miércoles, 9 de octubre de 2019

Nupcias o cómo ser uno y todos a la vez



Por Gustavo Abad

Cuando Susan Sontag planteaba que la interpretación muchas veces es un acto de venganza del intelecto contra el arte, no quería negar el valor de las ideas, sino destacar la potencia de la forma en sí misma. Proponía así liberar a las obras de arte del pesado ropaje conceptual con que suelen recubrirlas los críticos y volver a la experiencia sensorial.
De todos modos, la experiencia general del espectador, ya sea desde la pura impresión sensorial del arte o desde la irresistible tentación de interpretarlo, deambula por un amplio e impredecible territorio en el que reside gran parte de su riqueza: el de las preguntas.
Quizá por ello, el coreógrafo francés Sylvain Huc imaginó una obra a partir de una sucesión de preguntas disparadoras acerca de la relación entre el individuo y el colectivo, entre el cuerpo personal y el de la multitud. Y procura responderlas en Nupcias, una creación colectiva que puso en escena recientemente con el elenco de la Compañía Nacional de Danza (CND) en varios escenarios de Quito.
¿Podemos renunciar a nuestra soberanía individual y encontrar otra fuerza para actuar?, se pregunta, entre otras cosas, el director. Y la respuesta –siempre provisional, siempre exploratoria– es una serie de movimientos con que los 17 bailarines materializan en el espacio físico del escenario el eterno dilema de ser uno y todos a la vez.
El cuerpo es la unidad mínima con que se manifiesta el ser humano en el mundo y las multitudes son su estado de máxima intensidad colectiva. Por eso, Nupcias puede ser descrita como un persistente viaje de ida y vuelta entre la autonomía personal y la subordinación grupal.
La vida contemporánea y, dentro de ella, un arte tan corporal como la danza, se organizan a partir del modo con que cada individuo establece las distancias y las cercanías con los demás. En otras palabras, es en el cuerpo donde se concentra la suma de expectativas entre uno y el resto: saber cuándo mostrarlo, cuándo ocultarlo, cuándo exponerlo, cuándo protegerlo…
En Nupcias, los bailarines de la CND ponen su cuerpo al servicio de esas preguntas, se colocan en el centro del experimento, y alcanzan un efecto evocador del funcionamiento social. El cuerpo, en este caso, se pone en evidencia como el elemento central de un juego permanente entre las fuerzas controladoras y los impulsos liberadores que rigen la vida.
La tradición racionalista ha alentado durante siglos la supremacía de lo individual sobre lo colectivo. El arte, y en este caso la danza, propone una ruptura de esta fórmula jerárquica. En el trabajo grupal, el cuerpo individual entabla infinitos intercambios con los demás. La energía de unos se transmite a otros y cada cuerpo se reafirma como vehículo de la experiencia.
Por eso, y volviendo a la idea provocadora de Sontag, se podría decir que en Nupcias no son los conceptos los que definen ni, mucho menos, justifican la obra, sino que son los cuerpos los que se autorizan a sí mismos y nos ayudan a los demás a entender el mundo o al menos la parte de mundo que nos toca.

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