Por Gustavo Abad
“Un ratito, señor ¿de qué medio es usted?”, suele ser una pregunta frecuente e incómoda hacia quienes ejercemos el periodismo sin estar vinculados de planta a un medio de comunicación. “De ninguno, porque trabajo de manera independiente”, suele ser la respuesta. Y ahí comienzan los problemas. “Entonces no puede pasar”. El funcionario, asistente, guardia, o lo que sea, se empecina en que “aquí no entra quien no presente la credencial de un medio”, y solo a base de insistencia se logra abrir el cerco.
Pero muchas veces de nada sirve explicar que la información no solo es necesaria para los periódicos, radios, canales y otros medios, sino también para los investigadores, docentes, líderes sociales, estudiantes, activistas, y todos quienes producen y toman decisiones a partir de la información sobre temas de interés público y de actualidad.
Es que uno de los grandes equívocos en la mayoría de espacios sociales es el de reducir comunicación a medios, información a periodistas, opinión a editorialistas, e ignorar que la comunicación, es decir, la búsqueda y construcción de sentidos, fluye en una infinidad de ámbitos no necesariamente mediáticos.
La comunicación no solo es un campo de acción, sino también de estudio, y no se restringe a las noticias, sino también a la reflexión teórica, a la educación, a la intervención política, a la organización social, a la creación artística, a los procesos identitarios, al activismo ecológico, de género, etc., que se nutren de flujos informativos e intercambios simbólicos. La comunicación nos ayuda a reconocer nuestro lugar en el mundo y a organizar nuestra vida cotidiana, que es la única que tenemos.
Por eso el texto de la nueva Constitución, en lo relacionado con la comunicación y la información, resulta un avance, pues agranda el horizonte y la comprensión de esta actividad y la reafirma como un bien público y como un derecho ciudadano.
Para comenzar, se refiere a la comunicación como un derecho “en todos los ámbitos de la interacción social por cualquier medio y forma”, y no “especialmente por parte de periodistas y comunicadores sociales”, como decía la anterior de manera limitada.
Otro aspecto destacable del nuevo texto es que diversifica la naturaleza de los medios en “públicos, privados y comunitarios” (auque podrían ser más), con lo cual reconoce y alienta nuevas prácticas periodísticas, nuevas agendas, nuevos relatos, promovidos desde diversas maneras de entender y narrar la realidad y no exclusivamente desde de la visión de los medios privados, muy necesitados de un espejo que anime su evolución.
El nuevo texto también establece el acceso en igualdad de condiciones a las frecuencias para el funcionamiento de radios y canales de televisión no necesariamente comerciales, sino de servicio público y comunitario, algunos de los cuales ya existen en el Ecuador, pero relegados a la periferia, por lo que no están incluidos en las organizaciones de radio y televisión con mayoría del sector privado, cuya representatividad ha sido cuestionada desde hace varios años.
La exclusión no solo tiene una cara económica, como el desempleo, la pobreza, la marginación física; también existe la exclusión simbólica, como la falta de acceso a la información, a los productos culturales, a la comprensión y disfrute de las creaciones artísticas. Ampliar el horizonte de la comunicación y la información, mucho más allá del ámbito de los medios, es ampliar las posibilidades de inclusión mediante el ejercicio de ese derecho y su uso estratégico para incidir en las políticas públicas.
Es posible que el texto no recoja todos los planteamientos o que no se ajuste a todos los cambios en el campo de la comunicación en los últimos años, pero oxigena el concepto al liberarlo de una reductora práctica mediática, lo cual ya es un avance saludable.
El Telégrafo 20-07-08
lunes, 21 de julio de 2008
sábado, 12 de julio de 2008
Falso dilema
Por Gustavo Abad
–No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.
–¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? –replicaba el periodista.
–Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.
El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.
Por eso causa vértigo mirar cómo la mayoría de medios tradicionales pregonan que la incautación de 195 empresas –entre ellas tres canales de televisión– del grupo Isaías, por parte de la AGD, es un atentado a la libertad de expresión en el Ecuador.
Al escuchar eso uno se pregunta: ¿Dónde anida realmente la censura y la distorsión, en el poder político o en el poder económico-mediático? ¿Se puede atentar contra algo que ya fue destrozado hace años por esos mismos medios debido a sus vinculaciones con grupos económicos? ¿Acaso tres canales, cuya programación es a la comunicación lo que la comida chatarra es a la alimentación, se pueden adjudicar la representación de la libertad de expresión en este país?
Mejor libertad es la que ejerce la gente en la calle y que, por asociación de ideas, en la última década ha unido al sustantivo banquero el calificativo corrupto como fórmula indisociable y condenatoria, surgida de la propia experiencia sin otra mediación.
Muchos recordamos todavía la entrevista en la que el entonces ministro de Economía, Ricardo Patiño, trapeó el piso con los despojos anímicos del periodista Jorge Ortiz, evidentemente ofuscado y sin capacidad de reacción ni argumentos, cuando el funcionario, a cada pregunta, le respondía: “ustedes pertenecen a la banca”.
Fue un episodio lamentable, no por Ortiz, sino por los miles de televidentes que esperábamos una explicación convincente acerca de la renegociación de la deuda externa, pero el ministro no la ofrecía porque estaba ante un hombre disminuido, que admitía que su credibilidad estaba “por los suelos” y que era empleado de un banquero, pero en un canal, según aclaraba en tono de acusado.
¿Y el derecho a la información? Relegado tras el bochorno del periodista.
En esta última semana, casi todos los medios tradicionales se han esforzado en venderle al público un falso dilema, que consiste en confundir una acción legal de incautación de bienes de los responsables del más grande atraco bancario en la historia del país con un atentado a la libertad de expresión.
Triste papel de esos medios, que harían mejor en preocuparse de cómo logrará el estado que esos bienes sirvan para restituir el dinero a los afectados y, mientras tanto, cómo evitará usar esos canales para propaganda política oficial, pues la legitimidad jurídica y moral de la incautación podría desdibujarse si el gobierno decide intervenir en la línea editorial o en la programación. Una cosa es ejecutar un proceso legal y otra sería usar una infraestructura comunicacional para imponer un modo de hacer y decir, lo cual otorgaría argumentos a quienes reducen todo esto a un cálculo coyuntural.
El tono dramático con el que han informado sobre este caso los medios, especialmente de televisión, la información editorializada que han emitido los reporteros, la mala intención al mezclarlo con la no renovación de la frecuencia a Radio Sucre, sí son un atentado al derecho a la información, un derecho que reclaman los ciudadanos y que nunca ha sido respetado ni defendido por los medios controlados por banqueros.
El Telégrafo 13-07-08
–No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.
–¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? –replicaba el periodista.
–Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.
El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.
Por eso causa vértigo mirar cómo la mayoría de medios tradicionales pregonan que la incautación de 195 empresas –entre ellas tres canales de televisión– del grupo Isaías, por parte de la AGD, es un atentado a la libertad de expresión en el Ecuador.
Al escuchar eso uno se pregunta: ¿Dónde anida realmente la censura y la distorsión, en el poder político o en el poder económico-mediático? ¿Se puede atentar contra algo que ya fue destrozado hace años por esos mismos medios debido a sus vinculaciones con grupos económicos? ¿Acaso tres canales, cuya programación es a la comunicación lo que la comida chatarra es a la alimentación, se pueden adjudicar la representación de la libertad de expresión en este país?
Mejor libertad es la que ejerce la gente en la calle y que, por asociación de ideas, en la última década ha unido al sustantivo banquero el calificativo corrupto como fórmula indisociable y condenatoria, surgida de la propia experiencia sin otra mediación.
Muchos recordamos todavía la entrevista en la que el entonces ministro de Economía, Ricardo Patiño, trapeó el piso con los despojos anímicos del periodista Jorge Ortiz, evidentemente ofuscado y sin capacidad de reacción ni argumentos, cuando el funcionario, a cada pregunta, le respondía: “ustedes pertenecen a la banca”.
Fue un episodio lamentable, no por Ortiz, sino por los miles de televidentes que esperábamos una explicación convincente acerca de la renegociación de la deuda externa, pero el ministro no la ofrecía porque estaba ante un hombre disminuido, que admitía que su credibilidad estaba “por los suelos” y que era empleado de un banquero, pero en un canal, según aclaraba en tono de acusado.
¿Y el derecho a la información? Relegado tras el bochorno del periodista.
En esta última semana, casi todos los medios tradicionales se han esforzado en venderle al público un falso dilema, que consiste en confundir una acción legal de incautación de bienes de los responsables del más grande atraco bancario en la historia del país con un atentado a la libertad de expresión.
Triste papel de esos medios, que harían mejor en preocuparse de cómo logrará el estado que esos bienes sirvan para restituir el dinero a los afectados y, mientras tanto, cómo evitará usar esos canales para propaganda política oficial, pues la legitimidad jurídica y moral de la incautación podría desdibujarse si el gobierno decide intervenir en la línea editorial o en la programación. Una cosa es ejecutar un proceso legal y otra sería usar una infraestructura comunicacional para imponer un modo de hacer y decir, lo cual otorgaría argumentos a quienes reducen todo esto a un cálculo coyuntural.
El tono dramático con el que han informado sobre este caso los medios, especialmente de televisión, la información editorializada que han emitido los reporteros, la mala intención al mezclarlo con la no renovación de la frecuencia a Radio Sucre, sí son un atentado al derecho a la información, un derecho que reclaman los ciudadanos y que nunca ha sido respetado ni defendido por los medios controlados por banqueros.
El Telégrafo 13-07-08
sábado, 5 de julio de 2008
Imágenes obsesivas
Por Gustavo Abad
Los únicos que tienen autoridad para mirar el dolor de los demás son los que tienen alguna posibilidad de remediarlo, decía la escritora estadounidense Susan Sontag, al referirse a la cantidad de imágenes de violencia y de muerte que consumimos cada día hasta el hartazgo y la inconciencia.
Si no podemos hacer algo por las víctimas de ese dolor, somos simples mirones, remataba ella, con esa manera casi irrevocable de echar abajo los lugares comunes que circulan con toda licencia y que damos por válidos sin reflexión, como aquel que pregona que la difusión continua de imágenes dramáticas sirve para tomar conciencia del horror y no volver a cometerlo.
El cuerpo destrozado muchas veces causa la misma curiosidad que el cuerpo desnudo. Quizá por ello, el concurso World Press Photo recoge con extraña predilección las fotos más desgarradoras del mundo y quizá por eso mismo las multitudes que visitan sus exposiciones exclaman ¡qué horror! y luego se repliegan sin más sobresaltos hacia sus propias urgencias, hacia sus propios duelos, porque difícilmente tienen espacio para los de esos desconocidos.
El actual predominio de la imagen como producto informativo a través de todos los medios desplaza nuestros sentidos y nuestra comprensión de la realidad. Recordar ya no es reflexionar sobre un acontecimiento, sino evocar una imagen, decía la misma Sontag. La comprensión pierde espacio ante la emoción.
El asambleísta Rafael Estévez intenta coserse los labios para protestar por lo que considera autoritarismo de la mayoría oficialista en la Asamblea. El presidente Rafael Correa derriba con un combo un cubículo de castigos en una cárcel esmeraldeña. Las cámaras recorren la acera ensangrentada donde asesinaron al periodista Raúl Rodríguez. Decenas de fotógrafos buscan el rostro del violador que cometía sus crímenes en los alrededores del Pichincha. Tres mil personas marchan en Guayaquil en reclamo de más seguridad y mano dura contra la delincuencia… Imágenes, emocionantes imágenes, que sin embargo, poco o nada nos dicen de la realidad social e histórica que las produce.
Hace pocos años era usual entre los fotógrafos de prensa hacerse esta pregunta: ¿Si estás cubriendo una guerra y encuentras un herido a punto de morir en el camino, lo ayudas o le tomas la foto? Recuerdo que muchos respondían: le tomo la foto. Se justificaban diciendo que de todas maneras el hombre iba a morir, en cambio, la imagen de su muerte dando vueltas por el mundo podría salvar a otros. Extraña fórmula compasiva.
Kevin Carter siguió esa doctrina y tomó la foto de una niña africana agonizando de hambre mientras, a pocos metros, un buitre esperaba para saltar sobre ella. El cronista gráfico ni siquiera hizo el ademán de espantar al pajarraco. Con esa foto ganó un Premio Pulitzer. Poco después se suicidó.
La palabra nos hace comprender la realidad, pero la imagen solo nos obsesiona. Por eso se entiende que la revista Vanguardia colocara un colosal NO en su portada de hace dos semanas, probablemente para que esa imagen actúe de manera subliminal como un letrero luminoso que se prende y se apaga en el inconciente de cada elector en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución. Ese NO, por efecto del diseño (letras blancas sobre fondo rojo), se desvincula de su sentido verbal y muta en ícono propagandístico, en artefacto visual tan obsesivo como la negación que promueve.
Una imagen que reemplaza el debate, que persigue efectos en lugar de reflexiones. Una imagen que, si nos toma desprevenidos, nos convierte a todos en mirones.
El Telégrafo 06-07-08
Los únicos que tienen autoridad para mirar el dolor de los demás son los que tienen alguna posibilidad de remediarlo, decía la escritora estadounidense Susan Sontag, al referirse a la cantidad de imágenes de violencia y de muerte que consumimos cada día hasta el hartazgo y la inconciencia.
Si no podemos hacer algo por las víctimas de ese dolor, somos simples mirones, remataba ella, con esa manera casi irrevocable de echar abajo los lugares comunes que circulan con toda licencia y que damos por válidos sin reflexión, como aquel que pregona que la difusión continua de imágenes dramáticas sirve para tomar conciencia del horror y no volver a cometerlo.
El cuerpo destrozado muchas veces causa la misma curiosidad que el cuerpo desnudo. Quizá por ello, el concurso World Press Photo recoge con extraña predilección las fotos más desgarradoras del mundo y quizá por eso mismo las multitudes que visitan sus exposiciones exclaman ¡qué horror! y luego se repliegan sin más sobresaltos hacia sus propias urgencias, hacia sus propios duelos, porque difícilmente tienen espacio para los de esos desconocidos.
El actual predominio de la imagen como producto informativo a través de todos los medios desplaza nuestros sentidos y nuestra comprensión de la realidad. Recordar ya no es reflexionar sobre un acontecimiento, sino evocar una imagen, decía la misma Sontag. La comprensión pierde espacio ante la emoción.
El asambleísta Rafael Estévez intenta coserse los labios para protestar por lo que considera autoritarismo de la mayoría oficialista en la Asamblea. El presidente Rafael Correa derriba con un combo un cubículo de castigos en una cárcel esmeraldeña. Las cámaras recorren la acera ensangrentada donde asesinaron al periodista Raúl Rodríguez. Decenas de fotógrafos buscan el rostro del violador que cometía sus crímenes en los alrededores del Pichincha. Tres mil personas marchan en Guayaquil en reclamo de más seguridad y mano dura contra la delincuencia… Imágenes, emocionantes imágenes, que sin embargo, poco o nada nos dicen de la realidad social e histórica que las produce.
Hace pocos años era usual entre los fotógrafos de prensa hacerse esta pregunta: ¿Si estás cubriendo una guerra y encuentras un herido a punto de morir en el camino, lo ayudas o le tomas la foto? Recuerdo que muchos respondían: le tomo la foto. Se justificaban diciendo que de todas maneras el hombre iba a morir, en cambio, la imagen de su muerte dando vueltas por el mundo podría salvar a otros. Extraña fórmula compasiva.
Kevin Carter siguió esa doctrina y tomó la foto de una niña africana agonizando de hambre mientras, a pocos metros, un buitre esperaba para saltar sobre ella. El cronista gráfico ni siquiera hizo el ademán de espantar al pajarraco. Con esa foto ganó un Premio Pulitzer. Poco después se suicidó.
La palabra nos hace comprender la realidad, pero la imagen solo nos obsesiona. Por eso se entiende que la revista Vanguardia colocara un colosal NO en su portada de hace dos semanas, probablemente para que esa imagen actúe de manera subliminal como un letrero luminoso que se prende y se apaga en el inconciente de cada elector en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución. Ese NO, por efecto del diseño (letras blancas sobre fondo rojo), se desvincula de su sentido verbal y muta en ícono propagandístico, en artefacto visual tan obsesivo como la negación que promueve.
Una imagen que reemplaza el debate, que persigue efectos en lugar de reflexiones. Una imagen que, si nos toma desprevenidos, nos convierte a todos en mirones.
El Telégrafo 06-07-08
sábado, 21 de junio de 2008
Desdoblamiento

Por Gustavo Abad
El desdoblamiento ocurre cuando existen dos fuerzas en disputa permanente. Quien lo sufre inevitablemente roza con la esquizofrenia. El desdoblamiento no es fácilmente visible, pero sí lo son sus efectos, sus conflictivos y erráticos efectos. El desdoblamiento y la emoción han sido las tendencias en el trabajo de una buena parte de los medios de comunicación ecuatorianos en la cobertura del evento político más importante del año, la Asamblea Constituyente.
Cuando los asambleístas se instalaron en Montecristi hace siete meses, con una mayoría oficialista merecedora de especial atención por todo lo que significa la concentración de poder y por ser la portadora de un duro cuestionamiento a los medios tradicionales, muchos periodistas e investigadores planteamos que los medios debían reorientar sus procedimientos con el fin de informar desde la comprensión de un proceso histórico y no desde las emociones y el berrinche, como había sido lo usual en su confrontación con el poder político desde el inicio del actual gobierno.
Falta poco más de un mes para que concluya el trabajo de la Asamblea y mi balance es que los medios no han podido liberarse de la esquizofrenia de quien se somete a la lucha de dos fuerzas internas: el ideal periodístico de vigilancia de la democracia y la libertad de expresión, por un lado, versus las presiones económicas y políticas a las que también responden, por otro. Entonces, los medios se desdoblan para satisfacer esa doble dependencia y, como el desdoblamiento es la cúspide del conflicto emocional, la información que generan es igualmente emocional y alterada.
Ese predominio de la emoción ha llevado a los periodistas, especialmente de televisión, a cubrir la Asamblea como si estuvieran dotados del don de la profecía y a presentar no los hechos, sino el escenario imaginado por ellos, en la mayoría de los casos, negativo.
Por eso un debate dirigido a la búsqueda de equidad en la concesión de frecuencias para evitar el monopolio, así como el de la necesidad de orientar la programación hacia contenidos educativos, fue presentado como una inminente mordaza a la prensa. Por eso también la propuesta de uso social de las tierras improductivas fue escenificado como la instauración del comunismo dispuesto a quitarle a la gente sus propiedades.
La profecía también alcanzó a temas como el de los derechos sexuales, presentado como la venia esperada por los jóvenes para dedicarse día y noche a hacer el amor detrás de cada puerta sin temor al embarazo y listos a poblar la ciudad de fetos sanguinolentos. Esto último no lo dijeron los periodistas, pero sí el ejército de curas tradicionalistas y damas misericordiosas que poblaron las pantallas a propósito de este tema.
Un reciente informe de la organización Fundamedios, basado en la observación de seis canales de televisión, dice que una de las tenencias dominantes fue destacar los conflictos aislados y con ello construir la imagen de la Asamblea como un escenario conflictivo similar al viejo Congreso. Por eso el golpe en la mesa de un asambleísta o la presunta relación de alguna con las FARC ocuparon el doble de tiempo que otros temas.
La imagen social de los medios y de los periodistas no puede ser en este momento más contradictora y bipolar. Atrapados en una relación de odio-amor con el poder político, al que acusan de prepotente y dictatorial, no dudan en buscar a su máximo representante para una entrevista exclusiva sin importar si esta resulta inútil e intrascendente –como la de Ecuavisa el pasado 12 de junio–, sino que cumpla su misión de subir el rating, para después desdoblarse nuevamente y decir que el mandatario utiliza a los medios para hacer campaña por el Sí en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución.
Sometidos a fuerzas contradictorias, esos medios han convertido al periodismo en una actividad incierta y a la información en un producto poco apto para el consumo.
El Telégrafo 22-06-08
sábado, 14 de junio de 2008
Silencioso e invisible
Por Gustavo Abad
Hace pocos días, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) estableció un plazo hasta el 29 de abril de 2009 para que Ecuador presente los documentos que sustentan su demanda contra Colombia por los daños causados a los habitantes y al medio ambiente de la frontera norte, como efecto de las fumigaciones con herbicidas tóxicos promovidas por el gobierno de ese país desde hace ocho años, como parte del Plan Colombia.
La Comisión Científica Ecuatoriana –integrada por abogados en derechos humanos y derecho internacional, ecologistas, genetistas, epidemiólogos y otros especialistas– cuenta con un informe de abril de 2007 que contiene las evidencias del daño: afectación de ecosistemas, extinción de especies, contaminación de aguas, suelo y aire, alteración celular en plantas y personas, deterioro de la salud mental, migración, riesgos de cáncer y de abortos, embarazos con malformaciones y muchos otros efectos expresados en cifras y cuadros comparativos, más los testimonios de los afectados.
El informe –que sigue las pautas establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en el que constan desde el tamaño de la gota hasta la velocidad del viento– deja claro que ahí no solo se fumigó con una combinación química letal (glifosato+POEA+Cosmo-Flux) en cantidades y concentraciones superiores a las tolerables, sino que se construyó un verdadero escenario de guerra con miles de personas inocentes de por medio, que obligó a migrar al 56% de esa población.
Paradójicamente, este tipo de investigaciones, esta gestión metódica del conocimiento, nunca ha sido suficientemente visibilizada por la mayoría de los medios de comunicación, por considerarla un trabajo –y aquí esta la padoja– demasiado “ideológico”, especialmente si entre los investigadores consta algún ecologista o algún defensor de los derechos humanos, dos actividades eternamente sospechosas para los jefes de información, que deciden en Quito o Guayaquil lo que pasa en la frontera.
Personalmente he podido constatar y dar cuenta del trabajo, entre otros, del médico español Adolfo Maldonado y de la organización Acción Ecológica, dedicados a sumar cada día un nuevo dato, un nuevo análisis, una nueva prueba de la rociada mortal de glifosato realizada por pilotos mercenarios sin el menor respeto a la vida.
Esos datos después se han convertido en informes, en conocimiento organizado y verificable. Sin embargo, la sola mención de sus autores hace saltar las alarmas en los medios, que en este tema siempre han privilegiado una fórmula narrativa que consiste en intercalar un relato dramático con una declaración del Departamento de Estado de EE.UU. y, con ese simplón reparto de espacios al que llaman erróneamente objetividad, la mayoría de ellos cree cumplida su misión en el mundo.
El trabajo de los medios respecto de la frontera siempre ha sido reactivo ante la coyuntura, ante la denuncia de una fumigación, de una matanza, o de la visita de algún funcionario internacional, pero casi nunca enfocado a la construcción de un conocimiento que algún día pudiera ser útil a las víctimas de esos actos de guerra.
La gestión y uso del conocimiento consiste en que los protagonistas de diversos procesos sociales, políticos, etc., puedan sistematizar la cantidad de datos y experiencias y hacer uso más efectivo de ese saber acumulado. En otras palabras, construir una memoria instrumental que sirva de soporte a sus demandas y sus iniciativas sociales.
La deuda de los medios con la gestión del conocimiento en la frontera es inmensa, comenzando por la poquísima visibilidad que han dado al trabajo científico de largo aliento en la zona. Ahora, los argumentos que requiere el Ecuador provienen de esos investigadores, de su trabajo silencioso, invisible y muchas veces proscrito de las páginas de los diarios y los noticieros de televisión.
El Telégrafo 15-06-08
Hace pocos días, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) estableció un plazo hasta el 29 de abril de 2009 para que Ecuador presente los documentos que sustentan su demanda contra Colombia por los daños causados a los habitantes y al medio ambiente de la frontera norte, como efecto de las fumigaciones con herbicidas tóxicos promovidas por el gobierno de ese país desde hace ocho años, como parte del Plan Colombia.
La Comisión Científica Ecuatoriana –integrada por abogados en derechos humanos y derecho internacional, ecologistas, genetistas, epidemiólogos y otros especialistas– cuenta con un informe de abril de 2007 que contiene las evidencias del daño: afectación de ecosistemas, extinción de especies, contaminación de aguas, suelo y aire, alteración celular en plantas y personas, deterioro de la salud mental, migración, riesgos de cáncer y de abortos, embarazos con malformaciones y muchos otros efectos expresados en cifras y cuadros comparativos, más los testimonios de los afectados.
El informe –que sigue las pautas establecidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y en el que constan desde el tamaño de la gota hasta la velocidad del viento– deja claro que ahí no solo se fumigó con una combinación química letal (glifosato+POEA+Cosmo-Flux) en cantidades y concentraciones superiores a las tolerables, sino que se construyó un verdadero escenario de guerra con miles de personas inocentes de por medio, que obligó a migrar al 56% de esa población.
Paradójicamente, este tipo de investigaciones, esta gestión metódica del conocimiento, nunca ha sido suficientemente visibilizada por la mayoría de los medios de comunicación, por considerarla un trabajo –y aquí esta la padoja– demasiado “ideológico”, especialmente si entre los investigadores consta algún ecologista o algún defensor de los derechos humanos, dos actividades eternamente sospechosas para los jefes de información, que deciden en Quito o Guayaquil lo que pasa en la frontera.
Personalmente he podido constatar y dar cuenta del trabajo, entre otros, del médico español Adolfo Maldonado y de la organización Acción Ecológica, dedicados a sumar cada día un nuevo dato, un nuevo análisis, una nueva prueba de la rociada mortal de glifosato realizada por pilotos mercenarios sin el menor respeto a la vida.
Esos datos después se han convertido en informes, en conocimiento organizado y verificable. Sin embargo, la sola mención de sus autores hace saltar las alarmas en los medios, que en este tema siempre han privilegiado una fórmula narrativa que consiste en intercalar un relato dramático con una declaración del Departamento de Estado de EE.UU. y, con ese simplón reparto de espacios al que llaman erróneamente objetividad, la mayoría de ellos cree cumplida su misión en el mundo.
El trabajo de los medios respecto de la frontera siempre ha sido reactivo ante la coyuntura, ante la denuncia de una fumigación, de una matanza, o de la visita de algún funcionario internacional, pero casi nunca enfocado a la construcción de un conocimiento que algún día pudiera ser útil a las víctimas de esos actos de guerra.
La gestión y uso del conocimiento consiste en que los protagonistas de diversos procesos sociales, políticos, etc., puedan sistematizar la cantidad de datos y experiencias y hacer uso más efectivo de ese saber acumulado. En otras palabras, construir una memoria instrumental que sirva de soporte a sus demandas y sus iniciativas sociales.
La deuda de los medios con la gestión del conocimiento en la frontera es inmensa, comenzando por la poquísima visibilidad que han dado al trabajo científico de largo aliento en la zona. Ahora, los argumentos que requiere el Ecuador provienen de esos investigadores, de su trabajo silencioso, invisible y muchas veces proscrito de las páginas de los diarios y los noticieros de televisión.
El Telégrafo 15-06-08
sábado, 7 de junio de 2008
Demasiado importante
Por Gustavo Abad
El fútbol es algo demasiado importante como para dejárselo a los comentaristas de los canales ecuatorianos, muchos de los cuales ofician de hinchas con micrófono, que se desgañitan de ansiedad en lugar de orientar el análisis del partido. Pero bueno, para no desviarnos del tema, digamos en este caso que cada uno con sus emociones.
A lo que voy es a que la llegada de Liga Deportiva Universitaria a la final de la Copa Santander Libertadores, aparte de la alegría de todo un país, nos recuerda la condición del fútbol como huella, ¡qué digo huella!, como profunda marca cultural de nuestro tiempo, con la cual las ciencias sociales siguen teniendo una gran deuda.
Para comenzar, este equipo o, mejor dicho, esta empresa deportiva parece ser el resultado ideal de una larga evolución del fútbol ecuatoriano, desde cuando los hermanos Wright desembarcaron en Guayaquil con la primera pelota, en 1899, hasta el desembarco del fútbol ecuatoriano en dos mundiales seguidos, sobre la nave de una industria futbolística globalizada.
Un estudioso del deporte, Fernando Carrión, dice que el fútbol llega al Ecuador como resultado del capitalismo expansivo de fines del siglo diecinueve, con Inglaterra a la cabeza de la industria y el comercio mundiales. En otras palabras, llega montado sobre la maquinaria bulliciosa del progreso. Por eso los grandes equipos surgen ligados a empresas desarrollistas: Barcelona (puertos), Emelec (electricidad), Aucas (petróleo), Olmedo (ferrocarril), y solo una minoría proviene de entidades humanistas, como LDU, de la Universidad Central.
Al principio no hay diferencias entre jugador, hincha ni dirigente, porque muchos son las tres cosas a la vez. Tampoco hay estructura institucional ni marketing en ese mundo sin dioses donde el gran sentimiento es la defensa del terruño. Los de aquí contra los de allá, incluso después de inaugurados los campeonatos profesionales en 1957.
Pero la trilogía hincha-jugador-dirigente, que domina la infancia y adolescencia del fútbol ecuatoriano y mundial se sacude con la llegada de un nuevo protagonista: la televisión. Entonces todo cambia. El hincha ya no tiene que ir al estadio, el jugador ya no dirije su festejo a los graderíos sino a las cámaras, la camiseta se convierte en valla publicitaria, los bordes de la cancha se parcelan para los anunciantes, el dirigente se convierte en empresario, y ya no importa de dónde es un equipo sino qué empresa le apuesta, porque el mito deportivo local cede ante el mito económico global.
Muchos dirigentes entienden eso y cambian su antigua función de mecenas por la de inversionistas y hombres de negocios. Bueno, no muchos. El Barcelona llega a dos finales de la Copa Libertadores (90 y 98) por mérito deportivo, pero institucionalmente abrevando en la chequera del mecenas. Cuando ésta flaquea, viene la crisis.
La diferencia que impone LDU radica en el cambio del mecenazgo por una gestión empresarial, que vende un producto masivo, que combina hábilmente lo económico con lo simbólico, que le monta al hincha un sentido de pertenencia a un equipo que practica formidablemente uno de los mejores inventos del espíritu colectivo, que gana cinco campeonatos en la última década. Le vende éxito, el producto mas codiciado en estos días cuando la gente ya no se define por lo que produce sino por lo que consume.
La hinchada, esa fuerza motivadora de antes, es ahora también fuente de ingresos, no solo para el club, sino para toda una industria que, según Fernando Carrión, mueve 300 millones de dólares en el Ecuador. Una industria donde cada hincha, ¡qué digo hincha!, cada aportante lo hace con al menos dos horas de su tiempo frente al televisor, o sea lo máximo que yo puedo invertir en el fútbol, y por eso me siento excesivamente recompensado con la Liga jugando de maravilla una final de Copa.
El fútbol es algo demasiado importante como para dejárselo a los comentaristas de los canales ecuatorianos, muchos de los cuales ofician de hinchas con micrófono, que se desgañitan de ansiedad en lugar de orientar el análisis del partido. Pero bueno, para no desviarnos del tema, digamos en este caso que cada uno con sus emociones.
A lo que voy es a que la llegada de Liga Deportiva Universitaria a la final de la Copa Santander Libertadores, aparte de la alegría de todo un país, nos recuerda la condición del fútbol como huella, ¡qué digo huella!, como profunda marca cultural de nuestro tiempo, con la cual las ciencias sociales siguen teniendo una gran deuda.
Para comenzar, este equipo o, mejor dicho, esta empresa deportiva parece ser el resultado ideal de una larga evolución del fútbol ecuatoriano, desde cuando los hermanos Wright desembarcaron en Guayaquil con la primera pelota, en 1899, hasta el desembarco del fútbol ecuatoriano en dos mundiales seguidos, sobre la nave de una industria futbolística globalizada.
Un estudioso del deporte, Fernando Carrión, dice que el fútbol llega al Ecuador como resultado del capitalismo expansivo de fines del siglo diecinueve, con Inglaterra a la cabeza de la industria y el comercio mundiales. En otras palabras, llega montado sobre la maquinaria bulliciosa del progreso. Por eso los grandes equipos surgen ligados a empresas desarrollistas: Barcelona (puertos), Emelec (electricidad), Aucas (petróleo), Olmedo (ferrocarril), y solo una minoría proviene de entidades humanistas, como LDU, de la Universidad Central.
Al principio no hay diferencias entre jugador, hincha ni dirigente, porque muchos son las tres cosas a la vez. Tampoco hay estructura institucional ni marketing en ese mundo sin dioses donde el gran sentimiento es la defensa del terruño. Los de aquí contra los de allá, incluso después de inaugurados los campeonatos profesionales en 1957.
Pero la trilogía hincha-jugador-dirigente, que domina la infancia y adolescencia del fútbol ecuatoriano y mundial se sacude con la llegada de un nuevo protagonista: la televisión. Entonces todo cambia. El hincha ya no tiene que ir al estadio, el jugador ya no dirije su festejo a los graderíos sino a las cámaras, la camiseta se convierte en valla publicitaria, los bordes de la cancha se parcelan para los anunciantes, el dirigente se convierte en empresario, y ya no importa de dónde es un equipo sino qué empresa le apuesta, porque el mito deportivo local cede ante el mito económico global.
Muchos dirigentes entienden eso y cambian su antigua función de mecenas por la de inversionistas y hombres de negocios. Bueno, no muchos. El Barcelona llega a dos finales de la Copa Libertadores (90 y 98) por mérito deportivo, pero institucionalmente abrevando en la chequera del mecenas. Cuando ésta flaquea, viene la crisis.
La diferencia que impone LDU radica en el cambio del mecenazgo por una gestión empresarial, que vende un producto masivo, que combina hábilmente lo económico con lo simbólico, que le monta al hincha un sentido de pertenencia a un equipo que practica formidablemente uno de los mejores inventos del espíritu colectivo, que gana cinco campeonatos en la última década. Le vende éxito, el producto mas codiciado en estos días cuando la gente ya no se define por lo que produce sino por lo que consume.
La hinchada, esa fuerza motivadora de antes, es ahora también fuente de ingresos, no solo para el club, sino para toda una industria que, según Fernando Carrión, mueve 300 millones de dólares en el Ecuador. Una industria donde cada hincha, ¡qué digo hincha!, cada aportante lo hace con al menos dos horas de su tiempo frente al televisor, o sea lo máximo que yo puedo invertir en el fútbol, y por eso me siento excesivamente recompensado con la Liga jugando de maravilla una final de Copa.
lunes, 2 de junio de 2008
Pensamiento blindado

Por Gustavo Abad
La asambleísta Rossana Queirolo es capaz de frenar y prácticamente desbaratar un necesario debate acerca de temas como la educación sexual, de prácticas como el aborto, o de opciones como la homosexualidad en el Ecuador. Lo hace porque posee una mentalidad impenetrable, blindada a nuevas ideas, apoyada por una sobreexposición mediática que la entroniza como la principal exponente de estos temas, aunque en realidad lo suyo es la negación de toda la experiencia humana acumulada al respecto.
El periodista Carlos Vera la entrevista en su programa Contacto Directo y lo que parece que será un diálogo algo esclarecedor se torna en angustia del entrevistador. Vera, acostumbrado a imponer el ritmo de la conversación, muchas veces a costa de no dejar hablar al invitado, con Queirolo se toma una cucharada de su propia medicina, porque es ella la que no lo deja hablar ni replicar.
La asambleísta parece tener instalado algún dispositivo que arranca cuando comienza a hablar y no para mientras no haya desplegado toda una cadena de fundamentalismos. Parece un ser programado para decir no a todo esfuerzo de comprensión de la diversidad en las prácticas sexuales; no a todo intento de reconocimiento del propio cuerpo como única certeza de ser y estar en el mundo; no a la satisfacción compartida o solitaria; no a los preservativos; no a la masturbación; no a la homosexualidad…
Por lo que escribe en su blog, para ella, el cuerpo y el sexo son territorios delimitados únicamente para la reproducción, según el dogma religioso, o el pecado, y jamás para el placer, el juego, la libertad, el goce, y mucho menos para la imaginación, la conciencia que moviliza los impulsos creativos que hacen que las personas vivan, trabajen y produzcan mejor mientras mejor se relacionan con su cuerpo y con su sexualidad.
Pese a su frialdad robótica, algunas palabras no dejan de producirle a la ex modelo cierta alteración emocional y conflictos de pronunciación. Pasa con éxito las palabras pene y masturbación, pero su inconsciente se manifiesta en un lapsus y dice “lubricación familiar” cuando en realidad quiere decir “lubricación vaginal”.
Pero Queirolo no está en la asamblea ni en el centro del debate público porque unos extraterrestres la pusieran ahí. Ella es solo la parte más visible de un sector de la sociedad ecuatoriana con pensamiento anclado en el siglo diecinueve que, curiosamente, ha logrado ganar espacio e influencia en un gobierno con discurso transformador como el actual y ha puesto casi a la defensiva al sector más progresista y librepensador del movimiento en el poder, que a estas alturas parece neutralizado.
Ella, con su discurso blindado, que admite públicamente que el concepto orientación sexual le resulta “ininteligible” y que la palabra género le parece “equívoca” ha logrado más espacio en los medios que cualquier especialista en sexualidad dispuesto a la investigación, al análisis y al debate.
Lo que los medios no cuentan es dónde anida y se desarrolla ese pensamiento. Los medios que, luego de la tragedia en una discoteca, enloquecieron por hacer la radiografía instantánea del mundo del rock, ni siquiera se aventuran en el mundo donde se sostiene el pensamiento de Queirolo, una mezcla de liberalismo económico y conservadurismo moral arraigado en una élite ligada al Opus Dei, que aplaude la caridad pero desprecia la justicia social. Una élite que, de ser posible su personificación, estaría entre el “iron man” y el “manager”, esa combinación de disciplina, entrenamiento físico, autoritarismo y religión, que ha estado en la base de todos los fascismos. Un mundo al que los medios ofrecen grandes espacios pero no lo exploran ni lo narran porque en realidad lo respetan demasiado.
El Telegrafo 01-06-08
La asambleísta Rossana Queirolo es capaz de frenar y prácticamente desbaratar un necesario debate acerca de temas como la educación sexual, de prácticas como el aborto, o de opciones como la homosexualidad en el Ecuador. Lo hace porque posee una mentalidad impenetrable, blindada a nuevas ideas, apoyada por una sobreexposición mediática que la entroniza como la principal exponente de estos temas, aunque en realidad lo suyo es la negación de toda la experiencia humana acumulada al respecto.
El periodista Carlos Vera la entrevista en su programa Contacto Directo y lo que parece que será un diálogo algo esclarecedor se torna en angustia del entrevistador. Vera, acostumbrado a imponer el ritmo de la conversación, muchas veces a costa de no dejar hablar al invitado, con Queirolo se toma una cucharada de su propia medicina, porque es ella la que no lo deja hablar ni replicar.
La asambleísta parece tener instalado algún dispositivo que arranca cuando comienza a hablar y no para mientras no haya desplegado toda una cadena de fundamentalismos. Parece un ser programado para decir no a todo esfuerzo de comprensión de la diversidad en las prácticas sexuales; no a todo intento de reconocimiento del propio cuerpo como única certeza de ser y estar en el mundo; no a la satisfacción compartida o solitaria; no a los preservativos; no a la masturbación; no a la homosexualidad…
Por lo que escribe en su blog, para ella, el cuerpo y el sexo son territorios delimitados únicamente para la reproducción, según el dogma religioso, o el pecado, y jamás para el placer, el juego, la libertad, el goce, y mucho menos para la imaginación, la conciencia que moviliza los impulsos creativos que hacen que las personas vivan, trabajen y produzcan mejor mientras mejor se relacionan con su cuerpo y con su sexualidad.
Pese a su frialdad robótica, algunas palabras no dejan de producirle a la ex modelo cierta alteración emocional y conflictos de pronunciación. Pasa con éxito las palabras pene y masturbación, pero su inconsciente se manifiesta en un lapsus y dice “lubricación familiar” cuando en realidad quiere decir “lubricación vaginal”.
Pero Queirolo no está en la asamblea ni en el centro del debate público porque unos extraterrestres la pusieran ahí. Ella es solo la parte más visible de un sector de la sociedad ecuatoriana con pensamiento anclado en el siglo diecinueve que, curiosamente, ha logrado ganar espacio e influencia en un gobierno con discurso transformador como el actual y ha puesto casi a la defensiva al sector más progresista y librepensador del movimiento en el poder, que a estas alturas parece neutralizado.
Ella, con su discurso blindado, que admite públicamente que el concepto orientación sexual le resulta “ininteligible” y que la palabra género le parece “equívoca” ha logrado más espacio en los medios que cualquier especialista en sexualidad dispuesto a la investigación, al análisis y al debate.
Lo que los medios no cuentan es dónde anida y se desarrolla ese pensamiento. Los medios que, luego de la tragedia en una discoteca, enloquecieron por hacer la radiografía instantánea del mundo del rock, ni siquiera se aventuran en el mundo donde se sostiene el pensamiento de Queirolo, una mezcla de liberalismo económico y conservadurismo moral arraigado en una élite ligada al Opus Dei, que aplaude la caridad pero desprecia la justicia social. Una élite que, de ser posible su personificación, estaría entre el “iron man” y el “manager”, esa combinación de disciplina, entrenamiento físico, autoritarismo y religión, que ha estado en la base de todos los fascismos. Un mundo al que los medios ofrecen grandes espacios pero no lo exploran ni lo narran porque en realidad lo respetan demasiado.
El Telegrafo 01-06-08
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