sábado, 27 de septiembre de 2008

Otros relatos

Por Gustavo Abad
El periodismo no es un simple trabajo de registro y difusión de hechos, sino una actividad de intervención social que nunca está desligada de una voluntad y una posición políticas. Quienes hacemos periodismo creemos que nuestros relatos, la mirada desde la cual contamos tal o cual acontecimiento, y los sentidos que construimos con todo ello, inciden de una u otra manera en la comprensión de la realidad social. Esa es una actitud política y haríamos bien en reconocerlo de una vez por todas.
Esta última campaña pre referéndum puso más que otras en evidencia el carácter político del periodismo en el Ecuador. Ese no es el problema, sino la manera irreflexiva y burda como algunos medios y periodistas asumen esa condición, desde unas prácticas que, en lugar de reivindicar, solo acumulan desconfianza respecto de la política y del periodismo. Situarse como contradictores ofuscados del poder político cuando este señala las debilidades del poder mediático no es la mejor manera de recuperar legitimidad y solo expresa un rudo sentido de lo político en el periodismo.
El relato mediático de la campaña ha sido el escenario de la simplificación. Los que apoyan el proyecto constitucional contra los que lo rechazan, mejor si pertenecen a los segundos ¿Y los que están a favor, pero tienen un pensamiento crítico respecto de temas puntuales? ¿Y los que están en contra pero hacen propuestas para mejorar? No, esos sectores no generan rating.
Por eso la mayoría de los temas fueron planteados por los medios de manera bipolar y maniquea. Los relacionados con derechos sexuales y salud reproductiva, como rechazo o apoyo al aborto. Los relacionados con las diversas formas de familia, como rechazo o apoyo al matrimonio gay. La no criminalización del consumo de drogas, como rechazo o apoyo a las buenas costumbres. Y así, los medios pusieron todos los temas en blanco y negro para construir la idea de una sociedad dividida. Nunca hicieron pasar esos temas por una lectura cultural o histórica que enriqueciera su debate.
La campaña pre referéndum fue otra oportunidad perdida para el periodismo ecuatoriano, especialmente de los medios tradicionales, que parecen no entender que una manera de recuperar terreno es comenzar a pensar urgentemente en el desarrollo de nuevas prácticas y la búsqueda de nuevos relatos de lo social, pues los que presentan hace rato que demuestran su caducidad.
Podríamos comenzar por desterrar esa retórica gastada de la objetividad y la neutralidad, que ya forman parte de esa tropa de conceptos “zombies” que vagan desorientados por ahí, que se resisten a morir y amenazan con arrastrar a esa misma condición a otros con mejor salud como la libertad de expresión, lo cual sería fatal no solo para el periodismo sino para la sociedad en general.
En su lugar, podríamos pensar más en una ética de la transparencia y entender que el mantenimiento y respeto de una voz pública como la del periodismo también consiste en aclarar desde qué lugar político, social o ideológico se emite el mensaje. En otras palabras, asumir un lugar de enunciación y, desde ahí, hacerse responsable de la veracidad de lo que se informa.
También podríamos cambiar de preguntas. En lugar de las empolvadas ¿qué? ¿cuándo?¿cómo? ¿dónde? ¿por qué? preguntarnos ¿quién no ha hablado todavía? ¿cómo recogemos esa voz? ¿qué narrativa es la más adecuada en este caso? y otras que permitan a los periodistas dejar de creerse más allá del bien y del mal, dejar de ser narradores distantes, descubrir otras formas de vida, inaugurar otros relatos, lo cual no solo sería una nueva actitud periodística sino también política.
El Telégrafo 28-09-2088

domingo, 21 de septiembre de 2008

¿Referentes de qué?

Por Gustavo Abad
Cuando un presentador de televisión fue elevado, hace no mucho tiempo, por sus colegas a la categoría de “referente del periodismo ecuatoriano”, tan solo por haber cumplido no sé cuántos años de trabajo en el mismo canal, me pregunté incrédulo ¿Referente de qué? Si a ese respetable señor lo único que se le ha visto hacer es envejecer leyendo noticias frente a las cámaras. Y no volví a ocuparme del tema.
Después, otro periodista fue declarado “reserva moral de la prensa libre”, sin otro argumento a su favor que el de haber logrado que lo expulsaran de Carondelet por faltarle el respeto al Presidente de la República y posteriormente consignar su berrinche en un libro referido a no sé qué clase de bestias.
Hace pocos días, otro figurón de televisión fue mitificado por haber cumplido un chorro de años en la pantalla y autoproclamarse en los últimos meses abanderado del voto en contra del proyecto de nueva Constitución. “El Espejo en el que todos nos miramos”, dijo un reportero como si al país le importaran los años que se quedan enredados en el cuerpo y la cara de ciertos periodistas.
Convencidos de que los medios son la comunicación y de que ellos son el periodismo, estos personajes se regodean con auto elogios, se atribuyen la misión de vigilantes de la democracia, defensores de la libertad de expresión y otros oficios mesiánicos que nadie les ha pedido ni reconocido excepto su círculo íntimo de amigos.
Cuánta arrogancia exhiben al asignarse la representación de esos altos ideales. Por favor, un poco más de modestia. Bastaría con que se propusieran hacer un trabajo más honesto de servicio público, como se supone que es el periodismo, menos ligado al interés particular y más al interés común, y punto. Sería bueno que comprendieran que hay muchos trabajadores de prensa que sí lo hacen y son precisamente los que procuran guardar mesura y serenidad en algunos medios, lejos de homenajes y falsos heroísmos.
Me pregunto ¿Qué lleva a estos personajes sobre expuestos a creer que son las voces más representativas del periodismo? ¿Acaso han creado una escuela, un estilo, un modo de hacer y decir que haya tenido algún efecto destacable en la interpretación de la realidad social? ¿Acaso han buscado, sistematizado o, por lo menos, organizado un cuerpo de conocimientos que sirva a las nuevas generaciones en la tarea de narrar los acontecimientos? ¿Han desarrollado alguna propuesta literaria, ensayística, teórica, investigativa, o lo que fuera, que nos permita al resto confiar en que lo que dicen y hacen tiene alguna coherencia o algún sustento que no sean sus impulsos preconcientes?
Nada pueden exhibir que demuestre su aporte al desarrollo y mejoramiento del periodismo ecuatoriano. En mi práctica de la docencia y la investigación, no he podido encontrar a un estudiante de periodismo o de cualquier otra disciplina ligada a la comunicación, que crea que estos señores han aportado con alguna idea importante a su formación.
Por eso el ruido y la pirotecnia que arman respecto de sí mismos no pasa de ser un artificio, la ritualización de una celebridad de cuarta, un recurso más propio de la farándula que del periodismo, cuyos límites continúan borrándose por obra de periodistas consagrados a gestionar su propia visibilidad en un ejercicio de auto referencialidad ofensiva con las audiencias.
Hace años había un grafiti en una calle del norte de Quito que decía “Periodista, media vida habla de lo que no sabe y media vida calla lo que sabe”. Siempre me pareció una graciosa caricatura, una perla de la ironía, que es una de las formas preferidas del humor quiteño. No sospechaba que esa sentencia tendría unas formas de manifestarse tan reales y demoledoras para esta profesión como las que vemos actualmente. Pocas actividades han descendido tanto en la valoración social como la de periodista en este país, y podría descender más si seguimos contando con esos “referentes” del periodismo ecuatoriano.
El Telégrafo 21-09-2008

Inquisidores y oportunistas

Por Gustavo Abad
El pastor evangélico Francisco Loor saca una figura antropomorfa y la expone ante las cámaras. El movimiento del religioso es calculado e intencional, pues seguramente sabe que a los reporteros de televisión lo que menos les interesa es reflexionar sobre lo que hacen. Por eso les lanza un cebo para situar la mirada donde le conviene y lanzar su sentencia respecto del proyecto de nueva Constitución que, según su fundamentalismo medieval, “es inmoral por el apoyo a la homosexualidad, por las puertas abiertas que deja al aborto, por la legalización de las drogas, por la adoración a ídolos como la Pacha Mama”. Lo dice en tono entre apocalíptico y teatral, mientras levanta la figura, seguro de que esos recursos bastan para ser incluido sin más reflexión en los noticieros. Ningún periodista le hace notar que la Pacha Mama no es un ídolo de barro, sino una noción cultural e histórica, una construcción simbólica, que guía la vida de los pueblos originarios de América, basada principalmente en el respeto y la relación armónica con la naturaleza y sus diversas formas de vida. No, en la era del anti periodismo a ningún reportero le importa que esas afirmaciones lleven una carga de ideas inquisidoras, excluyentes y homofóbicas, sostenidas por los jerarcas de las iglesias católica y evangélica, extrañamente aliados en la cruzada en contra del proyecto de nueva Constitución con el apoyo de unos medios irreflexivos por conveniencia. La intolerancia del pastor y el oportunismo de algunos medios pretenden reducir groseramente siglos de vigencia de una comprensión cultural del mundo.En la era del anti periodismo esos medios no muestran escrúpulos ni el menor respeto por la inteligencia de las audiencias. Ofende mirar cómo construyen hechos de la nada. Los que hacen el noticiero Contacto Directo, de Ecuavisa, preguntan a los televidentes “¿Tiene miedo de acudir a las misas campales convocadas por la iglesia católica en Guayaquil?”. ¿Por qué alguien habría de tenerlo? Evidentemente, la intención de estas preguntas es crear una atmósfera de tensión, un estado emocional que permita a los opositores del proyecto constitucional forjar hechos en el vacío y a los medios hacer ruido en lugar de construir sentidos.En este período preelectoral queda claramente expuesta la manera cómo las cúpulas eclesiásticas, los partidos de oposición y los medios tradicionales comparten el mismo sentido oportunista cuando echan mano de cualquier símbolo que tenga algún peso en la sensibilidad pública para que diga por ellos lo que su desprestigio no les permite. Por eso las reflexiones políticas por demás respetables del medallista olímpico Jefferson Pérez son elevadas por unos y otros a palabras de profeta, a visiones de iluminado, y magnificadas solo porque les resultan útiles en la coyuntura. Tal es la manipulación, que el propio atleta −cuyos llamados desesperados por un mayor apoyo al deporte nunca han tenido el mismo eco mediático ni político− se ve obligado a pedirles que no lo utilicen para otros fines.Desesperados por retorcer el significado de las cosas, por construir para ellos una imagen de defensores de la vida −cuando nunca reclamaron por la vida de los desaparecidos en gobiernos, esos sí autoritarios, como el de León Febres Cordero− monseñor Antonio Arregui y los prelados de su buró no dudan en retorcer incluso la ritualidad y los símbolos religiosos de un gran sector de la población guayaquileña, y ahora saldrán con el Cristo del Consuelo a celebrar tres misas campales “por la paz, la vida y la familia”. Los medios tradicionales estarán ahí no para buscar una explicación a este inusitado activismo religioso, sino para aumentar el ruido.
El Telégrafo 14-09-2008

sábado, 30 de agosto de 2008

Los descubridores

Por Gustavo Abad
Súbitamente, como tocados por una revelación o por un destello de lucidez, algunos medios ecuatorianos descubren que los jóvenes son capaces de tomar posición política, generar discurso crítico y desafiar al poder. Y es cierto, los jóvenes son capaces de eso y de mucho más, y merecen todos los espacios y toda la visibilidad que por mucho tiempo se les ha negado. Lo sospechoso es que esos medios vienen a descubrirlo justamente ahora, en un grupo de estudiantes de la Universidad Católica de Guayaquil y, precisamente, en el que está en contra del proyecto de nueva Constitución.
En otras circunstancias, los jóvenes no son para los medios más que un gran mercado por conquistar, como lo demuestran las páginas destinadas a ellos en ciertos diarios, así como muchos programas de televisión y de radio, donde la imagen que se construye de los que andan por los veinte es la de una bola de consumidores seducidos por la moda, los “gadgets”, la farra y el “facebook”. Casi nunca aparecen ahí los jóvenes en su dimensión política, ni en su fuerza movilizadora, que sí la tienen y es mucha.
Por eso la sobreexposición mediática de los activistas por el No en esa universidad privada tiene un tufillo oportunista por parte de los medios. Ya sabemos que la relación entre los poderes político y mediático en el último año y medio ha sido emocional y melodramática. Cada uno ha procurado situarse como víctima del otro. No es extraño entonces que el eje narrativo de las noticias sobre el enfrentamiento entre estudiantes simpatizantes y detractores del proyecto constitucional sean las imágenes violentas de heridos y asfixiados. O sea, la emoción exacerbada. Los jóvenes son los nuevos fetiches de unos medios y unos partidos de oposición que, pasado el efecto electoral de esta riña, difícilmente volverán a ocuparse de ellos o, si lo hacen, será en su función de obnubilados “emos” en los centros comerciales, o de “gamers” hiperactivos.
Los medios y los partidos tradicionales saben encontrar caballos de batalla en cada coyuntura, puntas de lanza, que ahora usan y mañana desechan como si nada. Hace un año, cuando el presidente Correa se refirió fuera de tono a la gordura de una periodista cuyas preguntas le resultaron incómodas, los medios se declararon defensores de todos los gorditos que en el mundo han sido. Durante la semana posterior al incidente, se llenaron de noticias y comentarios que rechazaban la ofensa presidencial. Pero al mismo tiempo, esos mismos medios duplicaban la cantidad de notas y anuncios publicitarios destinados a convencer a la gente de que el camino a la felicidad depende de la dieta, el gimnasio y la liposucción, y de que en el mundo no caben ni gorditos ni glotones. O sea, defienden y condenan según la conveniencia.
Los medios reconstruyen simbólicamente la realidad para, se supone, buscar y proponer un sentido de lo que ocurre. Pero en la actual coyuntura, una de las más intensas en la historia política ecuatoriana, los medios asumen su trabajo desde el impulso emocional. Por eso a los jóvenes que hacen campaña por el No en la Católica de Guayaquil los asocian con “movimientos políticos universitarios”, mientras a los que apoyan el Sí en la avenida de Los Shyris de Quito los identifican con “desorden y basura”, como consta en un titular del diario La Hora.
Los jóvenes les importan a los medios en la medida en que puedan aportar con imágenes escandalosas. Los que murieron en el incendio de la discoteca Factory ocuparon primera plana por lo siniestro de las llamas y la rareza subcultural. Los de la Católica están en los medios no porque estos hayan valorado sus procesos organizativos ni su deliberación política, sino por su cuota de golpes y de sangre, eso sí, mientras todo ello ayude a fortalecer el No al proyecto de nueva Constitución.
El Telégrafo 31-08-2008

domingo, 24 de agosto de 2008

Pornomiseria

Por Gustavo Abad
Era diciembre de 1993 y era la redacción de un diario quiteño, cuando desde el módulo de los reporteros de sucesos salió el sonido carrasposo de la radio que captaba la frecuencia de la Policía, gracias a lo cual los cronistas llegaban al sitio de las desgracias antes que las ambulancias. En uno de esos diálogos entrecortados que tienen los policías por radio, uno de ellos le explicaba a otro que sus colegas de Guayaquil no habían podido impedir que un periodista de televisión y su camarógrafo irrumpieran en la sala donde se realizaba la autopsia al cuerpo de un famoso futbolista fallecido hacía pocas horas en un accidente de tránsito.
Entonces alguien encendió por reflejo la televisión y, en efecto, ahí estaba el inefable periodista deportivo, exaltado y jadeante, mientras relataba como una hazaña el haber logrado en la morgue las primeras imágenes de la intimidad violada de quien hasta entonces había sido, además de un ídolo deportivo, un honrado ciudadano ecuatoriano, cuya muerte, la necrofilia televisiva reducía a un espectáculo denigrante.
Las cosas no han cambiado mucho desde entonces respecto del uso que hacen algunos medios de las imágenes dolorosas de las víctimas de accidentes o crímenes. En el mejor de los casos, difuminan los rostros de las víctimas como una concesión piadosa. Por eso la decisión gubernamental de prohibir la difusión de ese tipo de imágenes, no puede ser tomada como un intento de limitar el trabajo periodístico ni de esconder la dimensión de la inseguridad pública, como lo interpretan especialmente en los noticieros de televisión, sino como una reacción ante esas malas prácticas periodísticas y una contribución a la salud mental de la población.
Pero esa es solo una de las diversas caras del problema. Hay otras menos visibles, como la relacionada con su aplicación y regulación en casos específicos. La medida oficial señala que la Policía impedirá que los periodistas u otras personas hagan fotos o filmen los cuerpos de los fallecidos o heridos, lo cual deja una interrogante: ¿y si se trata de víctimas de abuso policial, donde el registro de la posición, de ciertas marcas o de ciertas huellas en el entorno pueden ayudar a llevar a los responsables ante la justicia? Recordemos que en enero de 2007 un grafitero fue asesinado por tres policías en el norte de Quito y los culpables siempre trataron de borrar las huellas del crimen.
Entonces el debate no puede quedarse solo en el tema del registro y la publicación, sino en las intenciones y el uso final de esas imágenes. La única justificación para mirar el dolor de los demás sería la posibilidad de contribuir con algo para remediarlo. Un debate y una aclaración que nos quedan debiendo los gestores de la prohibición.
Pero los medios que impugnan la medida no están pensando precisamente en una probable utilidad social de alguna de esas imágenes, sino en su explotación como material de programas basados en la exhibición del cuerpo mutilado, enfermo, viejo, deforme, degradado, para construir eso que algunos han bautizado acertadamente como pornomiseria y que tanto se practica en la televisión, disfrazada de ayuda social.
Justo cuando escribo estas reflexiones aparece en la pantalla de Canal Uno el cuerpo herido e infectado de un joven negro, sobreviviente de un enfrentamiento entre pandillas en un barrio marginal de Guayaquil. La cámara lo recorre con minuciosidad enfermiza, se ceba con cada detalle del cuerpo herido, mientras la -¿se le puede llamar periodista?- conocida como la “reportera del drama” le ofrece consejos morales pero nada dice de las condiciones de vida de los jóvenes de esos barrios ni de las causas de la violencia.
Todo derecho humano debería comenzar por el cuerpo, que es nuestra única y esencial propiedad. La exhibición del cuerpo mutilado roba la dignidad y niega la humanidad de las víctimas. Eso ya justifica la prohibición. Queda pendiente su regulación.
El Telégrafo 24-08-2008

domingo, 17 de agosto de 2008

Territorio en disputa

Por Gustavo Abad
Oscar es un taxista de Buenos Aires que se gana la vida conduciendo un carro que no es suyo y por lo cual apenas gana lo necesario para no matar de hambre a su familia, aunque a veces está a punto de hacerlo. Pero, además del sentido de sobrevivencia, a Oscar lo mueve también el de rebelión contra algo que pasa como natural para la mayoría de la gente, la ocupación asfixiante de la ciudad por la publicidad comercial mediante vallas que saturan el espacio público y los sentidos de los transeúntes.En el excelente documental que lleva el nombre de su protagonista, se ve a Oscar acometer sobre las gigantescas vallas para adornar con barbas de talibán los delicados rostros de las modelos de maquillaje, o reventar globos llenos de pintura roja sobre los afiches de las figuras del espectáculo, o convertir los celulares en máscaras antigás debido la paranoia antiterrorista. En sus memorables intervenciones sobre los íconos publicitarios, a Oscar no le tiembla el pulso a la hora de dibujar una prolongación fálica en los carteles de algunos productos o de algunos políticos.Oscar ejerce lo que los estudiosos llaman “resignificación” de los mensajes, y que en la calle llamaríamos “dale con la misma”, que no es otra cosa que apropiarse de los símbolos impuestos por cualquier poder o pensamiento dominante, y cambiarles el sentido por otros más acordes con la propia realidad y con las propias experiencias de la gente. “No al aborto”, le hace decir Oscar a una mujer que sostiene con una mano una metralleta y con otra una bandeja llena de perritos dálmatas. “La ciudad es un campo de batalla visual”, dice el taxista mientras regresa a casa sin un peso en el bolsillo pero feliz por haber pintado cuatro afiches.La ciudad es un terreno en disputa entre lo público y lo privado, diría yo para completar la idea y volver los ojos a nuestro medio, a propósito de las tensiones entre la Policía Nacional y las empresas de seguridad privada debido a los operativos de control iniciados por la primera para controlar que las segundas no se desborden en unas ciudades como Quito y Guayaquil donde lo privado no para de comerse a lo público. La ciudad es el escenario de confrontación entre fuerzas dominantes y conductas disidentes, como ocurre entre la fascista prohibición de besos en el Malecón guayaquileño y el desacato liberador de quienes lo siguen haciendo pese a las normas disciplinarias impuestas en un lugar público donde lucran empresas privadas.Volviendo a nuestro personaje, Oscar no se rebela sólo contra la privatización del espacio público, sino también contra la pasividad de la población frente a ello. Si el mercado es capaz de invadir nuestras calles para vendernos un modo de vida, nosotros también podemos apropiarnos de esos espacios con nuestros pensamientos, se puede resumir del activismo del taxista bonaerense. En la ciudad lo público y lo privado miden sus fuerzas, como a la entrada de los bancos, donde los guardias obligan al cliente a abrir su maleta, con lo cual le ponen el membrete de sospechoso y se lo terminan de sellar adentro cuando lo obligan a quitarse la gorra, las gafas y el celular, con el pretexto de la seguridad. Qué tal si comenzáramos a rebelarnos contra ese orden, a cambiarle su sentido, y los clientes también comenzáramos a pedir a los ejecutivos y a los dueños de los bancos que abran sus portafolios antes de confiarles nuestro dinero. Después de todo, el más grande atraco bancario en la historia del país no lo hicieron precisamente unos asaltantes con pasamontañas. Sería fantástico si uno de estos días el glamuroso Malecón guayaquileño se llenara de mil, dos mil, qué sé yo… diez mil parejas besándose apasionadamente.
El Telégrafo 17-08-2008

Los cazadores

Por Gustavo Abad
El cazador se despierta y concentra sus sentidos en examinar el ambiente. Quisiera quedarse inmóvil, contemplar el movimiento de las nubes y sentir el paso lento de las horas. Pero no puede, porque su vida depende de sus arrestos y su sentido de ubicación. Tiene que calcular la distancia, la dirección del viento, consultar el estado de sus armas y su propia fuerza. Pero lo más importante para él es descubrir cuánto antes la dirección de la manada y adelantarse a cualquier cambio de rumbo si no quiere regresar con las manos vacías o morir aplastado por la estampida.
El cazador primitivo y nómada no está más en la escena del mundo. No obstante, la sociedad contemporánea, saturada, sobreestimulada y censurada, irónicamente, por exceso de información, construye las condiciones para que la orientación de las personas dependa de su instinto y su habilidad para rastrear y olfatear la ruta de ese monstruo de mil cabezas llamado opinión pública, esa fuerza poderosa que lo mismo puede correr incontenible hacia un abismo como detenerse en seco y emprenderla en sentido contrario.
Ubicarse en el lugar preciso para, cuando llegue el momento, lanzarse en pos de la corriente dominante, como un reflejo de defensa, parece ser la idea del ciudadano promedio, convertido por efecto de los datos y los discursos fragmentados, en el cazador de nuestro tiempo. Sin territorio fijo ni ideas claras respecto de los múltiples debates públicos, un gran número de votantes en el próximo referéndum, resuelve su dilema mediante un arcaísmo: lo que digan y hagan los demás.
Me subo a un taxi en el norte de Quito y escucho que la radio retransmite un noticiero de televisión. El taxista nota mi interés y pregunta: “¿Y usted va por el Sí o por el No?”. Le respondo que por el Sí, que esta posibilidad no se puede desperdiciar, e inmediatamente le devuelvo la inquietud. “¿Y usted?”. El hombre me hace una seña para que escuche el noticiero. “Chuta, no sé qué mismo será bueno. Esperemos a ver qué dicen las noticias más adelante”. Como el cazador primitivo, el del volante no toma una decisión por sí mismo. Se la pasa olfateando el ambiente y la dirección de aquella masa informe, que se expande y se contrae, a la que los actores políticos y los medios de comunicación llaman opinión pública.
La opinión pública merece tanto respeto como abulia, porque contiene todas las verdades y todas las falsedades al mismo tiempo. Es una conveniente ficción que lo mismo puede servir para vigilar al poder como para controlar a la población. Por eso los políticos y los medios tratan de adjudicarle unas formas y unas dimensiones reales. Y lo hacen mediante encuestas, sondeos, mensajes, llamadas, y otros artificios, sobre temas que se supone forman parte de la sensibilidad del público.
Todos tratan de dominar al animal esquivo de la opinión pública y conducirlo a su propio redil con la ayuda de símbolos exaltados. El poder político le muestra su proyecto de cambio; el mediático su libertad de expresión; el religioso, su moralismo retrógrado; el económico, su libre mercado. Todos con su argumento y también con su trampa. Después, cada uno coloca sus propios rótulos en el camino. Con este porcentaje, siga adelante; con este otro, deténgase y piénselo dos veces; con este nuevo, hágase a un lado porque lo que usted piensa ya no importa…
El cazador de nuestro tiempo mira pasar el tropel y calcula. Sabe que cuando llegue el momento saltará sobre el carro ganador porque su experiencia le dice que no hay alegría más grande que la de sumarse a una multitud que ha hecho callar a otras, y así escapar de la pesadilla de quedarse solo, porque en el fondo esta nueva especie de cazadores le teme más a la soledad que al acierto o al error en masa.
El Telégrafo 10-08-2008