miércoles, 15 de febrero de 2012

ECUAVOLEY: PARTE II

TRES TOQUES: ACERCA DE LOS JUGADORES Y LAS TÉCNICAS

Por Gustavo Abad



El sentido del juego

Un partido se inicia con el saque o batida a cargo del equipo que haya ganado el sorteo previo. El saque se ejecuta desde atrás de la línea final y consiste en golpear la pelota con el puño o con la mano extendida y enviarla al campo rival. Esta ligera ventaja inicial es importante porque pone al abridor muy cerca de marcar el primer punto a su favor.

Un punto se obtiene cuando: a) el contrincante no logar parar el saque; b) cuando no logra retornar la pelota por sobre la red; c) cuando la envía fuera de la cancha; d) cuando realiza una jugada no permitida por el reglamento, como hacer más de tres toques, pisar la línea divisoria del campo, entre otras. En cualquier caso, para anotar un punto el equipo tiene que estar en posesión del saque. De lo contrario, sólo obtiene un cambio.

La dinámica del partido consiste básicamente en un intercambio de la pelota con diversos niveles de habilidad y fuerza. El objetivo es colocarla en el campo contrario o, por lo menos, obligar a fallar al rival. Pero éste tiene la misma intención. Entonces el juego se convierte en una competencia de astucias, engaños, amagues, incluso intercambios verbales para disminuir al adversario. No hay violencia en ello, sólo impulso agresivo, que no es lo mismo.

Por lo general, el volador recibe el saque y pasa la pelota al servidor para que éste la levante hacia la red de manera que el colocador pueda, con un toque, colocarla en terreno adversario. Cuando el colocador la pasa con predominio de la técnica, se conoce como “coloque fino”. Cuando lo hace con predominio de la fuerza y en sentido vertical, se conoce como “gancho”. No es lo usual pero, cuando se enfrentan un ganchador contra un colocador fino, también conocido como “ponedor” , el espectáculo es excepcional porque escenifica la lucha entre la fuerza y la inteligencia.

Si hacemos un breve perfil técnico de los integrantes de un trío de ecuavoley tenemos lo siguiente:

El colocador

Representa el elemento ofensivo, el encargado de colocar la pelota en el campo contrario y en quien recae la mayor responsabilidad en el triunfo o la derrota. Puede ser ganchador o “ponedor” dependiendo de su estatura. Por lo general, se lo considera el líder del equipo, el que propone la estrategia, aunque las decisiones se toman de consenso con sus compañeros. El biotipo ideal del colocador es alto y delgado.

El servidor

Representa el elemento creativo, el encargado de levantar la pelota a la altura adecuada para que el colocador quede en buena posición de realizar su mejor jugada. Su función es vital, puesto que puede convertir una pelota fácil en difícil o viceversa. En determinado momento puede ejercer de colocador cuando se requiere aprovechar un descuido del rival. El biotipo ideal del servidor es de estatura mediana, rápido física y mentalmente.

El volador

Representa el elemento defensivo, el encargado de recibir el saque y levantar la pelota hacia el servidor. Su responsabilidad es grande, puesto que debe garantizar la seguridad desde el primer toque. Un buen volador le ofrece al colocador la posibilidad de moverse con libertad por el resto del campo si sus espacios están bien cubiertos. Puede ocupar el puesto del colocador cuándo éste ha quedado en mala posición. El biotipo ideal del volador es de estatura mediana, fuerte pero ágil a la vez.

Los protagonistas de un cuadrangular relámpago

Cuando Daniel Cedeño era niño tenía el pelo largo, lacio y colorado. Así andaba por las calles de su natal Santa Ana, provincia de Manabí. Los más grandes no tardaron en apodarlo “La Pepona”, porque parecía una copia pequeña de José Omar Reinaldi, un argentino que jugó en el Barcelona de Guayaquil a mediados de los setentas, conocido como “La Pepona” Reinaldi.

En el mundo del ecuavoley es raro que los jugadores se conozcan por el nombre. Más fácil resulta el apodo, que no sólo es la versión caricaturesca de su identidad, sino una síntesis precisa de su historia personal o de su modo de ser, y nadie rehúye a llevar uno. Por eso, cuando alguien pregunta por “el señor que encargó los trofeos para este cuadrangular… “, Cedeño, ahora ya cuarentón, se adelanta: “ese soy yo, La Pepona, conmigo tienes que hablar” y reivindica para sí una autoridad ganada en las canchas y sellada con su apodo famoso.

Viernes por la tarde, cancha de tierra de la Asociación de Ecuavoley de Guayllabamba. “La Pepona” no para de hablar por su celular. “Vea papá, no se haga líos, si viene con su esposa, coja un taxi y aquí le pago, ya, ya… suerte papá…”, instruye a uno de los jugadores que viene a participar en un “cuadrangular relámpago”, que ha organizado en esa parroquia del norte de Quito para mirar buenos partidos, pero también para ganarse unos dólares como empresario a pequeña escala de ecuavoley.

Es la segunda vez que este veterano volador las oficia de organizador, gracias a la buena relación que surgió el año pasado con los dueños de la cancha, que es en realidad una aspiración de coliseo, con piso de tierra, cuatro filas de gradas de cemento por los cuatro costados y columnas de hierro que sostienen una cubierta de cinc, la estructura típica de los escenarios deportivos rurales. Un voluntario riega la cancha con agua para que ni una pisca de polvo empañe el espectáculo de esta noche.

El teléfono suena otra vez. “¿Dónde está?... ya, dígale al chofer que lo deje a la entrada de Guayllambamba, no se vaya a pasar… de ahí camine nomás, que la cancha está cerca del parque, ya, ya…” Diálogos de ese orden ha tenido “La Pepona” durante las últimas tres semanas con los mejores jugadores del país, con quienes ha logrado un cartel de élite, figuras que casi nunca aparecen en las páginas deportivas de los diarios, pero sí en el "boca en boca" de los asiduos a este deporte.

Un cuadrangular es el torneo más sencillo y viable. Se realiza en dos jornadas de dos partidos cada una y los rivales salen por sorteo. Los perdedores de la primera jornada se enfrentan en la segunda por el tercer lugar, mientras que los ganadores lo hacen por el primero. El concepto es redondo, nada sobra ni falta.

La gente comienza a llegar, la mayoría se acerca a un letrero de cartulina, donde se anuncian los equipos y los premios. La lista incluye a Invin, Compucintas, Asaderos Reina del Cisne y Car-Service. Pero los nombres comerciales no llaman la atención como el nombre, más bien el apodo, del colocador, el líder del trío, que ha sido cuidadosamente resaltado para evitar confusiones.

Por Invin llegará “Pillao” (Carlos Valencia) acompañado por “Gatillo” y “Mocache”; por Compucintas estará Emerson (uno de los pocos que no tiene apodo pero casi nadie sabe su apellido, Niola) junto con “Negro Celi” y “Miguelito”; por Asaderos Reina del Cisne se anuncia a “La Reina” (Cristian Valero), flanqueado por “Chulla Bola” y “Mono Gil”; y por Car-Service vienen el “Zurdo Misil” en compañía de “Frank” y Carlos Toro.

Todo es cuestión de palabra, aquí no hay contratos ni empresarios ni federaciones. Un cuadrangular tiene éxito según la confianza de los jugadores y del público en el organizador, quien pone en juego lo que los sociólogos llamarían su “capital simbólico”, es decir, su imagen y su reputación. Aunque no hay documentos formales, todos los compromisos se guardan en la memoria de los jugadores, que van de cancha en cancha por todo el país, cumplen acuerdos verbales, aceptan desafíos y conceden revanchas, sin que nada los obligue, excepto la confianza que unos depositan en otros.

El trío ganador se llevará 800 dólares; el segundo ganará 600; el tercero 400 y el cuarto 200. Haciendo sumas y restas, cada integrante del mejor trío se embolsará no menos de 300 (incluida alguna recompensa de los apostadores) y los perdedores se consolarán con 60 cada uno. No está mal para un fin de semana.

“La Pepona” piensa financiar los 2000 dólares de los cuatro premios con la taquilla. Ha fijado la entrada en dos dólares por persona y necesita que entren al menos 1000 espectadores para cumplir su compromiso. Su ganancia dependerá de cuántos rebasen esa cifra. Para no correr demasiados riegos, pidió a empresas y negocios pequeños que ayuden a financiar los pasajes y estadía de algunos jugadores. Si no logra ganancias, al menos mantendrá en alto su reputación, y eso es lo importante.

Comienza a oscurecer y también a llegar los jugadores. Son una especie de cofradía unida por el deporte. Todos se conocen y todos se han enfrentado varias veces. Aunque tienen revanchas pendientes, los afectos salen a flote en medio de bromas y choques de mano con el pulgar arriba.

Ahí están, por orden de llegada, “Pillao”, un afroesmeraldeño de 1,93 m. y la fuerza de un tractor; después llega “La Reina”, un orense flaco y rubio, de 1.88 m., que no se despega de su blackberry donde mira los videos que sus seguidores han subido a youtube; el “Zurdo Misil”, con 1,85 m., flaco y fibroso, como vara de chonta, saluda discreta pero amablemente con todos; finalmente, Emerson, otro orense, que compensa su tamaño, relativamente bajo para un jugador de élite, con unas pantorrillas que funcionan como propulsores y lo elevan casi un metro en cada salto.

El primer partido será “Pillao” versus “La Reina”. Pese a que un duelo entre ganchadores puede resultar monótono, por el predominio de la fuerza, éste no lo es. Saben que la gente vino a ver espectáculo y se lo dan. Al final, es una cuestión de estado físico. La potencia de “Pillao” es superior a la resistencia de “La Reina” y el esmeraldeño gana sin objeción en dos sets.

En el segundo partido, el “Zurdo Misil” y Emerson protagonizan un duelo de antología. Intercambian ganchos y coloques, fuerza e inteligencia. El público delira ante tal demostración de agilidad física y mental. El partido se define en tres sets a favor de Emerson, gracias a una reserva de energía que guardó estratégicamente para el último tramo, como lo demuestra su camiseta empapada.

Son las doce de la noche y la cancha tarda en quedarse vacía. De rato en rato, algunos apostadores favorecidos se acercan a los ganadores y les extienden un billete de cinco dólares, como recompensa por su buena actuación. Sentado en una silla, junto a la salida, “La Pepona” mira todo serenamente y calcula cuánto le falta para cubrir los premios. A esas alturas ya sabe que su ganancia no será mucha, pero tampoco quedará endeudado. Está tranquilo y se premia a sí mismo con una cerveza fría.

Además de un evento deportivo, un cuadrangular de ecuavoley es un circuito de economía solidaria donde todos ganan algo. Los jugadores se hacen de un premio aunque pierdan; las pequeñas empresas que los auspician ganan clientes con la publicidad colocada en los uniformes; ganan los árbitros que ponen su tarifa según el nivel de los jugadores y el volumen de apuestas; ganan también los dueños de la cancha que se la alquilan al organizador; gana el público que, por una entrada de dos dólares, mira un espectáculo de alto nivel y pasa un fin de semana distendido.

La noche de la final, un olor a linimento inunda la cancha. La gente comienza a llegar en mayor número que la noche anterior. “La Pepona” celebra la entrada de cada aficionado como si fuera un hermano. Sabe que ahora se decide su ganancia y espera que su esfuerzo le deje algo.

Llega Emerson, imperturbable, con una bien ganada fama de luchador hasta el final. Ya sabe que el equipo rival tiene una estrategia para doblegarlo. En lugar de “Pillao” comenzará jugando Quintero, otro ganchador de 1,90 m. que tiene la misión de ablandarlo. En efecto, el primer set es una confrontación de dos estilos distintos. Mientras Quintero aterroriza con la fuerza de sus ganchos junto a la red, Emerson coloca la pelota con suavidad hacia el vacío. “Yo creo que este ha de ser pianista cuando no juega”, comenta un aficionado que aprecia el estilo artístico del jugador orense.

Al final, la estrategia funciona. Emerson gana el primer set, pero pierde el segundo contra “Pillao”, que ya ha reemplazado a Quintero. El tercer set se jugará entre un ganchador fresco y un colocador demasiado exigido. Los que gustan de la fuerza del ganchador lo celebran, como una proyección de sus propias carencias. Los que prefieren la inteligencia del colocador lamentan que haya tenido que lidiar contra dos monumentales rivales. El equipo liderado por “Pillao” se alza con la copa y los 800 dólares.

“La Pepona” hace el último balance, los números en la cabeza. “Parece que salí a tablas nomás mi hermano”, resume, entre aliviado y desencantado. “Por lo menos no le quedo mal a nadie, tú viste, todos tienen su premio”. La gente tarda en dejar la cancha. “La Pepona” se acerca a los jugadores y los invita a cenar arroz con langostinos que ha preparado su esposa.

“Todo bien…”, dice como sentencia final,” ya vendrá la revancha”. Y es cierto, porque en el mundo del ecuavoley todos tienen derecho a pedir y a que se les conceda una justa revancha…

Razón de algunos fetiches

Todos los deportes, y en esto el ecuavoley no es la excepción, tienen su propio universo simbólico. Hay objetos y costumbres que funcionan especialmente en un ámbito deportivo más que en otro y son lo más parecido a un adorado fetiche. Podemos mencionar tres muy ligados a este deporte: las zapatillas, la pelota y los apodos. Aquí su razón y vigencia:

Zapatillas Venus

No hay una regla escrita, pero la mayoría de ecuavolistas juegan con zapatillas marca Venus, especialmente cuando la cancha es de tierra, porque permiten desplazarse con mayor facilidad. No ocurre lo mismo cuando la cancha es de cemento o de parquet como en los coliseos. En ese caso, las Venus no funcionan y hay que buscar zapatillas con gomas gruesas y de mayor firmeza. Desde que las Venus se pusieron de moda entre los jóvenes de toda condición social, los jugadores lo lamentan, pues se elevó su precio de cuatro dólares a diez.

Pelota Mikasa

Un aspecto llamativo del ecuavoley es que se juega con la pelota número cinco de fútbol, debido a su peso, tamaño y dureza ideales. La pelota de fútbol reemplazó a las antiguas de bleris de la prehistoria deportiva, pero las últimas innovaciones mundialistas no son del gusto de los jugadores de ecuavoley, que se quedaron con la clásica número cinco de la marca Mikasa, que consta incluso como pelota oficial en varios torneos nacionales.

Los apodos

Los apodos son como las máscaras, sirven para ocultar pero también para revelar. Hay apodos de lo más comunes: “Chivo”, “Látigo”, “Cadáver”…; también los hay con cierta alcurnia deportiva:” Lapentti”, “Beckenbauer”, “Platiní” …; algunos celebran las ventajas físicas: “Misil”, “Kfir”, “Tanque”…; otros son artísticos: “Dicaprio”, “Chuck Norris”, “Pavarotti”…

Continúa...

jueves, 9 de febrero de 2012

ECUAVOLEY: PARTE I

ECUAVOLEY: MEMORIA Y VIGENCIA DE UN JUEGO DE ASTUCIAS

Por Gustavo Abad



LOS ORÍGENES: UN ENFOQUE HISTÓRICO Y CULTURAL


Una singular complicidad

La pelota sube justo hasta la cuerda superior de la red y, por fracciones de segundo, queda suspendida en el aire. La respiración de trescientos espectadores tam-bién se detiene, la mirada fija en la pelota, nadie puede intuir el desenlace. Entonces… ¡tac!... El colocador la toca suavemente, con los dedos extendidos. Tan imperceptible es el movimiento de su muñeca, que nadie adivina su intención sino hasta que la pelota toca el piso al otro lado de la red. Los jugadores rivales se paran en seco y sus movimientos abortan antes de consumarse. Sorprendidos y avergonzados, solo atinan a mirarse las caras. El colocador, complacido por su habilidad, saluda en tono burlesco… “¡buenas tardes, señores!”...

El público suelta un griterío que libera todo el aire contenido. Unos aplauden, otros rechiflan, algunos se toman la cabeza simulando vergüenza ajena. “Los tres chiflados…”, comenta uno desde las gradas para recalcar la comicidad de la maniobra, que consiste en colocar la pelota en un punto equidistante entre los tres jugadores rivales, de modo que sus movimientos se neutralicen. Se la aplica por arrogancia, para disminuir sicológicamente al adversario, o por desesperación, para salvar una pelota mal servida. De cualquier manera, es sólo una de tantas expresiones lúdicas que ofrece el ecuavoley, el más popular de los deportes inventados en el Ecuador.

El ecuavoley permite una complicidad total entre jugadores y espectadores. Los primeros no cobran por jugar y los segundos no pagan por mirar; los jugadores se exponen voluntariamente a la ovación, pero también a la burla; los espectadores ejercen a placer el halago o la crítica. Y nadie se enoja por ello. Los primeros corren, saltan, se esfuerzan hasta el agotamiento; los segundos apuestan, comentan y se divierten a sus anchas. Los que juegan no pueden abandonar la cancha en cualquier momento porque sería un irrespeto al contendor; los que miran, en cambio, se levantan y se van cuando les place. En este deporte, jugadores y espectadores forman una dualidad inquebrantable, porque unos necesitan de otros para que haya juego.

Aunque no hay un solo modo de ser ecuatoriano, sino muchos y diversos, el ecuavoley es quizá el deporte que mejor refleja un modo de ser y estar en el mundo que podría llamarse ecuatoriano.

Cuerpos comunes con destrezas fuera de lo común

En su sentido elemental, el ecuavoley consiste en colocar una pelota (generalmente de cuero) en el campo contrario con la suficiente habilidad o fuerza para que toque el piso sin que pueda evitarlo el rival. Se juega entre dos equipos de tres jugadores (colocador, servidor y volador) y sólo se admite un máximo de tres toques por lado. En todos los casos, la pelota deberá pasar por sobre una red (generalmente de nylon) templada entre dos postes, por sobre la línea divisoria del campo.

No se permite patear, cabecear o tocar la pelota con otra parte del cuerpo que no sean las manos o los antebrazos. Se juega a tres sets pero, si un equipo gana los dos primeros, no es necesario jugar el tercero. Un set se gana con 15 o 12 puntos de acuerdo con la región y la costumbre. La máxima autoridad es el árbitro, quien dictamina si la pelota cayó dentro o fuera de la cancha así como la validez o no de las jugadas.

Se considera al ecuavoley una variante o adaptación del voleibol internacional pero, si nos detenemos en las características de uno y otro, podemos advertir grandes diferencias. Aunque comparten el mismo principio, sus elementos y proporciones son a la inversa.

El voleibol se juega entre equipos de seis jugadores, que generalmente sobrepasan el 1,80 m. de estatura; se usan una pelota de apenas 280 gramos y una red cuya banda superior no supera los 2,43 m. de altura. Predominan la fuerza, la estatura de los jugadores y los esquemas tácticos. El ecuavoley, en cambio, se juega entre equipos de tres jugadores, con estatura ecuatoriana promedio de 1,65 m. (excepto los ganchadores, que son un grupo selecto); se usan una pelota de 450 gramos y una red cuya cuerda superior alcanza los 2,85 m. de altura. Predominan la habilidad y la astucia para compensar las desventajas atléticas.

Al contrario del fútbol, el básquet, la natación y otros deportes cuyos practicantes exhiben una extraordinaria condición física, los cultores del ecuavoley hacen gala de una condición de lo más común. Ser bajito y barrigón no es impedimento para jugar bien; tampoco lo es tener un cuerpo flaco y desgarbado. La capacidad de ubicación, la rapidez de movimientos, la precisión en los coloques surgen de una sabiduría cultivada sólo con la práctica y con el contacto diario entre jugadores de todas las edades.

Los ecuavolistas, como les gusta denominarse, aprenden los fundamentos en la cancha, observando a los experimentados, pues no existen escuelas ni instructores que hayan sistematizado una pedagogía para este deporte. Los conocimientos se pasan de generación en generación, como parte de una memoria colectiva, de unos saberes intuitivos, que sólo se hacen visibles en el juego.

La manera de parar un gancho, por ejemplo, es algo que no se explica, se sabe. La ocasión para cambiar de puestos no está escrita, se intuye simplemente. El ecuavoley se practica entre personas comunes, con cuerpos comunes, pero dotados con destrezas fuera de lo común.

Un origen ligado a los cuarteles

Muchas veces, las cosas no son como ocurrieron sino como las recordamos o como las imaginamos. Ese parece ser el caso del ecuavoley, cuya génesis resulta esquiva incluso para quienes han investigado los juegos en la cultura popular. No hay un dato preciso, pero la mayoría de relatos coincide en que debió nacer en un cuartel militar, policial o de bomberos. La hipótesis más generalizada asocia su nacimiento con la necesidad de matar esas largas horas de aburrimiento que acechan a todo grupo masculino, uniformado y disciplinado, cuyos miembros tienen que canalizar físicamente su energía para no volverse locos en sus literas.

Desde la altura de sus 86 años y su amplia bibliografía sobre historia y cultura popular, el antropólogo Alfredo Costales mira con admiración el desarrollo de este deporte. El ecuavoley, según este investigador chimboracense, pertenece a una extensa familia de juegos populares, como los trompos, los cabes, la pelota nacional, la perinola, los cocos, la bomba, el boliche y otros. El rasgo que los une, dice Costales, es que nacen de la imaginación popular y cumplen la función de “una ventana abierta para el alma de la gente desocupada”.

A diferencia de muchos juegos populares de raigambre indígena, el ecuavoley proviene más del ámbito mestizo, urbano y de bien entrado el siglo XX. Costales también se inclina por la tesis de que surgió como un remedio contra el aburrimiento en los cuarteles.

En el documento “Ecuavoley, deporte ecuatoriano por tradición” constan imágenes provenientes del Archivo Histórico del Banco Central. En una foto, que data de 1930, en algún lugar de Loja, se puede ver a varias personas vestidas de blanco, algunas con pantalones cortos, jugando con una pelota y una red. Entre los espectadores se distinguen hombres de traje y sombrero, algunas damas de faldas largas, y no pocos uniformados, que bien podrían ser militares o policías.

Aunque son datos escuetos, esas imágenes más la tradición de buenos jugadores lojanos, sugieren que esa provincia fue uno de los primeros escenarios de este deporte en el país. Hay otras fotos que también apuntan a la zona austral: niños y niñas junto a una red y una pelota en una escuela (Loja, 1935); un grupo de militares junto a una cancha (Loja, 1935); un partido en el Parque del Ejército de Cuenca y, como espectadores, militares con sable al costado (Cuenca, 1930), entre otras.

Una revisión de esas fotos viejas sugiere también que, entre los eventos antiguos más documentados en imágenes están las Primeras Olimpíadas Militares realizadas en Quito, en el Batallón Vencedores (1949), lo cual refuerza la teoría de su origen cuartelero. No en vano, en una foto que testimonia el Primer Campeonato de Ecuavoley del Celegio Nacional Mejía, aparece un militar presidiendo un equipo (1949)

¿Por qué este deporte logró anidar más que otros en el gusto de la gente? Alfredo Costales lo atribuye a su sencillez, no solo en el sentido del juego, sino en que todos sus implementos se encuentran al alcance de la mano. En todo lugar del mundo hay un rectángulo plano, un par de postes, una cuerda y una pelota, aunque sea de trapo. Lo único que se necesita son las ganas y tres personas por lado, aunque en casos extremos también puede jugarse uno contra uno. Es un deporte a escala humana, porque no necesita de gran infraestructura, como ocurre con otros.

Otro aspecto a su favor, dice Costales, ha sido su sentido incluyente, superior a otros deportes ecuatorianos. La pelota nacional, por ejemplo, dejaba fuera a niños y adolescentes, quienes no tenían la fuerza de brazo suficiente para manejar una tabla tan pesada, que además era costosa y requería invertir ciertos ahorros. En cambio el ecuavoley no exigía ni gran fuerza ni dinero. Por eso todos volvieron sus ojos a este juego, que por mucho tiempo se jugó con pelota de bleris , antes de adoptar la actual número cinco, expropiada al fútbol por su peso, tamaño y dureza ideales.

Continúa...

martes, 24 de enero de 2012

Euforia libertaria y cibercultura

Por Gustavo Abad

Pocas veces se ha visto tanta unanimidad en internet como en el rechazo a la ley SOPA (Stop Online Piracy Act) que está por estos días congelada en el Congreso de Estado Unidos. Pocas veces también, el ciberactivismo se ha desplegado con tanta claridad en defensa de sí mismo. Eso siempre es bueno, porque significa que esa compleja dimensión del espacio público va ganando en contenido y espesor históricos.

Pasada esa manifestación mundial en defensa del libre acceso a los productos culturales en la red, varias cosas parecen quedar más claras que antes. Por ejemplo, no se puede restaurar el quebrantado sistema de retribución económica de los creadores intelectuales y culturales obstruyendo la estructura técnica de circulación. Menos todavía, si la supuesta preocupación por los derechos de autor solo es un pretexto con miras a crear un sustento legal para intervenir los circuitos de cooperación social que tienen lugar en internet.

Recordemos que la red se origina precisamente en las idea de flujo y cooperación, por lo que cualquier ley para cortar sus circuitos es, además de un despropósito legal, un contrasentido cultural. En un sistema donde el acceso a los productos simbólicos en formato físico está restringido por su valor comercial, el acceso informal a ellos en formato electrónico es un reflejo de defensa. En otras palabras, un reclamo tangible y práctico de los derechos culturales.

Entonces, pasada la primera euforia libertaria, hay que seguir pensando en la dimensión cultural de todo esto, como ejercicio crítico, no solo para aprovecharla mejor, sino también para no comprarnos el combo completo de internet igual a información, igual a transparencia, igual a participación, igual a democracia… La cosa no es tan simple ni tan lineal.

Quiero decir, el tema no se agota en la desatinada ley gringa, sino que se expande y se vuelve más complejo en aquello que se conoce como cibercultura, esa suerte de hervidero social que se genera en la red y que tiene todos los usos imaginables, desde compartir el código fuente para mejorar colectivamente un programa informático, hasta subir al Facebook la foto del primo hermano de algún pariente lejano…

En la cibercultura es muy difícil encontrar criterios de clasificación racional y permanentes de sus prácticas y contenidos. Lo que sí existe es una serie de usos sociales, que bien podríamos llamar conductas tecnoculturales, que están ahí y se desarrollan cada vez más independientemente de nuestra valoración positiva o negativa.

Por eso, más allá del ciberactivismo planetario, vale echar una mirada de reconocimiento hacia qué es lo que defendemos cuando defendemos la libre circulación de información en la red, dibujar una cartografía a grandes rasgos de aquello que hacemos todos los días gracias a que tenemos una herramienta que nos lo permite.

Las conductas tecnoculturales se expresan, por ejemplo, en los apropiamientos de productos simbólicos, que van desde bajar música, perfeccionar programas en software libre, hasta hacer las tareas escolares con la ayuda de Wikipedia…

También está el activismo político y cultural, que puede tener la forma de comunidades virtuales para el debate y la intervención en la vida pública; campañas sociales vía facebook y twitter, hasta la guerrilla cibernética de Anonymus…

Hay otras, como el desarrollo intuitivo de lenguajes por gente que hace música electrónica con o sin conocimientos de teoría musical; algunos que montan radios o canales de noticias muchas veces sin orientación periodística; artistas visuales que crean incluso sin formación en teoría de la imagen y, así, miles de ejemplos…

Entonces, además de la proclama de la libertad de expresión, la tarea también está en desarrollar ideas críticas respecto de esa dimensión de la cultura que ha desplazado del centro de sus valores al diálogo cultural entre diversos mediante códigos que nos acerquen y lo ha reemplazado por el valor idealizado de la comunicación.

A estas alturas no es noticia que internet ha propiciado una cultura donde lo importante ya no son los contenidos sino la divulgación. Una cultura de la comunicación por la comunicación y de la difusión por la difusión, que favorece un estado continuo de atención dispersa difícil de asimilar.

Sin embargo, también sería un contrasentido no defender esa rica -por colorida y caótica- dimensión de la cultura que tiene lugar en internet, antes que una ley que permita a un juez ordenar el cierre de nuestro poco visitado blog ante la denuncia de haber pirateado la foto del primo hermano de algún pariente lejano…

martes, 29 de noviembre de 2011

Apuntes sobre el “nuevorriquismo”

Por Gustavo Abad

El filósofo Walter Benjamin decía que los seres humanos no hablamos mediante el lenguaje, sino que somos en el lenguaje. El ser y el lenguaje forman una misma unidad espiritual, apuntaba el pensador judío alemán para recalcar el valor de las palabras en la historia y en la cultura.

Los gobernantes son los sujetos del poder por excelencia y el poder se ejerce, tradicionalmente, por coacción o persuasión. En otras palabras, los gobernantes procuran el dominio político, pero también el consentimiento cultural. Ahí es donde entra el lenguaje, como vehículo del poder.

“Yo puedo decidir a quién enjuicio o no, y no me da la gana de enjuiciar al ingeniero Fabricio Correa…”, dijo ayer el presidente de la República, Rafael Correa, luego de ofrecer su testimonio en el juicio por supuesto daño moral, que sigue contra los autores del libro “El Gran Hermano”. Como se sabe, el libro es una investigación periodística que revela los negocios de su hermano, Fabricio, con el Estado.

No importa quién haya hecho la pregunta, ni para qué medio trabaje, la respuesta del primer mandatario solo produce asociaciones negativas, nefastas para ser más claros. Si no, recordemos el célebre “pacto de la regalada gana…” entre roldosistas y socialcristianos en la época de la llamada “partidocracia”, que viene a mi memoria como un eco de la prepotencia de aquella clase política embriagada de poder.

Por ello, la respuesta de Correa es inaceptable más allá de las circunstancias que rodean este juicio puntual. Las palabras son la envoltura lingüística con que se proyecta la psiquis. Y la psiquis de una persona que hace o deja de hacer las cosas porque le da o no le da la gana es algo que produce desconfianza. Y miedo, cuando se trata de un gobernante.

“Con mi plata yo hago lo que me da la gana…”, suelen decir los que están seguros de tenerla en demasía y no saben qué hacer con tanta riqueza. Esa incontinencia emocional por demostrar su capacidad acumulativa es lo que caracteriza a los llamados “nuevos ricos” y por eso derrochan a placer.

Cuando Mónica Chuji definió como nuevo rico a un publicista investido de autoridad, a mi modo de entender, no solo se refería al tema económico, sino también a la tendencia de muchos funcionarios de este gobierno a manejar su parcela de poder como les da la gana. Mejor dicho, no saben qué hacer con él y por eso lo dilapidan en juicios y amenazas.

Parafraseando al escritor español Alex Grijelmo, parece que el genio del idioma ha puesto a nuestro alcance una nueva categoría sociocultural, el “nuevorriquismo”, que podríamos definir como una predisposición de alguien a dilapidar un capital adquirido de golpe, sin mayor consciencia de ello, sin que medie, entre sus impulsos y sus actos, un proceso de reflexión.

“En mi medio yo publico lo que me da la gana y, si no le gusta, cambie de canal o no lea el periódico…” dicen también los que ejercen el “nuevorriquismo” mediático, privado o estatal. Y así, entramos cada vez más en una dimensión emocional y ofuscada del ejercicio del poder mediante el lenguaje. Qué maestro era Benjamin.

Ya sabemos que el concepto de capital no es solo económico. También existe el capital político, el social, el cultural y otros. Aquí, lo que asusta no es tanto la soberbia del nuevo rico económico, que hace con su plata lo que le da la gana. También asusta la violencia del nuevo rico mediático, que informa según sus vísceras, ya sea al servicio del gobierno o de las empresas de medios. Y la lista de esos nuevos ricos se vuelve muy larga…

Sin embargo, lo que asusta realmente es el posible surgimiento de un “nuevorriquismo” político, cuyos exponentes enjuician o dejan de enjuiciar, perdonan o dejan de perdonar, según la escala del poder que ocupan. Pero, sobre todo, que dilapidan su capital político según les dicta su real gana.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El club de la pelea...


Amigas y amigos, el silencio en que ha permanecido mi querido blog en las últimas semanas se debe a que he estado ocupado en la edición de un libro que espero sea de su interés y su agrado. El título lo tomo prestado de un reportaje que publiqué hace poco más de un año y que, a la vez, remite a una metáfora cinematográfica muy conocida, en fin…

Este libro se compone de cuatro textos escritos entre 2005 y 2010 como parte de mi trabajo de periodista e investigador de la comunicación. Cada uno responde a una coyuntura específica pero, en su conjunto, ofrecen un registro sistemático de las complejas relaciones entre comunicación y política en el Ecuador, expresadas principalmente en la confrontación entre medios y gobierno durante estos años.

La idea de juntarlos en un solo volumen obedece a la necesidad de señalar un punto de partida, describir una trayectoria, concentrar una memoria y, sobre todo, ofrecer un mapa orientador del recorrido y las transformaciones experimentadas por los dos principales actores de este conflicto: el poder político y el poder mediático.

De manera que el conjunto de ensayos recogidos aquí dan cuenta de unos hechos, unos discursos y unos actores políticos y sociales que han tenido tiempo de evolucionar en estos años. Y en ese proceso, algunos se reafirman y otros se niegan a sí mismos. El Lucio Gutiérrez que huyó en helicóptero de la ira popular no se parece al personaje que ahora intenta aglutinar a la oposición; el Paco Velasco que abdicó del espejismo de la objetividad y ofreció los micrófonos de su radio para que se expresara la diversidad cultural no se parece al asambleísta que hace esfuerzos ahora por mantenerse en la gracia del poder; el Rafael Correa que capitalizó la ola de indignación moral para llegar al poder con un discurso esperanzador no se parece al mandatario intolerante que clausura el diálogo y anula la crítica como recursos del pensamiento; los medios tradicionalmente alineados con el discurso del orden y la estabilidad no se parecen a los medios que ahora se vuelcan al activismo político, y se muestran complacientes con actos desestabilizadores como el intento de golpe de Estado del 30 de septiembre de 2010; el diario El Telégrafo, que propuso narrativas frescas y enfoques distintos en sus inicios como medio público, no es el mismo que ahora se muestra obsecuente con el poder político…

El resto se los cuento en el libro, que está disponible en CIESPAL

Diego de Almagro N32-133 y Andrade Marín
www.ciespal.net; comunicacion@ciespal.net
593-2-2548011

Un abrazo
Gustavo

domingo, 24 de julio de 2011

La sentencia

Por Gustavo Abad

La desmesura es esa dimensión de la realidad que supera nuestras capacidades y nos lleva a perder los marcos de referencia que hacen posible la convivencia social. La desmesura es el concepto que mejor aplica a la sentencia contra tres directivos y un ex articulista de diario El Universo en el juicio por supuestas injurias calumniosas que lleva contra ellos el presidente de la República, Rafael Correa. Tres años de cárcel para los demandados más 40 millones de dólares a favor del demandante resultan, desde todo punto de vista, desmesurados. El efecto, además de la pérdida de la libertad de cuatro personas, podría ser la quiebra de esa empresa periodística.

¿Por qué se ha llegado a este estado de cosas? En este caso puntual hay una cadena de hechos que se inscriben en la mencionada línea de lo desmesurado. El artículo “No a las mentiras” de Emilio Palacio, motivo de la demanda, es un monumento a la falta de rigor periodístico; las penas de cárcel y el monto de la indemnización exigidas por Correa sobrepasan lo humanamente razonable; la rapidez con la que el juez Juan Paredes dictó sentencia excede la frontera de lo absurdo, solo para hablar de los hechos más relevantes en este caso. Sin embargo, recordemos que esta sentencia no es aislada, sino que existe una historia y un contexto previos, que explican en gran parte las razones de tamaña locura.

Propongo una reflexión sobre tres aspectos claves: 1. El modelo dramático del conflicto; 2. La conducta periodística dominante; y 3. El ejercicio mezquino del poder en todo este tiempo.

1. El modelo dramático

Lo primero que hay que considerar es que la sentencia contra El Universo representa solo el pico más alto de la confrontación entre los poderes político y mediático en el Ecuador. Es el resultado de cuatro años de golpes bajos que han intercambiado estos dos actores bajo la falsa premisa de que la sobrevivencia del uno depende de la anulación del otro. Si dejamos por un momento en suspenso los aspectos jurídico-políticos de este tema, y lo miramos desde los fundamentos de la dramaturgia, tenemos a dos actores melodramáticos, porque cada uno se declara víctima del otro y, desde esa posición, pretenden enseñarle al mundo lo que es correcto y deseable.

En el melodrama clásico, la fuerza que mueve a los personajes es moral. Toda acción se justifica en nombre de un gran ideal ya sea individual o colectivo. En este caso, el ideal de la “libertad de expresión” de los medios se confronta con el de la “honra del presidente”, como si fueran principios inapelables. Así, tanto la fórmula que opone “gobierno autoritario” contra “medios defensores de la libertad”, como la que opone “gobierno democrático” contra “medios corruptos” han llevado el conflicto a un estado de cosas fuera de la medida. ¿Dónde está el equilibrio entre la legítima demanda de restitución de los derechos de una persona ofendida y una sentencia de tres años de cárcel y 40 millones de indemnización? El tremendismo es otra cara de la desmesura.

Cuando los personajes de un drama creen que actúan movidos por los más altos ideales, no pueden mostrar debilidad. Entonces el conflicto se prolonga hasta el infinito, porque una de las características del melodrama es la imposibilidad de encontrar salida. Se consume en sí mismo y se ahoga en su propia violencia, en este caso, verbal de parte y parte hasta que uno logre la eliminación del otro. Lo grave es que ambos actores pretenden que el resto de la sociedad saque de ellos lecciones para vivir.

2. La conducta periodística

En segundo lugar, no olvidemos que durante todos estos años el discurso mediático, penosamente, ha estado acaparado por sus figuras más sobredimensionadas –Carlos Vera, Jorge Ortiz, Emilio Palacio y otros- que han aportado más rabia y ofuscamiento que serenidad y reflexión. Por eso, cuando el conflicto no logra una salida, aparece la figura del “mártir”, convencido de que su sacrificio salvará a los demás. Muchos periodistas han querido jugar ese rol mediante la estrategia de hacerse despedazar en público por el representante del poder político. El objetivo, lograr contra éste una sanción moral y alcanzar para ellos el sitial de restauradores de la democracia.

En gran medida, lo ocurrido con El Universo obedece a las aspiraciones de su ahora ex editor de opinión de alcanzar el altar de los periodistas inmolados. En varias ocasiones, Palacio ha ido en busca de ese papel, pero ni ha logrado la sanción moral contra el poder ni se ha convertido en salvador de su gremio ni ha restaurado la credibilidad de los medios. Sí ha logrado, en cambio, involucrar en su bronca personal a todo El Universo y poner en riesgo la sobrevivencia de un diario que, no por conservador y sacerdotal, deja de ser una institución histórica del periodismo ecuatoriano.

3. El ejercicio del poder

En tercer lugar, hay que considerar lo que todo esto significa como síntoma político, social y cultural. Si el proyecto oficialista de reformar el sistema de justicia fue considerado una estrategia para controlar a los jueces, ahora ya no queda duda de cuál será la conducta de los jueces designados por la comisión encargada de esa reforma. Un escenario de medios cerrados y periodistas presos está a las puertas. No es del todo cierto que esto provocará censura y autocensura en los medios, pues éstos no pueden quejarse de lo que han practicado toda la vida con sus periodistas. La diferencia es que ahora hay más motivos para pensar que los trabajadores de prensa tendrán que vérselas no solo con la censura de sus jefes sino también con la persecución judicial.

Queda claro que el proyecto de Correa nunca fue la lucha política por la transformación del campo mediático y el mejoramiento del periodismo en este país. Lo suyo es exhibir la cabeza del enemigo para escarmiento de los demás como ya lo ha intentado antes. La rigurosidad periodística y la habilidad discursiva de los autores de “El Gran Hermano” los ha salvado, hasta ahora, de ese objetivo. Pero la deplorable calidad intelectual del artículo de Palacio le ofreció a Correa una oportunidad inmejorable. Uno de los efectos de todo esto es que el proyecto de Ley de Comunicación y la creación de un Consejo de Regulación quedan ahora seriamente lesionados en su legitimidad política.

Al final, y esto también es lamentable, la sentencia contra El Universo es un golpe bajo del poder político contra los medios. Pero solo hasta que el poder mediático se lo devuelva. Correa exhibe su poder de manera impúdica, pero al frente no tiene precisamente a un contendor indefenso y confiable.

lunes, 20 de junio de 2011

Responsabilidad social en lugar de ulterior

Por Gustavo Abad
En agosto del año pasado, en este mismo espacio abrimos un debate acerca de la manera poco responsable con que algunos medios usan las imágenes de las víctimas de la violencia. El tema surgió a partir de las fotos del sobreviviente ecuatoriano de la matanza de Tamaulipas. En ese entonces, algunos medios mostraron incluso imágenes y otros datos de los familiares y de la comunidad del afectado.

Casi un año después, el escenario pos-consulta nos pone de nuevo ante el debate de la Ley de Comunicación y, dentro de ella, la conformación de un Consejo de Regulación de la actividad informativa. Se plantea que ese consejo podrá establecer criterios de “responsabilidad ulterior” de los medios y periodistas. Aquí surge un límite conceptual, pues el adjetivo ulterior restringe el concepto responsabilidad a los efectos posteriores de los mensajes informativos y no toma en cuenta los procesos de producción.

Coincidentemente, los medios también retoman el caso Tamaulipas. Esta vez para denunciar que el gobierno ha retirado el apoyo al sobreviviente y a su familia pese a estar dentro del Programa de Protección de Testigos de la Fiscalía. Teleamazonas, por ejemplo, transmitió hace dos semanas una entrevista de 15 minutos vía Skype con el afectado, en la que nadie se preocupó de difuminar el rostro, modificar la voz, ni ensayar alguna otra precaución para proteger la identidad del testigo clave.

De todos modos, este es solo uno de los ejemplos más visibles de lo que ocurre cuando los medios informan sin observar criterios éticos. En general, las noticias sobre las víctimas de la violencia en los medios transgreden los derechos de las personas al menos de tres maneras: espectacularización, indefensión y revictimización, como lo explico a continuación.

La espectacularización se produce cuando los medios ofrecen datos e imágenes que explotan el dolor ajeno como un espectáculo (cuerpos heridos, gritos, lágrimas y otras expresiones de sufrimiento…) En este caso, varios medios mostraron nuevamente las imágenes de los cadáveres amontonados así como el rostro herido del compatriota migrante.

La indefensión, en cambio, es el estado en el que los medios dejan a las personas cuando publican datos e imágenes que ponen en riesgo sus vidas o las de sus familiares (nombres, retratos, lugares, actividades, procedencias…) Mostrar durante 15 minutos el rostro del afectado, lo deja en situación de ser fácilmente reconocido por cualquier traficante de personas dispuesto a borrar las pruebas de su ilícito.

La revictimización consiste en reproducir situaciones dolorosas que hacen daño físico y sicológico a los afectados (recuento de hechos, descripciones, dramatizaciones…) Nuevamente el sobreviviente tiene que relatar detalles de su situación: su frustración, sus carencias, su abandono…

Todo esto es posible advertir y evitar antes de la emisión de las noticias. Sin embargo, en muchos casos, la escasa formación de los periodistas les impide entender los efectos sociales de su trabajo. En otros, los entienden pero no les importa. En ese panorama ¿Cuál es la utilidad del concepto responsabilidad ulterior si el daño ya está hecho? ¿Acaso no es más importante legislar para cambiar las prácticas periodísticas en lugar de hacerlo para penalizar las faltas?

Entonces se hace necesario situar el debate en torno al concepto más amplio de responsabilidad social de los medios y periodistas. Este concepto, que prácticamente ha desaparecido de las salas de redacción, se refiere a la obligación de pensar y prever las consecuencias sociales y políticas de la información; los efectos culturales del lenguaje periodístico; las emociones derivadas del modo de nombrar las cosas; las relaciones de poder afianzadas según los enfoques informativos, entre otras cosas.

La responsabilidad social no puede quedarse en el nivel declarativo. La futura Ley de Comunicación debería enfocarse también en la necesidad de contar con una instancia formal, con capacidad de plantear los estándares básicos de la responsabilidad social, pero también con capacidad para asumir, por denuncia o de oficio, la defensa de personas afectadas en sus derechos cuando los medios no observan criterios de responsabilidad social.

Esa instancia podría ser la Defensoría del Público, que consta en los proyectos iniciales, pero que no ha sido impulsada con la suficiente fuerza en los debates posteriores. Una instancia capaz de construir una carta de navegación con los conceptos fundamentales de responsabilidad social y dimensionar en términos legales los efectos de las malas prácticas periodísticas en la vida de la gente.