Por Gustavo Abad
Oscar es un taxista de Buenos Aires que se gana la vida conduciendo un carro que no es suyo y por lo cual apenas gana lo necesario para no matar de hambre a su familia, aunque a veces está a punto de hacerlo. Pero, además del sentido de sobrevivencia, a Oscar lo mueve también el de rebelión contra algo que pasa como natural para la mayoría de la gente, la ocupación asfixiante de la ciudad por la publicidad comercial mediante vallas que saturan el espacio público y los sentidos de los transeúntes.En el excelente documental que lleva el nombre de su protagonista, se ve a Oscar acometer sobre las gigantescas vallas para adornar con barbas de talibán los delicados rostros de las modelos de maquillaje, o reventar globos llenos de pintura roja sobre los afiches de las figuras del espectáculo, o convertir los celulares en máscaras antigás debido la paranoia antiterrorista. En sus memorables intervenciones sobre los íconos publicitarios, a Oscar no le tiembla el pulso a la hora de dibujar una prolongación fálica en los carteles de algunos productos o de algunos políticos.Oscar ejerce lo que los estudiosos llaman “resignificación” de los mensajes, y que en la calle llamaríamos “dale con la misma”, que no es otra cosa que apropiarse de los símbolos impuestos por cualquier poder o pensamiento dominante, y cambiarles el sentido por otros más acordes con la propia realidad y con las propias experiencias de la gente. “No al aborto”, le hace decir Oscar a una mujer que sostiene con una mano una metralleta y con otra una bandeja llena de perritos dálmatas. “La ciudad es un campo de batalla visual”, dice el taxista mientras regresa a casa sin un peso en el bolsillo pero feliz por haber pintado cuatro afiches.La ciudad es un terreno en disputa entre lo público y lo privado, diría yo para completar la idea y volver los ojos a nuestro medio, a propósito de las tensiones entre la Policía Nacional y las empresas de seguridad privada debido a los operativos de control iniciados por la primera para controlar que las segundas no se desborden en unas ciudades como Quito y Guayaquil donde lo privado no para de comerse a lo público. La ciudad es el escenario de confrontación entre fuerzas dominantes y conductas disidentes, como ocurre entre la fascista prohibición de besos en el Malecón guayaquileño y el desacato liberador de quienes lo siguen haciendo pese a las normas disciplinarias impuestas en un lugar público donde lucran empresas privadas.Volviendo a nuestro personaje, Oscar no se rebela sólo contra la privatización del espacio público, sino también contra la pasividad de la población frente a ello. Si el mercado es capaz de invadir nuestras calles para vendernos un modo de vida, nosotros también podemos apropiarnos de esos espacios con nuestros pensamientos, se puede resumir del activismo del taxista bonaerense. En la ciudad lo público y lo privado miden sus fuerzas, como a la entrada de los bancos, donde los guardias obligan al cliente a abrir su maleta, con lo cual le ponen el membrete de sospechoso y se lo terminan de sellar adentro cuando lo obligan a quitarse la gorra, las gafas y el celular, con el pretexto de la seguridad. Qué tal si comenzáramos a rebelarnos contra ese orden, a cambiarle su sentido, y los clientes también comenzáramos a pedir a los ejecutivos y a los dueños de los bancos que abran sus portafolios antes de confiarles nuestro dinero. Después de todo, el más grande atraco bancario en la historia del país no lo hicieron precisamente unos asaltantes con pasamontañas. Sería fantástico si uno de estos días el glamuroso Malecón guayaquileño se llenara de mil, dos mil, qué sé yo… diez mil parejas besándose apasionadamente.
El Telégrafo 17-08-2008
domingo, 17 de agosto de 2008
Los cazadores
Por Gustavo Abad
El cazador se despierta y concentra sus sentidos en examinar el ambiente. Quisiera quedarse inmóvil, contemplar el movimiento de las nubes y sentir el paso lento de las horas. Pero no puede, porque su vida depende de sus arrestos y su sentido de ubicación. Tiene que calcular la distancia, la dirección del viento, consultar el estado de sus armas y su propia fuerza. Pero lo más importante para él es descubrir cuánto antes la dirección de la manada y adelantarse a cualquier cambio de rumbo si no quiere regresar con las manos vacías o morir aplastado por la estampida.
El cazador primitivo y nómada no está más en la escena del mundo. No obstante, la sociedad contemporánea, saturada, sobreestimulada y censurada, irónicamente, por exceso de información, construye las condiciones para que la orientación de las personas dependa de su instinto y su habilidad para rastrear y olfatear la ruta de ese monstruo de mil cabezas llamado opinión pública, esa fuerza poderosa que lo mismo puede correr incontenible hacia un abismo como detenerse en seco y emprenderla en sentido contrario.
Ubicarse en el lugar preciso para, cuando llegue el momento, lanzarse en pos de la corriente dominante, como un reflejo de defensa, parece ser la idea del ciudadano promedio, convertido por efecto de los datos y los discursos fragmentados, en el cazador de nuestro tiempo. Sin territorio fijo ni ideas claras respecto de los múltiples debates públicos, un gran número de votantes en el próximo referéndum, resuelve su dilema mediante un arcaísmo: lo que digan y hagan los demás.
Me subo a un taxi en el norte de Quito y escucho que la radio retransmite un noticiero de televisión. El taxista nota mi interés y pregunta: “¿Y usted va por el Sí o por el No?”. Le respondo que por el Sí, que esta posibilidad no se puede desperdiciar, e inmediatamente le devuelvo la inquietud. “¿Y usted?”. El hombre me hace una seña para que escuche el noticiero. “Chuta, no sé qué mismo será bueno. Esperemos a ver qué dicen las noticias más adelante”. Como el cazador primitivo, el del volante no toma una decisión por sí mismo. Se la pasa olfateando el ambiente y la dirección de aquella masa informe, que se expande y se contrae, a la que los actores políticos y los medios de comunicación llaman opinión pública.
La opinión pública merece tanto respeto como abulia, porque contiene todas las verdades y todas las falsedades al mismo tiempo. Es una conveniente ficción que lo mismo puede servir para vigilar al poder como para controlar a la población. Por eso los políticos y los medios tratan de adjudicarle unas formas y unas dimensiones reales. Y lo hacen mediante encuestas, sondeos, mensajes, llamadas, y otros artificios, sobre temas que se supone forman parte de la sensibilidad del público.
Todos tratan de dominar al animal esquivo de la opinión pública y conducirlo a su propio redil con la ayuda de símbolos exaltados. El poder político le muestra su proyecto de cambio; el mediático su libertad de expresión; el religioso, su moralismo retrógrado; el económico, su libre mercado. Todos con su argumento y también con su trampa. Después, cada uno coloca sus propios rótulos en el camino. Con este porcentaje, siga adelante; con este otro, deténgase y piénselo dos veces; con este nuevo, hágase a un lado porque lo que usted piensa ya no importa…
El cazador de nuestro tiempo mira pasar el tropel y calcula. Sabe que cuando llegue el momento saltará sobre el carro ganador porque su experiencia le dice que no hay alegría más grande que la de sumarse a una multitud que ha hecho callar a otras, y así escapar de la pesadilla de quedarse solo, porque en el fondo esta nueva especie de cazadores le teme más a la soledad que al acierto o al error en masa.
El Telégrafo 10-08-2008
El cazador se despierta y concentra sus sentidos en examinar el ambiente. Quisiera quedarse inmóvil, contemplar el movimiento de las nubes y sentir el paso lento de las horas. Pero no puede, porque su vida depende de sus arrestos y su sentido de ubicación. Tiene que calcular la distancia, la dirección del viento, consultar el estado de sus armas y su propia fuerza. Pero lo más importante para él es descubrir cuánto antes la dirección de la manada y adelantarse a cualquier cambio de rumbo si no quiere regresar con las manos vacías o morir aplastado por la estampida.
El cazador primitivo y nómada no está más en la escena del mundo. No obstante, la sociedad contemporánea, saturada, sobreestimulada y censurada, irónicamente, por exceso de información, construye las condiciones para que la orientación de las personas dependa de su instinto y su habilidad para rastrear y olfatear la ruta de ese monstruo de mil cabezas llamado opinión pública, esa fuerza poderosa que lo mismo puede correr incontenible hacia un abismo como detenerse en seco y emprenderla en sentido contrario.
Ubicarse en el lugar preciso para, cuando llegue el momento, lanzarse en pos de la corriente dominante, como un reflejo de defensa, parece ser la idea del ciudadano promedio, convertido por efecto de los datos y los discursos fragmentados, en el cazador de nuestro tiempo. Sin territorio fijo ni ideas claras respecto de los múltiples debates públicos, un gran número de votantes en el próximo referéndum, resuelve su dilema mediante un arcaísmo: lo que digan y hagan los demás.
Me subo a un taxi en el norte de Quito y escucho que la radio retransmite un noticiero de televisión. El taxista nota mi interés y pregunta: “¿Y usted va por el Sí o por el No?”. Le respondo que por el Sí, que esta posibilidad no se puede desperdiciar, e inmediatamente le devuelvo la inquietud. “¿Y usted?”. El hombre me hace una seña para que escuche el noticiero. “Chuta, no sé qué mismo será bueno. Esperemos a ver qué dicen las noticias más adelante”. Como el cazador primitivo, el del volante no toma una decisión por sí mismo. Se la pasa olfateando el ambiente y la dirección de aquella masa informe, que se expande y se contrae, a la que los actores políticos y los medios de comunicación llaman opinión pública.
La opinión pública merece tanto respeto como abulia, porque contiene todas las verdades y todas las falsedades al mismo tiempo. Es una conveniente ficción que lo mismo puede servir para vigilar al poder como para controlar a la población. Por eso los políticos y los medios tratan de adjudicarle unas formas y unas dimensiones reales. Y lo hacen mediante encuestas, sondeos, mensajes, llamadas, y otros artificios, sobre temas que se supone forman parte de la sensibilidad del público.
Todos tratan de dominar al animal esquivo de la opinión pública y conducirlo a su propio redil con la ayuda de símbolos exaltados. El poder político le muestra su proyecto de cambio; el mediático su libertad de expresión; el religioso, su moralismo retrógrado; el económico, su libre mercado. Todos con su argumento y también con su trampa. Después, cada uno coloca sus propios rótulos en el camino. Con este porcentaje, siga adelante; con este otro, deténgase y piénselo dos veces; con este nuevo, hágase a un lado porque lo que usted piensa ya no importa…
El cazador de nuestro tiempo mira pasar el tropel y calcula. Sabe que cuando llegue el momento saltará sobre el carro ganador porque su experiencia le dice que no hay alegría más grande que la de sumarse a una multitud que ha hecho callar a otras, y así escapar de la pesadilla de quedarse solo, porque en el fondo esta nueva especie de cazadores le teme más a la soledad que al acierto o al error en masa.
El Telégrafo 10-08-2008
Catequesis y espejismos
Por Gustavo Abad
No tienen hijos pero sí un discurso de abanderados de la familia tradicional. No practican el sexo pero sí aleccionan a los demás cuándo es bueno y cuándo es malo hacerlo. Los jerarcas de la Iglesia Católica en el Ecuador afirman no tener preferencias políticas, pero usan el léxico político para cuestionar el proyecto de nueva Constitución, al que califican de “estatista”. Luego vuelven a su retórica eclesiástica y anuncian una “catequesis” para instruir a los devotos sobre las “incompatibilidades” entre lo redactado en Montecristi y la fe cristiana. Más claro que si se colocaran un NO fosforescente sobre las sotanas.Los prelados insisten en que el proyecto de nueva Constitución promueve el aborto y atenta contra la familia. La mayoría de los medios solo difunden esas afirmaciones sin preguntar ¿en qué parte promueve el aborto? o ¿contra qué tipo de familia atenta? Al parecer, para la cúpula religiosa y para algunos medios no existe otra familia que la de papá, mamá e hijos, en una casita con jardín y un perro junto al sofá.Si tanto se preocupan por la familia, ¿por qué no hacen catequesis contra la programación violenta de la televisión en horario infantil? o ¿por qué no defienden a las adolescentes expulsadas de los colegios cuando están embarazadas? o ¿qué hacen por las familias entre cuyos miembros existen enfermos de sida porque el fundamentalismo religioso prohíbe el uso de preservativos?No parecen haberse enterado de que las leyes son mejores cuando se crean de acuerdo con la evolución de las costumbres y se adaptan a ellas. Los homosexuales agredidos y hasta asesinados en una sociedad machista y homofóbica también tienen familia y no se ha visto a los príncipes de la iglesia iniciar una catequesis contra tanta intolerancia.Oficialmente la campaña por el voto positivo o negativo en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución comienza el 13 de agosto. Mientras tanto, se supone que los actores políticos y los medios de comunicación promoverán el conocimiento, la comprensión y el debate acerca de su contenido. Difícil confiar en ello cuando el poder político, el económico, y ahora el religioso, no pierden oportunidad de promocionar, directa o indirectamente, el voto en uno u otro sentido, y los medios solo actúan de manera reactiva, con lo cual parece que el resultado no se decidirá en el terreno del juego limpio electoral sino en un verdadero campo de batalla en permanente tensión entre lo público y lo privado, un territorio inestable al que los medios llaman de manera eufemística “opinión pública sobre temas sensibles”.La opinión pública no existe, decía Pierre Bourdieu, al referirse a aquello que los medios venden como tal y que no son más que efectos, como cuando los canales hacen encuestas con las que montan el espejismo de que un porcentaje de la población está a favor o en contra de algo, sin importar cómo obtuvieron la respuesta.Uno de los espejismos construidos por los medios en las últimas semanas es sugerir que toda la población católica votará en contra del proyecto de nueva Constitución solo porque los jerarcas la cuestionan. ¿Han consultado sobre el tema a los curas de base que trabajan con familias pobres o a los chicos y chicas que inician su vida sexual?Al leer los 444 artículos propuestos queda claro que la decisión pasa también por temas como el de las bases militares, la comunicación y la información, el trabajo y la seguridad social, los derechos de los consumidores, la justicia indígena, los recursos estratégicos, la organización territorial, la salud y el uso de drogas, y muchos más. No obstante, si revisamos los periódicos y los noticieros de los últimos días, parece que todo se redujera al aborto, la familia, y a lo que digan los voceros de la Iglesia, mezclado con el ruido de aquello que los medios llaman “opinión pública”.
El Telégrafo 03-08-2008
No tienen hijos pero sí un discurso de abanderados de la familia tradicional. No practican el sexo pero sí aleccionan a los demás cuándo es bueno y cuándo es malo hacerlo. Los jerarcas de la Iglesia Católica en el Ecuador afirman no tener preferencias políticas, pero usan el léxico político para cuestionar el proyecto de nueva Constitución, al que califican de “estatista”. Luego vuelven a su retórica eclesiástica y anuncian una “catequesis” para instruir a los devotos sobre las “incompatibilidades” entre lo redactado en Montecristi y la fe cristiana. Más claro que si se colocaran un NO fosforescente sobre las sotanas.Los prelados insisten en que el proyecto de nueva Constitución promueve el aborto y atenta contra la familia. La mayoría de los medios solo difunden esas afirmaciones sin preguntar ¿en qué parte promueve el aborto? o ¿contra qué tipo de familia atenta? Al parecer, para la cúpula religiosa y para algunos medios no existe otra familia que la de papá, mamá e hijos, en una casita con jardín y un perro junto al sofá.Si tanto se preocupan por la familia, ¿por qué no hacen catequesis contra la programación violenta de la televisión en horario infantil? o ¿por qué no defienden a las adolescentes expulsadas de los colegios cuando están embarazadas? o ¿qué hacen por las familias entre cuyos miembros existen enfermos de sida porque el fundamentalismo religioso prohíbe el uso de preservativos?No parecen haberse enterado de que las leyes son mejores cuando se crean de acuerdo con la evolución de las costumbres y se adaptan a ellas. Los homosexuales agredidos y hasta asesinados en una sociedad machista y homofóbica también tienen familia y no se ha visto a los príncipes de la iglesia iniciar una catequesis contra tanta intolerancia.Oficialmente la campaña por el voto positivo o negativo en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución comienza el 13 de agosto. Mientras tanto, se supone que los actores políticos y los medios de comunicación promoverán el conocimiento, la comprensión y el debate acerca de su contenido. Difícil confiar en ello cuando el poder político, el económico, y ahora el religioso, no pierden oportunidad de promocionar, directa o indirectamente, el voto en uno u otro sentido, y los medios solo actúan de manera reactiva, con lo cual parece que el resultado no se decidirá en el terreno del juego limpio electoral sino en un verdadero campo de batalla en permanente tensión entre lo público y lo privado, un territorio inestable al que los medios llaman de manera eufemística “opinión pública sobre temas sensibles”.La opinión pública no existe, decía Pierre Bourdieu, al referirse a aquello que los medios venden como tal y que no son más que efectos, como cuando los canales hacen encuestas con las que montan el espejismo de que un porcentaje de la población está a favor o en contra de algo, sin importar cómo obtuvieron la respuesta.Uno de los espejismos construidos por los medios en las últimas semanas es sugerir que toda la población católica votará en contra del proyecto de nueva Constitución solo porque los jerarcas la cuestionan. ¿Han consultado sobre el tema a los curas de base que trabajan con familias pobres o a los chicos y chicas que inician su vida sexual?Al leer los 444 artículos propuestos queda claro que la decisión pasa también por temas como el de las bases militares, la comunicación y la información, el trabajo y la seguridad social, los derechos de los consumidores, la justicia indígena, los recursos estratégicos, la organización territorial, la salud y el uso de drogas, y muchos más. No obstante, si revisamos los periódicos y los noticieros de los últimos días, parece que todo se redujera al aborto, la familia, y a lo que digan los voceros de la Iglesia, mezclado con el ruido de aquello que los medios llaman “opinión pública”.
El Telégrafo 03-08-2008
viernes, 8 de agosto de 2008
Vade retro
Por Gustavo Abad
Los medios de comunicación en el banquillo era algo que no se había visto en el Ecuador hasta hace pocos años, pese a las corrientes de pensamiento que venían impugnando desde mucho antes sus discursos y sus prácticas en todo el mundo.
La aparición en algunos diarios de espacios para el análisis y la reflexión acerca de este tema fue recibida con entusiasmo por un amplio sector que, de diversas maneras, entendía que el periodismo, al ser parte del discurso público, tenía que someterse también a la vigilancia y al debate públicos.
Con ello, algunos medios daban muestras de una cierta voluntad de autocrítica, legitimada por el hecho de que esos espacios estaban a cargo de periodistas profesionales y no de académicos, a quienes se mira con recelo tanto en las redacciones como en los estudios de televisión y otros ambientes mediáticos. Pero ya habrá otro momento para hablar de la desconfianza mutua entre periodistas y académicos.
Por ahora, lo que interesa es tomar nota de la suerte de esos espacios críticos que, poco a poco, han sido eliminados o reducidos a su mínima expresión Los testimonios de varios periodistas que vivieron ese proceso dicen que la censura –ese peligroso fantasma al que tanto aseguran temer los voceros de ciertos medios y que se lo endilgan solamente al poder político– en realidad se ejerce de manera persistente dentro de las mismas empresas mediáticas.
Es inevitable sospechar de este vade retro en contra de la autocrítica. El diario El Comercio, que fue pionero en la crítica, especialmente a los programas de televisión, hace rato no genera reflexión sobre los medios y solo dedica los domingos un comentario sobre periodismo internacional. El diario Hoy, que algún momento también tuvo periodistas dedicados a esa tarea, eliminó esos espacios y se quedó solo con la columna del Defensor del Lector, que recoge denuncias y las procesa. Hace poco renunció el periodista que estaba a cargo de la página de medios en El Universo e hizo públicas sus razones, entre las cuales, asegura haber sido objeto de censura y de no contar con las condiciones para ejercer su trabajo con libertad y respecto. Incluso la televisión, donde poco se reflexiona sobre lo que se hace, hizo alguna vez su aporte con un programa en Teleamazonas, donde se planteaban temas relacionados con las buenas o malas prácticas periodísticas. Eso también desapareció.
¿El pensamiento crítico sobre los medios se volvió demasiado incómodo a la hora de escoger entre libertad de expresión y libertad de mercado? ¿Mantener esos espacios impugnadores era ofrecer ventaja ante un poder político que ha sabido capitalizar a su favor el descontento popular respecto de partidos políticos y medios tradicionales? ¿Resulta peligroso tener voces disidentes en su interior justo ahora cuando lo más conveniente es acudir al espíritu de cuerpo?
Yo diría que en un campo con demasiados intereses cruzados como el mediático, el bajo perfil de la autocrítica obedece a todo lo anotado. Hay medios que exigen transparencia pero no la practican en su interior. Un ejemplo: hace pocos meses, un funcionario de una entidad cultural quiteña fue despedido por denunciar irregularidades por parte de los directivos, lo cual ameritó una intervención de las autoridades de control. Un diario cortó la publicación de una serie de reportajes sobre el tema y una revista se hizo de la vista gorda por ser auspiciante de esa entidad. La doble moral consiste en sostener públicamente una cosa y hacer en privado lo contrario.
El Telégrafo 27-07-08
Los medios de comunicación en el banquillo era algo que no se había visto en el Ecuador hasta hace pocos años, pese a las corrientes de pensamiento que venían impugnando desde mucho antes sus discursos y sus prácticas en todo el mundo.
La aparición en algunos diarios de espacios para el análisis y la reflexión acerca de este tema fue recibida con entusiasmo por un amplio sector que, de diversas maneras, entendía que el periodismo, al ser parte del discurso público, tenía que someterse también a la vigilancia y al debate públicos.
Con ello, algunos medios daban muestras de una cierta voluntad de autocrítica, legitimada por el hecho de que esos espacios estaban a cargo de periodistas profesionales y no de académicos, a quienes se mira con recelo tanto en las redacciones como en los estudios de televisión y otros ambientes mediáticos. Pero ya habrá otro momento para hablar de la desconfianza mutua entre periodistas y académicos.
Por ahora, lo que interesa es tomar nota de la suerte de esos espacios críticos que, poco a poco, han sido eliminados o reducidos a su mínima expresión Los testimonios de varios periodistas que vivieron ese proceso dicen que la censura –ese peligroso fantasma al que tanto aseguran temer los voceros de ciertos medios y que se lo endilgan solamente al poder político– en realidad se ejerce de manera persistente dentro de las mismas empresas mediáticas.
Es inevitable sospechar de este vade retro en contra de la autocrítica. El diario El Comercio, que fue pionero en la crítica, especialmente a los programas de televisión, hace rato no genera reflexión sobre los medios y solo dedica los domingos un comentario sobre periodismo internacional. El diario Hoy, que algún momento también tuvo periodistas dedicados a esa tarea, eliminó esos espacios y se quedó solo con la columna del Defensor del Lector, que recoge denuncias y las procesa. Hace poco renunció el periodista que estaba a cargo de la página de medios en El Universo e hizo públicas sus razones, entre las cuales, asegura haber sido objeto de censura y de no contar con las condiciones para ejercer su trabajo con libertad y respecto. Incluso la televisión, donde poco se reflexiona sobre lo que se hace, hizo alguna vez su aporte con un programa en Teleamazonas, donde se planteaban temas relacionados con las buenas o malas prácticas periodísticas. Eso también desapareció.
¿El pensamiento crítico sobre los medios se volvió demasiado incómodo a la hora de escoger entre libertad de expresión y libertad de mercado? ¿Mantener esos espacios impugnadores era ofrecer ventaja ante un poder político que ha sabido capitalizar a su favor el descontento popular respecto de partidos políticos y medios tradicionales? ¿Resulta peligroso tener voces disidentes en su interior justo ahora cuando lo más conveniente es acudir al espíritu de cuerpo?
Yo diría que en un campo con demasiados intereses cruzados como el mediático, el bajo perfil de la autocrítica obedece a todo lo anotado. Hay medios que exigen transparencia pero no la practican en su interior. Un ejemplo: hace pocos meses, un funcionario de una entidad cultural quiteña fue despedido por denunciar irregularidades por parte de los directivos, lo cual ameritó una intervención de las autoridades de control. Un diario cortó la publicación de una serie de reportajes sobre el tema y una revista se hizo de la vista gorda por ser auspiciante de esa entidad. La doble moral consiste en sostener públicamente una cosa y hacer en privado lo contrario.
El Telégrafo 27-07-08
lunes, 21 de julio de 2008
La comunicación más allá de los medios
Por Gustavo Abad
“Un ratito, señor ¿de qué medio es usted?”, suele ser una pregunta frecuente e incómoda hacia quienes ejercemos el periodismo sin estar vinculados de planta a un medio de comunicación. “De ninguno, porque trabajo de manera independiente”, suele ser la respuesta. Y ahí comienzan los problemas. “Entonces no puede pasar”. El funcionario, asistente, guardia, o lo que sea, se empecina en que “aquí no entra quien no presente la credencial de un medio”, y solo a base de insistencia se logra abrir el cerco.
Pero muchas veces de nada sirve explicar que la información no solo es necesaria para los periódicos, radios, canales y otros medios, sino también para los investigadores, docentes, líderes sociales, estudiantes, activistas, y todos quienes producen y toman decisiones a partir de la información sobre temas de interés público y de actualidad.
Es que uno de los grandes equívocos en la mayoría de espacios sociales es el de reducir comunicación a medios, información a periodistas, opinión a editorialistas, e ignorar que la comunicación, es decir, la búsqueda y construcción de sentidos, fluye en una infinidad de ámbitos no necesariamente mediáticos.
La comunicación no solo es un campo de acción, sino también de estudio, y no se restringe a las noticias, sino también a la reflexión teórica, a la educación, a la intervención política, a la organización social, a la creación artística, a los procesos identitarios, al activismo ecológico, de género, etc., que se nutren de flujos informativos e intercambios simbólicos. La comunicación nos ayuda a reconocer nuestro lugar en el mundo y a organizar nuestra vida cotidiana, que es la única que tenemos.
Por eso el texto de la nueva Constitución, en lo relacionado con la comunicación y la información, resulta un avance, pues agranda el horizonte y la comprensión de esta actividad y la reafirma como un bien público y como un derecho ciudadano.
Para comenzar, se refiere a la comunicación como un derecho “en todos los ámbitos de la interacción social por cualquier medio y forma”, y no “especialmente por parte de periodistas y comunicadores sociales”, como decía la anterior de manera limitada.
Otro aspecto destacable del nuevo texto es que diversifica la naturaleza de los medios en “públicos, privados y comunitarios” (auque podrían ser más), con lo cual reconoce y alienta nuevas prácticas periodísticas, nuevas agendas, nuevos relatos, promovidos desde diversas maneras de entender y narrar la realidad y no exclusivamente desde de la visión de los medios privados, muy necesitados de un espejo que anime su evolución.
El nuevo texto también establece el acceso en igualdad de condiciones a las frecuencias para el funcionamiento de radios y canales de televisión no necesariamente comerciales, sino de servicio público y comunitario, algunos de los cuales ya existen en el Ecuador, pero relegados a la periferia, por lo que no están incluidos en las organizaciones de radio y televisión con mayoría del sector privado, cuya representatividad ha sido cuestionada desde hace varios años.
La exclusión no solo tiene una cara económica, como el desempleo, la pobreza, la marginación física; también existe la exclusión simbólica, como la falta de acceso a la información, a los productos culturales, a la comprensión y disfrute de las creaciones artísticas. Ampliar el horizonte de la comunicación y la información, mucho más allá del ámbito de los medios, es ampliar las posibilidades de inclusión mediante el ejercicio de ese derecho y su uso estratégico para incidir en las políticas públicas.
Es posible que el texto no recoja todos los planteamientos o que no se ajuste a todos los cambios en el campo de la comunicación en los últimos años, pero oxigena el concepto al liberarlo de una reductora práctica mediática, lo cual ya es un avance saludable.
El Telégrafo 20-07-08
“Un ratito, señor ¿de qué medio es usted?”, suele ser una pregunta frecuente e incómoda hacia quienes ejercemos el periodismo sin estar vinculados de planta a un medio de comunicación. “De ninguno, porque trabajo de manera independiente”, suele ser la respuesta. Y ahí comienzan los problemas. “Entonces no puede pasar”. El funcionario, asistente, guardia, o lo que sea, se empecina en que “aquí no entra quien no presente la credencial de un medio”, y solo a base de insistencia se logra abrir el cerco.
Pero muchas veces de nada sirve explicar que la información no solo es necesaria para los periódicos, radios, canales y otros medios, sino también para los investigadores, docentes, líderes sociales, estudiantes, activistas, y todos quienes producen y toman decisiones a partir de la información sobre temas de interés público y de actualidad.
Es que uno de los grandes equívocos en la mayoría de espacios sociales es el de reducir comunicación a medios, información a periodistas, opinión a editorialistas, e ignorar que la comunicación, es decir, la búsqueda y construcción de sentidos, fluye en una infinidad de ámbitos no necesariamente mediáticos.
La comunicación no solo es un campo de acción, sino también de estudio, y no se restringe a las noticias, sino también a la reflexión teórica, a la educación, a la intervención política, a la organización social, a la creación artística, a los procesos identitarios, al activismo ecológico, de género, etc., que se nutren de flujos informativos e intercambios simbólicos. La comunicación nos ayuda a reconocer nuestro lugar en el mundo y a organizar nuestra vida cotidiana, que es la única que tenemos.
Por eso el texto de la nueva Constitución, en lo relacionado con la comunicación y la información, resulta un avance, pues agranda el horizonte y la comprensión de esta actividad y la reafirma como un bien público y como un derecho ciudadano.
Para comenzar, se refiere a la comunicación como un derecho “en todos los ámbitos de la interacción social por cualquier medio y forma”, y no “especialmente por parte de periodistas y comunicadores sociales”, como decía la anterior de manera limitada.
Otro aspecto destacable del nuevo texto es que diversifica la naturaleza de los medios en “públicos, privados y comunitarios” (auque podrían ser más), con lo cual reconoce y alienta nuevas prácticas periodísticas, nuevas agendas, nuevos relatos, promovidos desde diversas maneras de entender y narrar la realidad y no exclusivamente desde de la visión de los medios privados, muy necesitados de un espejo que anime su evolución.
El nuevo texto también establece el acceso en igualdad de condiciones a las frecuencias para el funcionamiento de radios y canales de televisión no necesariamente comerciales, sino de servicio público y comunitario, algunos de los cuales ya existen en el Ecuador, pero relegados a la periferia, por lo que no están incluidos en las organizaciones de radio y televisión con mayoría del sector privado, cuya representatividad ha sido cuestionada desde hace varios años.
La exclusión no solo tiene una cara económica, como el desempleo, la pobreza, la marginación física; también existe la exclusión simbólica, como la falta de acceso a la información, a los productos culturales, a la comprensión y disfrute de las creaciones artísticas. Ampliar el horizonte de la comunicación y la información, mucho más allá del ámbito de los medios, es ampliar las posibilidades de inclusión mediante el ejercicio de ese derecho y su uso estratégico para incidir en las políticas públicas.
Es posible que el texto no recoja todos los planteamientos o que no se ajuste a todos los cambios en el campo de la comunicación en los últimos años, pero oxigena el concepto al liberarlo de una reductora práctica mediática, lo cual ya es un avance saludable.
El Telégrafo 20-07-08
sábado, 12 de julio de 2008
Falso dilema
Por Gustavo Abad
–No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.
–¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? –replicaba el periodista.
–Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.
El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.
Por eso causa vértigo mirar cómo la mayoría de medios tradicionales pregonan que la incautación de 195 empresas –entre ellas tres canales de televisión– del grupo Isaías, por parte de la AGD, es un atentado a la libertad de expresión en el Ecuador.
Al escuchar eso uno se pregunta: ¿Dónde anida realmente la censura y la distorsión, en el poder político o en el poder económico-mediático? ¿Se puede atentar contra algo que ya fue destrozado hace años por esos mismos medios debido a sus vinculaciones con grupos económicos? ¿Acaso tres canales, cuya programación es a la comunicación lo que la comida chatarra es a la alimentación, se pueden adjudicar la representación de la libertad de expresión en este país?
Mejor libertad es la que ejerce la gente en la calle y que, por asociación de ideas, en la última década ha unido al sustantivo banquero el calificativo corrupto como fórmula indisociable y condenatoria, surgida de la propia experiencia sin otra mediación.
Muchos recordamos todavía la entrevista en la que el entonces ministro de Economía, Ricardo Patiño, trapeó el piso con los despojos anímicos del periodista Jorge Ortiz, evidentemente ofuscado y sin capacidad de reacción ni argumentos, cuando el funcionario, a cada pregunta, le respondía: “ustedes pertenecen a la banca”.
Fue un episodio lamentable, no por Ortiz, sino por los miles de televidentes que esperábamos una explicación convincente acerca de la renegociación de la deuda externa, pero el ministro no la ofrecía porque estaba ante un hombre disminuido, que admitía que su credibilidad estaba “por los suelos” y que era empleado de un banquero, pero en un canal, según aclaraba en tono de acusado.
¿Y el derecho a la información? Relegado tras el bochorno del periodista.
En esta última semana, casi todos los medios tradicionales se han esforzado en venderle al público un falso dilema, que consiste en confundir una acción legal de incautación de bienes de los responsables del más grande atraco bancario en la historia del país con un atentado a la libertad de expresión.
Triste papel de esos medios, que harían mejor en preocuparse de cómo logrará el estado que esos bienes sirvan para restituir el dinero a los afectados y, mientras tanto, cómo evitará usar esos canales para propaganda política oficial, pues la legitimidad jurídica y moral de la incautación podría desdibujarse si el gobierno decide intervenir en la línea editorial o en la programación. Una cosa es ejecutar un proceso legal y otra sería usar una infraestructura comunicacional para imponer un modo de hacer y decir, lo cual otorgaría argumentos a quienes reducen todo esto a un cálculo coyuntural.
El tono dramático con el que han informado sobre este caso los medios, especialmente de televisión, la información editorializada que han emitido los reporteros, la mala intención al mezclarlo con la no renovación de la frecuencia a Radio Sucre, sí son un atentado al derecho a la información, un derecho que reclaman los ciudadanos y que nunca ha sido respetado ni defendido por los medios controlados por banqueros.
El Telégrafo 13-07-08
–No les digas prófugos a los Isaías –le reclamaba hace pocos años el editor de un medio guayaquileño a un inteligente analista que escribía para ese diario.
–¿Entonces, cómo se les dice a los que huyen de la justicia? –replicaba el periodista.
–Llámalos de otra manera, pero no nos causes problemas, o tu columna no se publica –fue la respuesta definitiva.
El columnista no claudicó, pero perdió su trabajo, y con ello su libertad de expresión así como sus lectores el derecho a la información.
Por eso causa vértigo mirar cómo la mayoría de medios tradicionales pregonan que la incautación de 195 empresas –entre ellas tres canales de televisión– del grupo Isaías, por parte de la AGD, es un atentado a la libertad de expresión en el Ecuador.
Al escuchar eso uno se pregunta: ¿Dónde anida realmente la censura y la distorsión, en el poder político o en el poder económico-mediático? ¿Se puede atentar contra algo que ya fue destrozado hace años por esos mismos medios debido a sus vinculaciones con grupos económicos? ¿Acaso tres canales, cuya programación es a la comunicación lo que la comida chatarra es a la alimentación, se pueden adjudicar la representación de la libertad de expresión en este país?
Mejor libertad es la que ejerce la gente en la calle y que, por asociación de ideas, en la última década ha unido al sustantivo banquero el calificativo corrupto como fórmula indisociable y condenatoria, surgida de la propia experiencia sin otra mediación.
Muchos recordamos todavía la entrevista en la que el entonces ministro de Economía, Ricardo Patiño, trapeó el piso con los despojos anímicos del periodista Jorge Ortiz, evidentemente ofuscado y sin capacidad de reacción ni argumentos, cuando el funcionario, a cada pregunta, le respondía: “ustedes pertenecen a la banca”.
Fue un episodio lamentable, no por Ortiz, sino por los miles de televidentes que esperábamos una explicación convincente acerca de la renegociación de la deuda externa, pero el ministro no la ofrecía porque estaba ante un hombre disminuido, que admitía que su credibilidad estaba “por los suelos” y que era empleado de un banquero, pero en un canal, según aclaraba en tono de acusado.
¿Y el derecho a la información? Relegado tras el bochorno del periodista.
En esta última semana, casi todos los medios tradicionales se han esforzado en venderle al público un falso dilema, que consiste en confundir una acción legal de incautación de bienes de los responsables del más grande atraco bancario en la historia del país con un atentado a la libertad de expresión.
Triste papel de esos medios, que harían mejor en preocuparse de cómo logrará el estado que esos bienes sirvan para restituir el dinero a los afectados y, mientras tanto, cómo evitará usar esos canales para propaganda política oficial, pues la legitimidad jurídica y moral de la incautación podría desdibujarse si el gobierno decide intervenir en la línea editorial o en la programación. Una cosa es ejecutar un proceso legal y otra sería usar una infraestructura comunicacional para imponer un modo de hacer y decir, lo cual otorgaría argumentos a quienes reducen todo esto a un cálculo coyuntural.
El tono dramático con el que han informado sobre este caso los medios, especialmente de televisión, la información editorializada que han emitido los reporteros, la mala intención al mezclarlo con la no renovación de la frecuencia a Radio Sucre, sí son un atentado al derecho a la información, un derecho que reclaman los ciudadanos y que nunca ha sido respetado ni defendido por los medios controlados por banqueros.
El Telégrafo 13-07-08
sábado, 5 de julio de 2008
Imágenes obsesivas
Por Gustavo Abad
Los únicos que tienen autoridad para mirar el dolor de los demás son los que tienen alguna posibilidad de remediarlo, decía la escritora estadounidense Susan Sontag, al referirse a la cantidad de imágenes de violencia y de muerte que consumimos cada día hasta el hartazgo y la inconciencia.
Si no podemos hacer algo por las víctimas de ese dolor, somos simples mirones, remataba ella, con esa manera casi irrevocable de echar abajo los lugares comunes que circulan con toda licencia y que damos por válidos sin reflexión, como aquel que pregona que la difusión continua de imágenes dramáticas sirve para tomar conciencia del horror y no volver a cometerlo.
El cuerpo destrozado muchas veces causa la misma curiosidad que el cuerpo desnudo. Quizá por ello, el concurso World Press Photo recoge con extraña predilección las fotos más desgarradoras del mundo y quizá por eso mismo las multitudes que visitan sus exposiciones exclaman ¡qué horror! y luego se repliegan sin más sobresaltos hacia sus propias urgencias, hacia sus propios duelos, porque difícilmente tienen espacio para los de esos desconocidos.
El actual predominio de la imagen como producto informativo a través de todos los medios desplaza nuestros sentidos y nuestra comprensión de la realidad. Recordar ya no es reflexionar sobre un acontecimiento, sino evocar una imagen, decía la misma Sontag. La comprensión pierde espacio ante la emoción.
El asambleísta Rafael Estévez intenta coserse los labios para protestar por lo que considera autoritarismo de la mayoría oficialista en la Asamblea. El presidente Rafael Correa derriba con un combo un cubículo de castigos en una cárcel esmeraldeña. Las cámaras recorren la acera ensangrentada donde asesinaron al periodista Raúl Rodríguez. Decenas de fotógrafos buscan el rostro del violador que cometía sus crímenes en los alrededores del Pichincha. Tres mil personas marchan en Guayaquil en reclamo de más seguridad y mano dura contra la delincuencia… Imágenes, emocionantes imágenes, que sin embargo, poco o nada nos dicen de la realidad social e histórica que las produce.
Hace pocos años era usual entre los fotógrafos de prensa hacerse esta pregunta: ¿Si estás cubriendo una guerra y encuentras un herido a punto de morir en el camino, lo ayudas o le tomas la foto? Recuerdo que muchos respondían: le tomo la foto. Se justificaban diciendo que de todas maneras el hombre iba a morir, en cambio, la imagen de su muerte dando vueltas por el mundo podría salvar a otros. Extraña fórmula compasiva.
Kevin Carter siguió esa doctrina y tomó la foto de una niña africana agonizando de hambre mientras, a pocos metros, un buitre esperaba para saltar sobre ella. El cronista gráfico ni siquiera hizo el ademán de espantar al pajarraco. Con esa foto ganó un Premio Pulitzer. Poco después se suicidó.
La palabra nos hace comprender la realidad, pero la imagen solo nos obsesiona. Por eso se entiende que la revista Vanguardia colocara un colosal NO en su portada de hace dos semanas, probablemente para que esa imagen actúe de manera subliminal como un letrero luminoso que se prende y se apaga en el inconciente de cada elector en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución. Ese NO, por efecto del diseño (letras blancas sobre fondo rojo), se desvincula de su sentido verbal y muta en ícono propagandístico, en artefacto visual tan obsesivo como la negación que promueve.
Una imagen que reemplaza el debate, que persigue efectos en lugar de reflexiones. Una imagen que, si nos toma desprevenidos, nos convierte a todos en mirones.
El Telégrafo 06-07-08
Los únicos que tienen autoridad para mirar el dolor de los demás son los que tienen alguna posibilidad de remediarlo, decía la escritora estadounidense Susan Sontag, al referirse a la cantidad de imágenes de violencia y de muerte que consumimos cada día hasta el hartazgo y la inconciencia.
Si no podemos hacer algo por las víctimas de ese dolor, somos simples mirones, remataba ella, con esa manera casi irrevocable de echar abajo los lugares comunes que circulan con toda licencia y que damos por válidos sin reflexión, como aquel que pregona que la difusión continua de imágenes dramáticas sirve para tomar conciencia del horror y no volver a cometerlo.
El cuerpo destrozado muchas veces causa la misma curiosidad que el cuerpo desnudo. Quizá por ello, el concurso World Press Photo recoge con extraña predilección las fotos más desgarradoras del mundo y quizá por eso mismo las multitudes que visitan sus exposiciones exclaman ¡qué horror! y luego se repliegan sin más sobresaltos hacia sus propias urgencias, hacia sus propios duelos, porque difícilmente tienen espacio para los de esos desconocidos.
El actual predominio de la imagen como producto informativo a través de todos los medios desplaza nuestros sentidos y nuestra comprensión de la realidad. Recordar ya no es reflexionar sobre un acontecimiento, sino evocar una imagen, decía la misma Sontag. La comprensión pierde espacio ante la emoción.
El asambleísta Rafael Estévez intenta coserse los labios para protestar por lo que considera autoritarismo de la mayoría oficialista en la Asamblea. El presidente Rafael Correa derriba con un combo un cubículo de castigos en una cárcel esmeraldeña. Las cámaras recorren la acera ensangrentada donde asesinaron al periodista Raúl Rodríguez. Decenas de fotógrafos buscan el rostro del violador que cometía sus crímenes en los alrededores del Pichincha. Tres mil personas marchan en Guayaquil en reclamo de más seguridad y mano dura contra la delincuencia… Imágenes, emocionantes imágenes, que sin embargo, poco o nada nos dicen de la realidad social e histórica que las produce.
Hace pocos años era usual entre los fotógrafos de prensa hacerse esta pregunta: ¿Si estás cubriendo una guerra y encuentras un herido a punto de morir en el camino, lo ayudas o le tomas la foto? Recuerdo que muchos respondían: le tomo la foto. Se justificaban diciendo que de todas maneras el hombre iba a morir, en cambio, la imagen de su muerte dando vueltas por el mundo podría salvar a otros. Extraña fórmula compasiva.
Kevin Carter siguió esa doctrina y tomó la foto de una niña africana agonizando de hambre mientras, a pocos metros, un buitre esperaba para saltar sobre ella. El cronista gráfico ni siquiera hizo el ademán de espantar al pajarraco. Con esa foto ganó un Premio Pulitzer. Poco después se suicidó.
La palabra nos hace comprender la realidad, pero la imagen solo nos obsesiona. Por eso se entiende que la revista Vanguardia colocara un colosal NO en su portada de hace dos semanas, probablemente para que esa imagen actúe de manera subliminal como un letrero luminoso que se prende y se apaga en el inconciente de cada elector en el referéndum aprobatorio de la nueva Constitución. Ese NO, por efecto del diseño (letras blancas sobre fondo rojo), se desvincula de su sentido verbal y muta en ícono propagandístico, en artefacto visual tan obsesivo como la negación que promueve.
Una imagen que reemplaza el debate, que persigue efectos en lugar de reflexiones. Una imagen que, si nos toma desprevenidos, nos convierte a todos en mirones.
El Telégrafo 06-07-08
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