miércoles, 9 de octubre de 2019

La aporía de un país bajo las bombas lacrimógenas


Por Gustavo Abad
Esto se veía venir, lo que no se podía anticipar era el cómo y el cuándo. Un gobierno como el de Lenín Moreno, que nació deslegitimado por fundadas sospechas de fraude en las elecciones de 2017, tenía que enfrentarse algún día con su mayor debilidad: ocupar el poder, pero carecer de autoridad.
Rota su complicidad de diez años con el correísmo, la banda delincuencial más grande que ha gobernado al Ecuador –el expresidente Correa está prófugo, el expresidente Glass sigue preso, mientras otros jefazos guardan arresto domiciliario o se refugian en paraderos desconocidos– Moreno no vio otra salida, para sostener su difuso plan de gobierno, que buscar el apoyo de la derecha empresarial, paradójicamente, la mayor beneficiada por el correísmo.
El discurso anticorrupción de Moreno al inició de su mandato le permitió comprar tiempo y mejorar considerablemente su capital simbólico para gobernar con relativa tranquilidad sus dos primeros años. Después se diluyó misteriosamente.
Fue entonces cuando sus nuevos aliados comenzaron a cobrarle su apoyo interesado. Los acuerdos con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concretados a inicios de 2019, solo confirmaron el proyecto neoliberal del gobierno y crearon el estado de ánimo para la rebelión de diversos sectores sociales.
En este momento a nadie le interesa debatir acerca de la racionalidad técnica de las medidas económicas del pasado 30 de septiembre –eliminación del subsidio a los combustibles, flexibilización laboral, reducción de vacaciones y de sueldos, etc.– porque en la política no rige tanto la racionalidad como los imaginarios. Y en el Ecuador el imaginario asociado a la palabra paquetazo es el de la protesta callejera, las llantas quemadas, la represión policial, la indignación popular.
Ni Moreno ni sus ministros tuvieron la capacidad de entender esa dimensión de la política y mucho menos de imaginar medidas de compensación para atenuar el golpe que iban a asestar. Su error no es técnico sino político. Por eso repitieron el viejo libreto de anunciar el paquetazo como si nada y, al primer brote de inconformidad, responder con la declaración del estado excepción y una represión desmesurada, comparable solo con los días más atroces del correísmo.
Al fin y al cabo, Moreno es heredero de Correa, la cara complementaria de la misma moneda. No hay traición entre ellos ni divergencia de ideales, sino bronca por un mal reparto del negocio.
En el Ecuador vivimos una aporía en toda regla, una situación desesperante en la que, hagamos lo que hagamos, vamos a perder. El desprestigio del gobierno de Moreno podría hacer reflotar la figura de su antiguo jefe y eso buscan ahora mismo sus adeptos mediante la estrategia de generar violencia en las calles. Por eso es necesario identificar quién es quién en todo este estado de cosas demencial.

  1. El movimiento indígena recupera espacio y movilización
Golpeados por tantos años de represión y cooptación de sus dirigencias, desgarrados por luchas internas e infiltrados por oportunistas, los movimientos sociales han requerido en los últimos años más energías para sobrevivir que para liderar un camino hacia un país mejor.
De todos ellos, el movimiento indígena, el de mayor incidencia política desde el retorno a la democracia y también el más perseguido y reprimido por el correísmo, cuenta todavía con una base bien organizada, a juzgar por la capacidad de movilización de los últimos días.
Su presencia en las calles de Quito evoca los momentos de su mayor auge en la década de 1990 y primeros años 2000. De hecho, si alguna fuerza social va a resultar determinante en el desenlace –cualquiera que sea– de esta rebelión popular, es justamente la de las organizaciones indígenas.
No obstante, se trata de un actor con pronóstico reservado, con dirigencias todavía confusas, con mayor capacidad reactiva que programática. Una densa maraña de intereses cruzados impide aseverar con alguna certeza cuál será su derrotero.
Otros, como el ecologismo y el feminismo, que han ganado mucho espacio en los últimos años, no alcanzan todavía la incidencia que ojalá lleguen a tener pronto en la vida pública.
Mientras tanto, vivimos la aporía de un país obligado a mirarse a sí mismo en medio de una nube de bombas lacrimógenas.


  1. La estrategia del correísmo es el cinismo
Varios dirigentes del anterior gobierno quieren aprovechar esta ola de inconformidad popular para posicionar una falsa imagen de luchadores sociales. En estos días aparecen personajes como Virgilio Hernández, Gabriela Rivadeneira, Paola Pabón, entre otros, que quieren pasar como abanderados de la protesta.
Hace poco más de dos años, cuando detentaban el poder, condenaban cualquier manifestación en las calles. Para ellos, todo brote de rebeldía popular era sinónimo de terrorismo y desestabilización. Quienes ahora se quejan de la violenta represión del gobierno morenista, hace menos de tres años aplaudían los balazos del régimen correísta.
Cualquier persona honesta tiene dudas en la vida. Los correísta no las tienen. Su estrategia es el cinismo, ese salvoconducto psicológico que se compran algunos para ir por el mundo sin que les asome en la cara el menor rastro de vergüenza.

  

3.            A los choferes solo les importan los choferes

Intento rastrear en la historia de las luchas sociales algún acto de solidaridad de los choferes con otros sectores y no lo encuentro. A los señores del volante solo les importan sus propios intereses.
Durante el gobierno correísta, las principales organizaciones del transporte (buseros y taxistas) ejercieron como sus mejores aliadas. Participaron en las campañas electorales del oficialismo con gente y vehículos. Así obtuvieron exoneraciones de impuestos, subsidios para combustibles, reducción de las normas de seguridad, disminución de los controles en las carreteras y, lo peor de todo, impunidad para su conducta asesina en las calles y rutas del país con un promedio que supera los mil muertos cada año.
Los transportistas solo piensan en ellos. Una vez que obtienen sus beneficios particulares se olvidan de los demás. Dicen que luchan por el pueblo, pero lo maltratan todos los días en sus carros de la muerte.


  1. Varios medios privados se traicionan a sí mismos
Resistir durante diez años el asedio de un gobierno enemigo de los medios y del periodismo requiere valor e inteligencia. Dilapidar en pocos días ese capital simbólico ganado a fuerza de revelar la corrupción en las altas esferas del poder es una extremada torpeza. No puedo asegurar que todos, pero al menos Teleamazonas y Ecuavisa han dado muestras de ella.
El enfoque oficialista de sus informaciones es un retroceso en el terreno ganado en los últimos años por muchos medios y periodistas, que le ofrecieron al país pruebas innegables de la importancia social de su trabajo. Hablar en sus noticieros de los beneficios de la eliminación de impuestos a las computadoras mientras ignoran la represión policial y militar en las calles y comunidades los acerca al poder y los aleja de la sociedad.
Así, varios medios ofrecen en bandeja los argumentos que necesitan los detractores del periodismo para denostar de su función en la vida pública. Unos más, otros menos, esos medios reproducen en esta coyuntura lo que los medios públicos hicieron durante el gobierno anterior y el actual: informar desde la agenda del poder y no desde las demandas de la sociedad.

  1.  Las redes sociales y la interrogante del periodismo ciudadano
La premisa más difundida en este y en otros momentos de gran tensión política es que, a falta de una cobertura eficiente de los medios tradicionales, las redes sociales llenan ese vacío. Eso puede ser cierto, pero solo de manera parcial. No cabe duda de que las redes sociales ayudan a democratizar la información en la medida en que cualquier persona puede transmitir su propia versión de los hechos desde cualquier lugar sin pasar por el filtro de una edición. De acuerdo, pero así como nadie controla nada, nadie se hace cargo de nada.
Por cada información certera que circula por las redes sociales hay que descartar otra o más informaciones falsas –declaraciones inventadas, titulares modificados, fotos descontextualizadas, datos alterados, noticias de otros países, de otras épocas…etc.– que no ayudan a entender lo que pasa y solo aumentan la confusión.
Cuando alguien promovió la idea de periodismo ciudadano seguramente tenía buena intención, pero confundió información con periodismo que es como confundir comida con alimentación. El periodismo es un relato de lo social que se basa en la información y se ajusta a normas de verificación, contrastación, contextualización y narración especializadas. El periodismo es bueno cuando se ajusta al rigor informativo y malo cuando oculta lo que pasa o dice lo que no pasa. Y eso nada tiene que ver con que circule por los medios tradicionales o por las redes sociales.


Nupcias o cómo ser uno y todos a la vez



Por Gustavo Abad

Cuando Susan Sontag planteaba que la interpretación muchas veces es un acto de venganza del intelecto contra el arte, no quería negar el valor de las ideas, sino destacar la potencia de la forma en sí misma. Proponía así liberar a las obras de arte del pesado ropaje conceptual con que suelen recubrirlas los críticos y volver a la experiencia sensorial.
De todos modos, la experiencia general del espectador, ya sea desde la pura impresión sensorial del arte o desde la irresistible tentación de interpretarlo, deambula por un amplio e impredecible territorio en el que reside gran parte de su riqueza: el de las preguntas.
Quizá por ello, el coreógrafo francés Sylvain Huc imaginó una obra a partir de una sucesión de preguntas disparadoras acerca de la relación entre el individuo y el colectivo, entre el cuerpo personal y el de la multitud. Y procura responderlas en Nupcias, una creación colectiva que puso en escena recientemente con el elenco de la Compañía Nacional de Danza (CND) en varios escenarios de Quito.
¿Podemos renunciar a nuestra soberanía individual y encontrar otra fuerza para actuar?, se pregunta, entre otras cosas, el director. Y la respuesta –siempre provisional, siempre exploratoria– es una serie de movimientos con que los 17 bailarines materializan en el espacio físico del escenario el eterno dilema de ser uno y todos a la vez.
El cuerpo es la unidad mínima con que se manifiesta el ser humano en el mundo y las multitudes son su estado de máxima intensidad colectiva. Por eso, Nupcias puede ser descrita como un persistente viaje de ida y vuelta entre la autonomía personal y la subordinación grupal.
La vida contemporánea y, dentro de ella, un arte tan corporal como la danza, se organizan a partir del modo con que cada individuo establece las distancias y las cercanías con los demás. En otras palabras, es en el cuerpo donde se concentra la suma de expectativas entre uno y el resto: saber cuándo mostrarlo, cuándo ocultarlo, cuándo exponerlo, cuándo protegerlo…
En Nupcias, los bailarines de la CND ponen su cuerpo al servicio de esas preguntas, se colocan en el centro del experimento, y alcanzan un efecto evocador del funcionamiento social. El cuerpo, en este caso, se pone en evidencia como el elemento central de un juego permanente entre las fuerzas controladoras y los impulsos liberadores que rigen la vida.
La tradición racionalista ha alentado durante siglos la supremacía de lo individual sobre lo colectivo. El arte, y en este caso la danza, propone una ruptura de esta fórmula jerárquica. En el trabajo grupal, el cuerpo individual entabla infinitos intercambios con los demás. La energía de unos se transmite a otros y cada cuerpo se reafirma como vehículo de la experiencia.
Por eso, y volviendo a la idea provocadora de Sontag, se podría decir que en Nupcias no son los conceptos los que definen ni, mucho menos, justifican la obra, sino que son los cuerpos los que se autorizan a sí mismos y nos ayudan a los demás a entender el mundo o al menos la parte de mundo que nos toca.