viernes, 9 de noviembre de 2012

Los claroscuros y la mala conciencia del poder

Por Gustavo Abad
Los claroscuros se forman mediante esos juegos de luces y sombras que, según la mirada, iluminan u oscurecen la realidad. La política y la comunicación se desarrollan dentro de ese juego de contradicciones. No hay que asustarse por ello. Lo cuestionable es que alguien, situado en esos límites de luces y sombras, reclame para sí algún dominio sobre la verdad. Aquí tres casos en los que los claroscuros y la mala conciencia son el estado dominante.
1. Asilo para Assange y amenaza para los funcionarios
El asilo diplomático concedido, el 16 de agosto de 2012, por el gobierno ecuatoriano a Julian Assange es una decisión coherente desde la mirada ideológica. Otra cosa son sus resultados en la dimensión pragmática de la política, algo en lo que no voy a entrar. Por ahora no, gracias. El fundador de Wikileaks, pese a lo que digan sus detractores, es un activista por el derecho a la información y su vida corre peligro si llega a ser extraditado a Suecia y luego, como se teme, a Estados Unidos. Yo estoy con Assange y lo escondería en mi casa si tuviera una.
Sin embargo, la coherencia ideológica demostrada con Assange se hace trizas poco tiempo después, el 13 de octubre, cuando el presidente Correa amenaza con destituir a los funcionarios que entreguen información directamente a los asambleístas sin respaldo de la Presidencia de la Asamblea. Ahí, el mandatario privilegia el cálculo coyuntural por sobre la demanda histórica de garantizar el derecho a la información.
¿Significa que solo Assange goza del apoyo del gobierno ecuatoriano para buscar y difundir información? El gobierno profundiza así la visión maniqueísta de la lucha de buenos contra malos. En ese esquema inaceptable, bueno solo es un hacker australiano que pincha y difunde cables diplomáticos del gobierno de Estados Unidos, y malo un asambleísta ecuatoriano que pide cuentas a las autoridades, cuyo deber es manejar las cosas con transparencia en este país.
2. Código de la Democracia ¿Campaña política sin tesis políticas?
En su afán de evitar una práctica común de los medios como es vender propaganda por información, el oficialismo logra hacer reformas al Código de la Democracia que, en lugar de solucionar el problema, lo enturbian más.
El artículo 203 del Código de la Democracia, reformado y vigente desde el 18 de octubre, dice: “Los medios de comunicación social se abstendrán de hacer promoción directa o indirecta que tienda a incidir a favor o en contra de un determinado candidato, postulado, opciones, preferencias, electorales, o tesis política”.
El periodismo es una actividad intelectual de intervención social política y cultural que se ejerce en el ámbito de la información mediática. Entonces, esa información naturalmente  tiende a incidir a favor o en contra, no solo de una tesis política, sino incluso de una comprensión del mundo. No hay periodismo inocente. Lo que se busca es periodismo ético y, para ello, el camino es otro.
Me pregunto ¿Para qué sirve entonces la comunicación si no es para incidir directa o indirectamente en la comprensión de la realidad? ¿Quiere el oficialismo una campaña política sin tesis políticas? Al mal periodismo no se lo combate con peores reformas legales.
3. Los que le cantan al Che condenan a otros que ¡también le cantan al Che…!
El poder se ejerce por coerción o por consenso. La primera vía implica el uso de los aparatos represivos, mientras que la segunda es producto de una estrategia simbólica más compleja. Gobernar por consenso significa capitalizar a favor del gobernante un conjunto de símbolos que tocan directamente la sensibilidad de los gobernados y los conduce a sumarse a su proyecto político.
La llamada revolución ciudadana ha usado a su favor una de las figuras de mayor dimensión simbólica en América Latica, la del revolucionario, cuya máxima personificación es el Che Guevara. Casi no hay mitin político auspiciado por el movimiento del presidente Correa que no termine con la célebre “Comandante Che Guevara…” más o menos desacompasada según la ocasión.
Y sin embargo, el pasado 3 de marzo, 10 jóvenes (7 hombres y 3 mujeres) fueron detenidos en el barrio Luluncoto y continúan en prisión mientras enfrentan cargos de terrorismo. Entre las pruebas inculpatoria estaban precisamente una serie de objetos que seguramente hubieran estado entre los preferidos de cualquier seguidor contemporáneo del Che Guevara. Según organismos de derechos humanos, entre las pruebas inculpatorias constan: panfletos revolucionarios, cuadernos de la Universidad Central, discos de Jaime Guevara, Silvio Rodríguez, Víctor Jara, banderas del Frente Sandinista de Liberación Nacional, pasamontañas, botas de caucho… y así por el estilo.
Los que le cantan al Che Guevara desde las tarimas del poder –muchos de ellos, funcionarios acomodados, solo movidos por las hilachas de su pasado subversivo- mantienen en prisión a otros que también le cantan al Che Guevara, pero desde abajo y con treinta años menos, es decir, la diferencia entre los ideales de unos y la mala conciencia de otros.

sábado, 16 de junio de 2012

El autismo oficial es una oportunidad periodística


Por Gustavo Abad

El gobierno ecuatoriano parece tener una vocación autista. La decisión de no conceder entrevistas a los medios privados confirma la escasa comprensión del oficialismo respecto de la construcción de una esfera pública diversa porque, en lugar de ampliarla, la reduce.  Ese silenciamiento que, según se anuncia, será compensado con una mayor presencia de funcionarios en los medios estatales, más que un acto reivindicativo del llamado proceso revolucionario, resulta un gesto de autocomplacencia típico de los que solo quieren escucharse a sí mismos.
Sin embargo, el gobierno no es el único actor despistado en este modelo dramático, que ha llegado ya a su fase caricaturesca, de buenos contra malos. Los medios privados han puesto también su dosis de melodrama al declararse víctimas de una política gubernamental, contra la que no atinan, porque se niegan a interpretarla más allá del predecible discurso de la libertad de expresión. Desde esa posición, comienzan a perder la gran oportunidad de cambiar sus agendas informativas, sus prácticas investigativas y sus estrategias narrativas.
Resulta extraño que el mismo gobierno que, hace cinco años,  invitó a los medios a jugar en la cancha de la confrontación discursiva y los goleó, ahora los invita a salir de ella, pero los medios no quieren irse. Esta coyuntura puede ser leída como un síntoma de arrogancia oficial pero también como una muestra de incapacidad periodística. Acostumbrados a no mirar más allá de los escenarios tradicionales de la política, los medios privados se niegan a aceptar el desafío de  construir otros relatos de lo social, a dejar de mirar únicamente al funcionario y volver la mirada hacia la comunidad.
Si lo pensamos bien, no hay razón para que los medios no puedan prescindir de ministros, subsecretarios, gobernadores y otros voceros oficiales. Si hiciera falta, la versión del gobierno ya está  sobreexpuesta en los medios estatales, en las cadenas nacionales, en las sabatinas y hasta en los partidos de la Selección. En realidad, es poco lo que pueden ofrecer unos funcionarios amedrentados, que son fácilmente desmentidos por el máximo representante del poder político. Ya lo dijo el caricaturista Bonil, ellos no conceden entrevistas pero sí caricaturas.
Si los medios privados se plantearan otros modos de entender y practicar el periodismo tomarían esta prohibición no como un problema sino como una oportunidad. Ahora es cuando tienen la posibilidad de ensayar nuevas agendas informativas basadas en la identificación de las demandas sociales y en la búsqueda de respuestas políticas. Pero las respuestas políticas no están en el discurso de los funcionarios, sino en los niveles de satisfacción y participación de la comunidad, en los efectos sociales y culturales de los actos de gobierno. El periodismo que se olvida de la calle, del campo, de la comunidad y de la vida que en ella anida no es periodismo.
La relación entre comunicación y política en el transcurso de este gobierno ha sufrido giros inesperados. Cuando se inauguraron los medios públicos, se suponía que éstos serían los exponentes de un periodismo social, de nuevas maneras de construir el relato informativo, de una relación más cercana con las audiencias, de unas narrativas frescas y sorprendentes, que actuarían como contrapeso a los esquemas gastados de los medios tradicionales. Pero eso no ha ocurrido y todo indica que renunciaron a ese objetivo.
La ironía de todo esto consiste en que los medios privados, a los que se ha recriminado, con sobradas razones, por su histórica adicción al poder, su falta de apertura hacia nuevos actores sociales, su déficit investigativo, entre otras cosas, ahora quedan en posición de recoger los valores del periodismo social. Si los medios privados no aprovechan este desafío de prescindir de la retórica oficial, que no lo oculten luego bajo el discurso de la libertad de expresión.

jueves, 24 de mayo de 2012

Laclau y Ramonet: uso político y negación mediática

Por Gustavo Abad

Los dos visitaron Quito hace pocos días y ambos, a su manera, expusieron ideas que, por muchas razones, no necesariamente acordes con su planteamiento original, resultan funcionales al discurso dominante del gobierno ecuatoriano respecto de la política y la comunicación. Ignacio Ramonet, en la Capilla del Hombre, y Ernesto Laclau, en la Flacso, dijeron lo que el oficialismo necesitaba oír en su estrategia de instrumentalizar a su favor cualquier corriente de pensamiento reconocida.

El tono religioso con el que el gobierno y los medios estatales se refirieron a estos pensadores contrasta con las versiones descalificadoras que sobre ellos construyeron la mayoría de medios privados y sectores de oposición. Instrumentalización de las ideas, por un lado, y descalificación de sus autores, por otro, solo pueden resumirse en desinformación, es decir, en negarle a la población una información contextualizada que le permita ampliar sus horizontes conceptuales en lugar de reducirlos.  

Laclau y Ramonet no son precisamente una dupla como las muchas que ha habido en la tradición intelectual, pero en el Ecuador las circunstancias los juntan de manera curiosa. Para el gobierno y los medios estatales, ellos son la reserva intelectual de su proyecto de revolución ciudadana. Para la oposición y los medios privados, unos oscuros académicos al servicio del gobierno. ¿Podemos dar por válidas esas dos posiciones sin antes preguntarnos cuáles son los aportes y los límites atribuidos al  pensamiento de uno y otro y de qué manera dialogan con la realidad local y regional? Eso, ni al gobierno ni a los medios les interesa aclarar, sumidos como siguen, en una lógica de negación mutua. 

Sin embargo, el principal ejercicio de negación de sus propias ideas corre a cargo de Ramonet. El ideólogo del quinto poder repitió lo que viene diciendo hace más de una década pero pasó por alto el contexto ecuatoriano. Surgida en un momento histórico de expansión de internet y de los circuitos de difusión informativos, la teoría del quinto poder consiste, en palabras del propio Ramonet, en “oponer una fuerza cívica ciudadana a la nueva coalición dominante. Un quinto poder cuya función sería denunciar el superpoder de los grandes grupos mediáticos, cómplices y difusores de la globalización liberal”. Una idea fuerte que sigue vigente como ideal social.

La negación radica en que Ramonet no se inmuta ante el hecho de que esa función crítica, esa capacidad impugnadora acerca de los medios no está siendo ejercida en el Ecuador por las audiencias, sino por el poder político, con todas las distorsiones respecto del planteamiento inicial. Lo que menos puede exhibir el gobierno ecuatoriano en estos momentos es alguna iniciativa respetable de formación de audiencias críticas. La confrontación discursiva con los medios y la disputa por el relato social no la ejerce la sociedad organizada sino el aparato de propaganda gubernamental que, en lugar de expandir el pensamiento, lo asfixia. 

La lectura crítica de los medios, ese proceso intelectual que nos permite analizar, explicar, cuestionar y, en determinado momento, disputar con los medios el monopolio del relato social, ha sido suplantada en este gobierno por un conjunto de alegatos en torno a la verdad, de enjuiciamientos a periodistas y otros recursos que poco aportan al pensamiento crítico. Ramonet tiene demasiado camino a sus espaldas como para no darse cuenta de ello, pero no parece hacerlo en medio de tanto repique de campanas a su paso. Esa comodidad con el halago interesado provoca dudas acerca de su honradez intelectual.

En cuanto a Laclau, sobra decir que su aporte a las ciencias sociales es de otra tesitura. El conjunto de sus reflexiones acerca del llamado populismo arroja luces sobre esa dimensión de la política, tradicionalmente identificada con un orden instintivo, emocional y caótico, despreciado por las teorías liberales así como por los modelos racionales y positivistas de la democracia y el poder. 

Laclau aparta al populismo de su carga peyorativa y lo define, no como una anomalía vergonzante, sino como una forma distinta y posible de canalizar la experiencia política de una sociedad en un momento especialmente difuso e inestable, donde se hace necesario construir algún sentido relevante, alguna acción convocante, algún liderazgo fuerte. La palabra populismo, según Laclau, es apenas la  convención idiomática usada por los cientistas sociales para nombrar una expresión política antisistémica que no tendría cauce por vías racionales ni programáticas.

En gran medida, la ola de indignación moral que llevó a Rafael Correa al poder y que lo sostiene ahí, proviene de esa zona emocional, despreciada por la ideología liberal. Sin embargo, la práctica del poder que exhibe el proyecto llamado revolución ciudadana está muy lejos de esa fuerza moral que reivindica Laclau. Todo lo contrario, su modelo de desarrollo (extractivista), su aparato administrativo (tecnocrático), su idea del orden (verticalista), su sentido de la gobernabilidad (criminalización de la protesta) y de la comunicación política (propaganda oficial) y otros rasgos visibles no pueden ser más racionales, positivistas y sistémicos.

De manera contradictoria, el oficialismo se monta en el discurso de Laclau para justificar una práctica política que tiene más de positivismo autoritario que de energía social antisistémica. Entre los dos hay uno que está haciendo uso fraudulento del otro. Apuesto a que el fraude no es de Laclau.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Marco Lara Klahr, el periodismo y su compromiso con la cultura de paz


Por Gustavo Abad

A un extremo, los detenidos parados en hilera con la mirada al piso, como frente a un pelotón de fusilamiento, y al otro, los periodistas también en hilera con las cámaras y los micrófonos dispuestos a para un relato acusador. Esa es quizá una de las imágenes más recurrentes en la práctica del periodismo judicial y uno de los síntomas más visibles de esa tendencia a informar desde una visión punitiva y espectacular. El periodista mexicano Marco Lara Klahr cuestiona esas prácticas, no solo de los sistemas de justicia, sino también de los sistemas de información. Lara Klahr dirigió en CIESPAL un taller para periodistas que cubren los temas de justicia, con énfasis en salidas alternativas y procedimientos especiales. Este es un diálogo con Mediaciones.

GA:
Has dicho que los periodistas que cubren temas judiciales lo hacen desde una visión inquisitorial, por un lado, y de entretenimiento, por otro ¿Cuál consideras que debe ser la visión que permita al periodismo superar esas prácticas?

MLK: Yo propongo un periodismo judicial cuyas bases o referentes sean el respecto irrestricto a los derechos humanos y, particularmente, a los más sensibles como son los derechos al debido proceso y los derechos de personalidad. Me parece que el periodismo, cuando se práctica de manera no profesional, se pierde la oportunidad de ser un instrumento de diseminación y fortalecimiento de la cultura de la legalidad y de paz. Quiero decir que los periodistas tenemos un compromiso claro con la paz y la legalidad. Sin embargo esto no significa eludir conflictos, sino mostrarlos y dar la voz a los actores que proponen visiones diferentes a la violencia en la resolución conflictos sociales. Me parece que ese es un aporte, modesto pero importante.

GA: ¿Cómo desarrollar esos nuevos valores en una cultura periodística tradicional, que privilegia el espectáculo por sobre las demandas sociales en materia de justicia?

MLK: Me parece que la industria periodística, la de los medios noticiosos, históricamente ha privilegiado la rentabilidad, sobre todo, en culturas con tradición autoritaria, de nula participación ciudadana en el espacio público. Esa es una industria no profesionalizada, parasitaria, que vive de la publicidad institucional, que ha precarizado las condiciones laborales de los periodistas y se caracteriza por su altísima adicción a la información barata, que proviene de las instituciones. En ese sentido, diría que los periodistas estamos expuestos a una serie de desafíos y de presiones  relacionadas con nuestra intervención en esa industria, ya que somos su fuerza laboral. No obstante, no propongo que los periodistas perdamos nuestro empleo, sino que negociemos,  que ganemos reputación pública y mejoremos nuestras condiciones laborales al cambiar, con ayuda de esa reputación, la correlación de fuerzas ante las empresas para las que trabajamos.

GA: ¿Un cambio en las prácticas antes que en las estructuras?

MLK: Lo que digo es que el principal desafío para los periodistas es que tenemos que cambiar primero nosotros. De nada sirve soñar y dejar en nuestro imaginario la idea de que la industria tiene que cambiar, cuando nosotros mismos estamos inoculados con los mismos valores autoritarios de las viejas redacciones, sempiternas, verticales. Primero tenemos que convertirnos nosotros en agentes de cambio social, tanto dentro de nuestro gremio como dentro de nuestra comunidad. Y no lo digo con soberbia, porque no pienso que seamos actores ciudadanos privilegiados. Pienso que nosotros somos actores sociales importantes porque somos el instrumento de la comunidad para el ejercicio de su derecho a la información. Eso exige, por un lado, un activismo gremial y, por otro, un comportamiento de altísima sensibilidad y noción de comunidad. Los periodistas funcionamos, habitualmente, sin noción de comunidad. Necesitamos adquirir una poderosísima noción de comunidad, que nos permita vincularnos con nuestros conciudadanos para serles útiles a partir de las herramientas que nosotros manejamos en nuestra profesión.

GA: ¿Y crees que las grandes empresas tienen cabida para dar ese giro al periodismo?

MLK: Yo creo que es una combinación de las dos cosas. Sin duda los medios establecidos tienen, en algunos países más y en otros menos, espacios reducidos para el periodismo investigativo. Medios que históricamente habían sido luminosos como Miami Herald, como Chicago Tribune, Los Ángeles Times y otros están postrados en términos de investigación. Medios latinoamericanos de gran tradición están semipostrados, como Clarín de Argentina, como Reforma de México. Aquí, El Universo es un medio que me parece digno, importante, que yo respeto y, sin embargo, me parece que su inversión en periodismo de investigación es cada vez menor, aunque sigue haciendo un esfuerzo. También pienso que las organizaciones colegiadas de periodistas están produciendo cosas muy interesantes. En México hay una organización que se llama Periodistas de a Pie, que está haciendo cosas importantes, en cuanto a periodismo de investigación, de empoderamiento profesional y, por otro lado, estamos los periodistas que trabajamos y que nos debemos a la sociedad civil organizada.

GA: ¿Podemos apostar entonces por un periodismo hecho fuera de las empresas mediáticas?

MLK: Todo el periodismo que yo hago y la interacción que tengo con mis colegas, es cien por ciento patrocinado por las sociedad civil organizada, global, regional y local. Es decir, yo no tengo salario, soy un periodista freelance, que vive de sus reportajes, de sus historias, de sus libros teóricos, de sus manuales de periodismo, de sus conferencias y de sus talleres. Y todo eso le da vida al periodismo que propongo, y no digo que sea ni mejor ni peor, sino un periodismo específico, con una mirada específica, no necesariamente original, y creo que todo eso se debe a mi capacidad de interacción con la sociedad civil organizada. Entonces, me parece que la ruta del periodismo que sobrevive es el que se muestra competitivo respecto de la diversificación de fuentes. La paradoja es que el periodismo de la posmodernidad sigue dependiendo de un valor de la modernidad o de la premodernidad, como es la independencia. El mejor periodismo es el independiente, autónomo, lo que no significa que no trabaje para una corporación, sino que tenga el espacio creativo para producir información que sea socialmente útil.

GA: Cómo se complementan el periodismo y la justicia en la construcción de una cultura de paz sin que el uno deje de ser periodismo y la otra deje de ser justicia?

MLK: Es una pregunta muy pertinente, porque en diversos países de América Latina estamos en un proceso de transformación estructural. Estamos en un tránsito del modelo inquisitorio de justicia penal al modelo acusatorio. En algunos más avanzados que en otros. Ya tenemos las leyes, las instituciones, los procedimientos, pero falta la transformación de la cultura, como es el caso de Ecuador. Ya tienen todo, pero les falta transformar la cultura de los jueces, de los defensores, lo que se llama el modelo mental del ciudadano mismo, del periodista, del fiscal. Entonces, el periodismo adquiere una dimensión fundamental en este proceso, porque se trata de convertir al sistema de justicia penal en un sistema eficaz que provea justicia. El sistema inquisitorio se basa en presumir la culpabilidad, es escrito, burocrático y opaco. El sistema acusatorio tiende a privilegiar los derechos de la víctima, a ser público y a proveer justicia más que castigo. A mí me parece que en el sistema inquisitorio los periodistas recibíamos migajas del fiscal, del juez, del policía, de los abogados, e informábamos a partir de esas migajas a la ciudadanía. Ahora tenemos las audiencias. El principio del sistema acusatorio nos ofrece una enorme posibilidad de transparencia y de acceso a la información que se ventila en un proceso. Sin embargo, los periodistas no podemos convertirnos en voceros del sistema porque eso compromete nuestra función social y genera conflictos de intereses. No es lo que la sociedad espera de nosotros. En realidad, el mejor servicio que le podemos hacer a la comunidad y al sistema de justicia es constituirnos en vigilantes, veedores, por cuenta de la ciudadanía, de la función pública. Nuestro papel es decir si el sistema de justicia penal está funcionando o no lo está; por qué está funcionando precariamente; cuáles son los vicios y las rémoras que vienen del viejo modelo hacia el nuevo. Lo mejor que podemos hacer para trabajar por una sociedad más justa es vigilar al sistema. No podemos hacer un periodismo acrítico que solo hable bonito del sistema, pero tampoco podemos dinamitarlo. Más nos vale a los periodistas que haya un sistema justo. En México están matando a compañeros nuestros y ese mismo sistema injusto y arbitrario, que no provee justicia y que promueve impunidad, no resuelve los asesinatos contra los periodistas. Es decir, hay más de una razón para que nos preocupemos por la eficacia de nuestro sistema de justicia penal.

jueves, 3 de mayo de 2012

Una norma impracticable

Por Gustavo Abad

Hace varios años, en la redacción de un diario chileno se produjo un debate entre dos periodistas. Uno de ellos había descrito como “el anciano senador…” a Augusto Pinochet, quien todavía manejaba los restos de su poder desde una curul de legislador. Su colega lo retaba a que se refiriera al personaje, más bien, como “el ex dictador acusado de genocidio…” porque consideraba que esa descripción se ajustaba más a la realidad.

¿Quién estaba en lo cierto? Los dos… ¿Era Pinochet un anciano senador? Sí… ¿Era un ex dictador acusado de genocidio? También… ¿Se puede otorgar mayor validez a una afirmación por sobre la otra? ¿Se puede establecer de manera inequívoca los efectos de cada manera de nombrar? Dejemos la respuesta para más adelante, en caso de que haya alguna.

Por ahora, recordemos que el periodismo es una narración de la realidad y, como toda narración, implica una mirada, una visión no libre de subjetividad. Eso se manifiesta, sobre todo, en el enfoque, uno de los componentes fundamentales del relato periodístico. El enfoque consiste en situar los hechos, de manera intencional y consciente, dentro de un modelo interpretativo. Significa construir un sentido, proponer un modo de entender las cosas.

Por ello, resulta fuera de lugar el veto presidencial al artículo 203 de las Reformas al Código de la Democracia, que propone: “Los medios de comunicación se abstendrán de hacer promoción directa o indirecta, ya sea a través de reportajes, especiales o cualquier otra forma de mensaje, que tienda a incidir a favor o en contra de determinado candidato, postulado, opciones, preferencias electorales o tesis política". Frente a las demandas de inconstitucionalidad contra esta posibilidad, la Corte Constitucional deberá emitir, a fines de este mes, un informe sobre el que existen sobradas expectativas.

Si analizamos desde criterios comunicacionales el contenido del veto, lo que propone el representante del poder político es regular el enfoque de la información, es decir, ponerle reglas al último territorio del periodismo donde la subjetividad está autorizada.

El enfoque es la mirada particular que el narrador construye mediante la información recabada. No hay relato periodístico sin enfoque, así como no hay gobierno sin proyecto político, sin importar si lo consideramos bueno o malo. La pregunta es ¿Se puede calificar y sancionar un relato por considerarlo favorable o perjudicial a cierto actor político sin violentar el derecho del periodista a ejercer libremente un enfoque informativo por bueno o malo que nos parezca?

Veamos un escenario hipotético relacionado con las próximas elecciones. El diario “X” publica un perfil del potencial candidato Lucio Gutiérrez y lo define como “el militar que lideró una sublevación popular que puso fin a un gobierno favorable a los banqueros, como el de Jamil Mahuad…”. En el mismo contexto, el diario “Y” publica también un perfil, pero define al mismo candidato como “el ex militar que, en el clímax de una sublevación popular contra su gobierno, huyó del poder en helicóptero …” Nuevamente ¿Quién está en lo cierto? Otra vez los dos… La diferencia está en el enfoque, como ya dijimos, el reducto de subjetividad al que tiene derecho el periodismo.

Más ejemplos hipotéticos. El canal “X” publica un reportaje sobre el potencial candidato Rafael Correa y lo define como “el líder de un proceso revolucionario que está transformando al país…”, mientras que el canal “Y” hace lo mismo pero lo define como “el mandatario en cuyo gobierno decenas de líderes indígenas han sido enjuiciados por el supuesto delito de terrorismo…” ¿Significa que el primer medio tiene que ser sancionado por incidir a favor del candidato y el segundo también por incidir en contra? Dicho de otra manera ¿Significa que ambos mintieron o que sus afirmaciones son insostenibles?

Adicionalmente, no hay garantías de que se pueda conformar un organismo o designar a una autoridad con capacidad para dirimir con justicia respecto, no de uno, sino de miles de productos informativos que pudieran se impugnados desde esa visión simplista de estar a favor o en contra de alguien. Lo que para unos es favorable, para otros es perjudicial. Tendríamos a una multitud enfrentada a otra multitud y, en medio de las dos, el señuelo inalcanzable de la verdad.

Esto no significa que los periodistas puedan desarrollar su trabajo desde la subjetividad absoluta, porque entonces cualquiera podría vendernos propaganda por periodismo y hacer campaña disfrazada de información. De hecho, esa ha sido una práctica recurrente en los medios –recordemos la campaña en contra de la Ley de Comunicación- y es el resorte que mueve al gobierno a plantear una normativa al respecto, aunque de manera poco viable.

El riesgo de una visión sobrecargada a cualquier lado se aplaca mediante un equilibrio informativo, una diversidad de fuentes, unos datos verificables, unos testimonios coherentes, y otros aspectos que conforman la especificidad de la información periodística. La correcta o deficiente aplicación de estos principios hace del periodismo un relato confiable o sospechoso. De eso depende la democratización de la información y no de una norma que, por lo que hemos argumentado, resulta impracticable o, lo que es lo mismo, inútil.

miércoles, 18 de abril de 2012

Alberto Salcedo Ramos, la crónica y el valor de la subjetividad

Por Gustavo Abad

Esa idea perezosa de que una imagen vale más que mil palabras, por fortuna, va cayendo en desuso por efecto de su propia debilidad. En sentido más justo, ocurre lo contrario, son las palabras las que llenan de imágenes nuestra percepción del mundo. Pienso en ello mientras leo este mínimo pero potente fragmento: “Son tan pobres –le dijo una tía suya- que a veces demoran hasta dos días seguidos sin cocinar y el fogón frío se les inunda de lagartijas”. Lo escribe Alberto Salcedo Ramos en su crónica “La eterna parranda de Diomedes”, que narra la historia del cantante de música vallenata Diomedes Díaz con los claroscuros de la gloria y el derrumbe. La crónica es el género de no ficción que mejor nos ofrece esa posibilidad de crear imágenes mediante el diálogo entre la observación y la conciencia, entre la razón y la emoción del narrador. Alberto Salcedo Ramos estuvo en Quito la semana pasada para dirigir un taller de crónica en CIESPAL y, de paso, presentar su libro “La eterna parranda”. Aprovechamos una pausa en medio de ese hervidero para conversar con él.

GA: Tú formas parte de un grupo designado como los nuevos cronistas de Indias, en alusión a esos pioneros del relato latinoamericano ¿Cuál es, desde esa posición, el valor histórico y contemporáneo de la crónica?

ASR: La crónica está ligada a nuestra región desde la época de la conquista. Los cronistas de Indias vinieron en esas expediciones conquistadoras a dejar memoria sobre lo que veían en las Américas. Desde entonces, ha habido en nuestro continente y región una gran tradición de cronistas de todas las modalidades: cronistas de gabinete, cronistas de ideas, cronistas que están viendo el mundo con mucha agudeza y escribiendo sobre él, hasta cronistas reporteros, que van a ensuciarse de barro los pies y, desde el conocimiento directo de la realidad, dejan su testimonio. Me parece que el nombre de nuevos cronistas de Indias es un guiñó a esos primeros que vinieron.

GA:¿Cómo ha evolucionado este género desde ese origen lejano?

ASR: La crónica ha evolucionado, en parte, por la influencia anglosajona, de la escuela estadounidense, que privilegia la investigación, el rigor. Sin embargo, la crónica latinoamericana tiene sus características propias: el desenfado en la mirada, una cierta exuberancia en la voz con la cual se nombra la realidad. Los cronistas de América Latina, aunque hayamos leído a Truman Capote, a Jimmy Breslin, a Tom Wolfe, tenemos nuestro propio sello, nuestro propio acento. La crónica latinoamericana no se rige por los manuales del género, sino que tiene una cierta libertad expositiva, una cierta pérdida del complejo frente al ser subjetivo. Nosotros nos atrevemos a ser subjetivos, lo asumimos, pensamos que esa subjetividad, cuando se asume honestamente, también es una forma válida de explorar la realidad, de conocerla y de transmitírsela a los lectores. Por otro lado, tampoco nos da miedo incluirnos en las historias cuando eso es necesario. Yo creo que a veces el no incluirse en las historias, que parecería un acto de sencillez, puede resultar más arrogante, porque el cronista que no se incluye en la historia se deifica. Él dice, yo no aparezco aquí, tú no me ves, pero yo estoy aquí, como Dios, lo veo todo pero no aparezco. Mientras que el cronista que se incluye en la historia se humaniza, se convierte inmediatamente en un representante del lector en ese entorno que está mostrando.

GA: Has sido muy claro al definir a la crónica como un género narrativo e interpretativo. Podríamos agregarle que se trata de instrumento para la comprensión de la realidad…

ASR: Julio Villanueva Chang, el director y fundador de la revista Etiqueta Negra, dice que ser cronista es ser un traductor de significados profundos. Es decir, escribir crónicas es mostrar la realidad desde un ángulo inesperado. Cristian Alarcón, el gran cronista chileno, dice que la crónica es la versión inesperada de los hechos que uno ve en la prensa. Esa versión inesperada, cuando obedece a una investigación juiciosa, rigurosa, le entrega al lector las herramientas para entender el universo del cual se está ocupando uno, más allá de la anécdota que cuente.

GA: En el contexto actual, marcado por la inmediatez de la información y la fragmentación de los contenidos ¿Cuál es el lugar de un cronista… qué deben hacer los contadores de historias…?

ASR: El lugar del cronista es todo aquel que le dé acogida a sus letras. Hay unos periódicos donde no cabe la crónica. Ya sabemos que en ese periódico no tenemos nada que hacer. Pero en vez de quejarnos, debemos buscar los medios que sí nos dan espacio. Ayer le decía en el taller a uno de los muchachos: busca a quien quiera bailar contigo. Siempre hay alguien que quiere bailar con uno. La pieza la bailamos con una persona que esté dispuesta a bailar. Eso pasa con la crónica, porque es un género de nicho, que no cabe en todas las publicaciones. Entonces, en ese nicho podemos contar las historias que queremos.

GA: ¿Cabe esperar buenos relatos en los nuevos espacios virtuales?

ASR: En los blogs, como en otros espacios virtuales, hay de todo. Yo digo que hay una abundancia y una saturación de información. Entonces, se necesita alguien que ordene el caos, porque información tenemos de sobra. Lo que necesitamos es quien nos ayude a clasificar eso, a traducirlo. Me parece sano que se democratice el uso de la información. Algunos periódicos no tuvieron respuesta a eso porque se acostumbraron, durante muchos años, a exponer unilateralmente un discurso y a sentir que ellos eran dueños de la información, pero el internet, las redes sociales, los blogs democratizaron el uso de la información. Eso tiene de malo que muchas personas no calificadas se creen periodistas por el simple hecho de tomar una foto con un blackberry desde una ventana. Entonces, el gran reto es aprender a separar la paja del trigo en esa hojarasca tremenda que hay en la autopista virtual. La crónica es un género de autor y hay que estar calificado para escribirla.

martes, 28 de febrero de 2012

Correa versus El Universo: la verdad, el perdón y la compasión medievales

Por Gustavo Abad

Creer que la sentencia a favor del presidente Correa contra el diario El Universo y el posterior perdón del demandante significan una sanción contra el mal periodismo es tan engañoso como creer que la defensa del periódico guayaquileño es una lucha por la libertad de expresión solamente. De falacias está sembrado este caso y, entre el oportunismo y la pereza mental, mucha gente se suma, sin cuestionamientos, al bullicio de un lado y de otro, como si estar a favor o en contra fueran las únicas posibilidades.

El perdón (la figura legal es remisión) concedido por el mandatario no impide reflexionar sobre temas que, en mi criterio, constituyen el problema de fondo. Queda claro que no se puede combatir al mal periodismo con peores prácticas políticas así como no se puede defender la libertad de expresión con información distorsionada. Si hacemos un balance de este episodio, Correa ha retorcido el sentido de la política y de la justicia tanto como el autor de la columna, motivo de la denuncia, lo ha hecho con el periodismo.

Sin embargo, no se trata de una lucha entre iguales. La diferencia fundamental radica en que los acusados -incluso si los viéramos como representantes del peor periodismo- tienen derecho a exigir garantías jurídicas en su proceso de juzgamiento, mientras que el acusador –precisamente por ser representante del poder político- no puede afianzar con sus actos la sospecha de que la sentencia es producto de un sistema de justicia sometido a sus deseos.

Entonces no estamos ante un problema de libertad de expresión, a la manera como la entienden los medios, sino ante un problema con muchas señales de abuso de poder, que no reconoce el gobierno. Correa, autodefinido como un líder revolucionario, se deslegitima a sí mismo en beneficio de sus adversarios. Convierte en víctimas y regala argumentos éticos a quienes tienen muchas deudas éticas, con lo que debilita el necesario pensamiento crítico respecto de los medios.

Me atrevo a decir que el problema que subyace a todo esto es que el gobierno y los medios, por igual, han llenado este caso de falsas premisas. Los dos han planteado sus argumentos de manera insostenible. Han recuperado conceptos anacrónicos, yo diría medievales, como la verdad, el perdón y la compasión, sobre los que propongo la siguiente lectura:

1.La verdad

Entre los más avanzados planteamientos democráticos en materia informativa están los de la responsabilidad social, el derecho a la información, la participación ciudadana, la formación de audiencias críticas, entre otros, que tienen que ser garantizados no solo por los medios sino también por el Estado.

Sin embargo, en su lucha contra los medios, Correa ha planteado el debate en torno al concepto inasible de la verdad -durante su discurso previo al perdón, se refirió al menos tres veces a este concepto- y éstos no han sido capaces de desmontar ese falso dilema, porque tampoco están muy lejos de ese fundamentalismo según el cual los periodistas trabajan para la verdad y la única que existe es la que ellos publican. En eso, ambos contendores se han comido unos quinientos años de evolución de las ideas.

Gobierno y medios, con la misma intensidad, echan mano de una noción medieval de la verdad, según la cual alguien puede ejercer dominio sobre ésta. Quizá por ello, ninguno ha planteado la lucha por la transformación del campo mediático, ni por el mejoramiento de las prácticas periodísticas, ni por el derecho de la población a contar con información confiable. Todo lo contrario, se han estancado en una pelea por la demostración de quién dice la verdad.

Hay que reconocer que en esto Correa lleva cierta ventaja sobre sus oponentes porque parece haber encontrado el lugar donde reside la verdad: en el discurso oficial, en su palabra y en la de nadie más. Bueno, los medios también tienen la suya, la libertad de expresión que, a su modo de entender, está desligada de toda responsabilidad sobre lo que se dice.

2.El perdón

Emparejado con la noción anterior, el discurso oficial recupera otro concepto medieval: el perdón. Entablar un juicio, ya sea por injurias, daño moral, o cualquier otra figura es una práctica a la que han acudido varios funcionarios de este gobierno y, por lo visto y escuchado, están alentados a seguir haciéndolo.

Por la dinámica de los procesos, la estrategia parece ser la siguiente: demandar y montar una campaña de desprestigio contra el demandado (los medios estatales se han especializado en hacer arqueología de las miserias de los oponentes) hasta lograr la condena. Después, en una demostración de magnanimidad, perdonar al condenado.

Se trata de un acto performativo muy de uso entre los monarcas premodernos, que buscaban la manera de concentrar en su cuerpo y en su verbo todos los signos visibles del poder. El mensaje es tan claro como anacrónico: el poderoso, pese a su capacidad de aplastar al adversario, no deja de ser magnánimo, generoso. Esa es la figura recuperada en este gobierno, seguramente por algún publicista de Carondelet, para representarse a sí mismo.

Varios funcionarios ya lo hicieron antes y de manera poco convincente. Ahora, Correa perdona a El Universo y desiste de la causa contra los autores de “El Gran Hermano”, en una cadena de actos social y políticamente inútiles. A propósito, no se puede confundir a Calderón y Zurita con Palacio. Son casos distintos, con una enorme diferencia periodística entre ellos, algo en lo que no vamos a entrar en este análisis.

3.La compasión

En muchos sentidos, la solidaridad viene a ser la versión laica del concepto religioso de compasión. Originalmente, la palabra compasión significa sentir con (el otro) estar a su lado para ayudarlo física y moralmente. En el caso que nos ocupa, los medios también echan mano de un concepto religioso, pero lo usan en su versión laica: la compasión traducida en solidaridad.

Varios articulistas se preguntan hace meses, palabras más, palabras menos: ¿Por qué la gente no reacciona ante muestras tan grandes de injerencia política en la justicia? En efecto, el grueso de la población mira este enfrentamiento como quien mira llover y, en otros casos, como una pelea distante, que no le compete. A muy poca gente se le ocurre salir a las calles a demostrar solidaridad con los medios. La pregunta es: ¿Cabe esperar que la gente sienta solidaridad por los medios?

Esa pregunta provoca otras:¿Acaso no ha sido práctica recurrente de los medios mirar para otro lado cuando los luchadores sociales han reclamado sus derechos? ¿Por qué deberían solidarizarse ahora los pueblos indios, los pueblos negros, los ecologistas, los estudiantes y otros, si los medios no fueron solidarios con ellos en su momento?

Es más fácil sentir solidaridad con quien se considera cercano, con alguien que es como uno, que siente como uno. Los medios piden solidaridad ahora, cuando no la han ejercido con muchos sectores sociales. Y esto también hay que reconocerlo, los medios no inspiran en gran parte de la población sentimientos de solidaridad (¿compasión?) quizá porque durante mucho tiempo han ignorado que también existe un profundo resentimiento social contra ellos.