectos en lugar de reflexiones. Una imagen que, si nos toma desprevenidos, nos convierte a todos en mirones.
El Telégrafo 06-07-08

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