jueves, 16 de febrero de 2023

Fútbol femenino, una trama de liberación y control


Ya sea al borde de un campo de entrenamiento, en torno a una taza de café, en los graderíos de un estadio, las voces de estas mujeres aportan la riqueza vivencial, la reflexión y la sensibilidad genuinas de quienes habitan este mundo llamado fútbol profesional femenino.




martes, 7 de febrero de 2023

Historias de desobediencia o la lucha desde la escritura

Por Gustavo Abad Ordóñez

Cristina Burneo Salazar es escritora, traductora y docente universitaria. Pero antes de eso ha sido y sigue siendo una persona con enorme sensibilidad y compromiso social. Quizá por ello, su energía intelectual nunca se ha quedado congelada en los claustros académicos. Por el contrario, su pensamiento político se materializa en un activismo directo a favor de las luchas sociales, principalmente las relacionadas con el feminismo y la migración. Cristina escribe constantemente sobre ello. El resultado de su escritura, inevitablemente ligada a su experiencia política, es su libro “Historias de desobediencia. Crónicas 2013-2021”, publicado por Recodo Press. Es un libro que duele, pero no tanto como dolería el silencio si esas historias no se contaran. Por eso hay que leerlo ahora, justo cuando el olvido y la impunidad más se creen triunfantes.

Este libro no obedece a un plan de escritura, como ocurre con las tesis, con las novelas, incluso con los ensayos, en los que el autor o autora sigue un esquema trazado de antemano. Más bien, estas historias se escriben a la par que transcurre una etapa de la vida de su autora. Yo diría que el texto tiene casi el ritmo del diario vivir: unos hechos tras otros, una alegría seguida de un dolor, una marcha sobre el asfalto, un abrazo solidario, una justicia que no llega, un triunfo sobre la impunidad para no decaer, una reflexión más adelante, y así... Usaré un coloquialismo muy quiteño, un uso entrañable del gerundio: este libro se va escribiendo a la par que la autora va viviendo. Y después de ocho años, con la distancia que sólo permite el tiempo, ella encuentra una perspectiva para ordenar sus relatos por temas, como se ordenaría un bosque por grupitos de árboles: la palabra, la niñez, la migración, el aborto, la memoria... La travesía por ese bosque no es solo narrativa, sino genuinamente vital y política. 

Mientras leo, recuerdo que Susan Sontag decía que los únicos que tienen derecho a mirar el dolor ajeno son quienes tienen alguna posibilidad de aliviarlo. Los demás, decía ella, somos simples mirones. Esa sentencia me ha acompañado por muchos años y, cada vez, frente a nuevos hechos dolorosos, le hallaba nuevos significados. Este libro me suscita otra reflexión: quienes tienen derecho a mirar el dolor de los demás son también quienes tienen la posibilidad de narrarlo, de hacerlo fluir en un relato solidario y respetuoso para que no se olvide, para que no perdamos la capacidad de conmovernos. Esa también es una forma de aliviar el dolor, porque nos permite hacerlo un poco más nuestro, de hecho, nos conmina a hacerlo nuestro. Eso, en sí mismo, le da mucho valor a un libro como este de Cristina.

Una de las historias que me llegó de manera especial es “El cable de luz”. No hay nada más material y anodino que un cable de luz y, sin embargo, en esta crónica, Cristina nos permite ver en ese objeto ordinario un gran significado. Es la historia de cientos de personas cubanas que acampaban en el parque La Carolina con la finalidad de solicitar una visa en la Embajada de México y así evitar su deportación a Cuba. El gobierno de entonces, autodenominado de la revolución ciudadana y de la ciudadanía universal, no tuvo la humanidad que se necesita para ayudar a esas personas. Por el contrario, hizo todo para deportarlas a su país, donde les esperaba un juicio por deserción. Fue entonces cuando el guardia de un edificio, a riesgo de ser despedido, les acercó un cable de luz y una toma de agua, que en esas circunstancias son mucho más que un poco de luz y un sorbo de agua. Son la restitución elemental de la dignidad y el respeto que el gobierno les quitaba. La crónica consiste, sobre todo, en narrar las grandes paradojas de la vida. En casi todas las historias de este libro encontramos esas crueles paradojas.

Ceo que fue Paul Auster quien dijo que todo escritor es un desadaptado, porque no se encuentra en paz con el orden imperante, porque piensa que ese orden es injusto, pero muchas veces no sabe cómo rebelarse contra eso. Entonces busca en el lenguaje, en las palabras, la posibilidad de rehacer ese mundo, de darle un sentido a esa realidad que lo rebasa. Por ello, me parece que estas historias de desobediencia surgen también de una inconformidad con el estado de violencia en el mundo. En ese sentido, Cristina, en tanto activista y escritora, puede ostentar con orgullo un sitial en el mundo de las y los desadaptados, quiero decir, de quienes no se resignan, pero tampoco renuncian a decirlo públicamente. De eso trata justamente la desobediencia y una de sus formas es la escritura.

Entre los fundamentos de la crónica, como narrativa documental, están la inmersión y la mirada. La inmersión consiste en adentrarse en un mundo, en un ámbito concreto de la vida para conocerlo e interrogarlo. La mirada, por su parte, implica poner en esa búsqueda, en esa interrogación, nuestra visión del mundo, la experiencia de lo que somos y de lo que hemos aprendido a ver desde allí. Creo que Cristina, en tanto cronista, hace ambas cosas. No necesita sumergirse porque, de hecho, ya está inmersa en esas realidades, por tanto, el asunto de la mirada está totalmente claro. En este libro confluyen un impulso político, un impulso periodístico y un impulso literario sobre los que se asientan y adquieren su mayor fuerza estas historias de desobediencia.

 

(Leído en la presentación de “Historias de desobediencia”. Casa Emancipadx. 28 de enero, 2023)

jueves, 14 de octubre de 2021

Levanta como niña

Por Gustavo Abad

Álvaro Alemán ha escrito un libro hermoso. “Levanta como niña: la historia de Neisi Dajomes” es un homenaje a la primera mujer ecuatoriana en alcanzar el Oro Olímpico en levantamiento de pesas en los recientes juegos de Tokio. Es un regalo para quienes amamos los deportes y las letras por igual. Buen diseño, linda portada y excelente contenido. Quien busque periodismo tendrá aquí hechos, nombres, fuentes y todo aquello que en el oficio se conoce como referencialidad. A quien le interese la historia se encontrará con el origen remoto del apellido de Neisi: el reino de los Dajomey, en el África Occidental. Quien aprecie la narrativa podrá disfrutar de una convivencia armónica entre crónica, testimonio y poesía.

“Levanta como niña…” es un relato y un retrato a la vez. En él podemos ver no solo los triunfos nacionales, panamericanos y olímpicos de Neisi, sino también la épica cotidiana de esta joven de apenas 23 años, en un país donde los –y especialmente las– deportistas tienen que superar las exigencias físicas de su disciplina y además remontar la montaña de dificultades impuesta por unas dirigencias ineptas. En ese sentido, el libro es también una denuncia acerca de los malos manejos del deporte en el Ecuador.

Para narrar una vida hay que tener recursos literarios, pero también hay que vivir una experiencia corporal en el contexto del personaje. Álvaro es escritor y deportista. Esa doble condición –más el hecho de ser uno de los impulsores de la carrera de Neisi–  le facilita internarse en el mundo de ella, someterse a los rigores del entrenamiento en el mismo gimnasio de la Shell, escuchar su voz, entender su pensamiento, respirar su mismo entorno vital de pesas, vendas y linimento. Eso que llaman empatía.

Así, reconstruye las escenas fundamentales de esta historia: Neisi y sus hermanas ateridas de frío y de miedo en un internado en Alausí donde las dejó su madre porque no tenía dinero ni trabajo para sostenerlas; Neisi en su primera competencia nacional que, de paso, le sirvió para ver por primera vez el mar a los 11 años; Neisi y una tropa de niños y adolescentes viviendo en la casa de su entrenador, Walter Llerena, quien intuía que si aseguraba la cena de los niños esa noche, quizá aseguraba una medalla de oro para este país en el futuro… Y no voy a contar más aquí, porque hay que comprar el libro, meter un poquito el hombro a favor de la deportista y del escritor, porque en este texto se juntan el sudor del gimnasio y la intensidad de la escritura.

Con el tiempo he aprendido que uno de los méritos del narrador consiste en saber cuándo levantar la vista del objeto de su escritura y poner su pensamiento en diálogo con un universo más amplio. En el epílogo del libro, Álvaro hace una disquisición acerca de lo que significa el peso: “¿qué es una pesa?, ¿qué es pesar?, ¿qué sopesa la sociedad ecuatoriana cuando celebra la medalla de Neisi Dajomes?, ¿qué significa esta actividad en sí y en relación con el ser humano?”, se pregunta. Y halla respuestas insospechadas en las fuentes de la historia y la cultura.

Esas preguntas me hicieron viajar a una novela que leí hace tres décadas: “La insoportable levedad del ser” de Milan Kundera. En ella, el narrador se pregunta: “¿es de verdad terrible el peso y maravillosa la levedad?” Y rebusca desde la filosofía clásica hasta las artes amatorias para bosquejar una respuesta: “La carga más pesada es, por lo tanto, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será (…) Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real solo a medias y sus movimientos sean tan ligeros como insignificantes”.

¿Se puede extrapolar este pensamiento a la vida de Neisi o a la de tantos deportistas que, como ella, cargan literalmente el peso de la disciplina que escogieron? No me atrevo. Una parte de mi dice que sí, que el peso aporta sentido de realidad a la vida, sirve de ancla y evita que te lleve cualquier viento. Otra parte dice que no, que el peso excesivo proviene de la injusticia y su aceptación colinda con el dogma judeocristiano del sufrimiento. Y todo esto me lleva a otra pregunta: ¿se puede hablar solo de peso en la vida de Neisi?, ¿no hay lugar también para la levedad, para la liberación, en ese acto supremo de levantar 263 kilos?

Con esa idea entro a Youtube. 1 de agosto de 2021:

Neisi, de pie detrás de la barra, se prepara para el tercer intento en la modalidad envión. Tiene que levantar 145 kilos para asegurar la medalla de oro pues en la modalidad arranque ya ha levantado 118. El envión implica dos movimientos: el primero consiste en levantar la barra hasta los hombros, viene una ligera pausa para tomar aliento, y en el segundo tiene que colocar la barra por sobre la cabeza y sostenerla sin doblar los brazos. Neisi respira profundo, cierra los ojos y convoca todas sus fuerzas físicas y mentales. Jala la barra con fuerza y, en fracciones de segundo, la coloca sobre sus hombros. Hay que ver su rostro tenso, las venas del cuello inflamadas, la mirada fija en algún lugar del infinito. Respira de nuevo y, con un movimiento coordinado de brazos, tronco y piernas, coloca la barra en todo lo alto. No bien lo logra y ya un grito se escapa de su garganta. Es un grito agudo, poderoso. Neisi deja caer la barra y se aparta hacia atrás como asustada de sí misma. Ahora no solo grita, también salta de la emoción. Después cae de rodillas, golpea el piso con ambas palmas y llora. Se va de llanto con la frente pegada a la tarima. Con una mano aparta los discos olímpicos que hace unos instantes la aprisionaban contra el planeta. Se ha quitado la presión, se ha deshecho del peso, y es imposible no ver, en ese instante fugaz, en ese momento supremo de triunfo, su anhelada liberación, su plena y maravillosa levedad.

lunes, 22 de marzo de 2021

El voto nulo o la ética de la resistencia

 Por Gustavo Abad

Votar por el mal menor nunca ha sido un buen negocio. En 1996, la mayoría apostó por la verborrea populista de Bucaram para que no llegara al poder la derecha socialcristiana de Nebot. Y el loco montó tal show de corruptela y nepotismo, que una insurrección social tuvo que echarlo a los seis meses para que no se robara hasta los floreros. En 2002, muchos pensamos que Gutiérrez, aunque milico y golpista, no era tan malo frente a las escasas luces del millonario Noboa. Y dos años después, una revuelta popular, cansada de tanto latrocinio, tuvo que obligarlo a huir por los tejados de Carondelet. Así que el mal menor siempre ha resultado lo peor.

Miento, lo peor todavía estaba por venir. En 2006, entre esperanzados y embobados por su discurso aparentemente de izquierda, elegimos a Correa. Y tuvimos que ver cómo, durante diez años, una banda delincuencial saqueaba las arcas del Estado mientras perseguía y encarcelaba a periodistas, ecologistas, maestros, líderes sociales, feministas, estudiantes, opositores, sindicalistas… y todo aquel que se atreviera a denunciar la corrupción.

Ahora estamos en las mismas, arrastrados al borde del abismo, obligados a escoger el mal menor entre Arauz y Lasso una vez que el CNE y el TCE enterraran cualquier posibilidad de confirmar o negar las sospechas de un fraude para sacar de competencia a Yaku Pérez, el candidato del movimiento indígena. De ese pozo profundo de ilegitimidad quedan en la carrera Lasso y Arauz.

Marioneta del progresismo autoritario, Arauz representa el retorno del correísmo al poder, del cual solo será su instrumento de impunidad y venganza. Abanderado de la banca insaciable, Lasso no conoce otro modelo que el de la máxima concentración de la riqueza y cero redistribución. ¿Estamos realmente obligados a escoger? Arauz, cheerleader de un prófugo de la justicia. Lasso, colaborador de todos los gobiernos desde Mahuad hasta Moreno. ¿Por qué tenemos que creernos la ficción de que estamos ante dos proyectos diferentes? Más que contrarios, Arauz y Lasso son complementarios, las dos caras de una misma moneda: injusticia social y degradación política.

El debate presidencial del domingo 21 de marzo, en lugar de aclarar las cosas, profundizó el escepticismo y la desconfianza. No fue un debate, mucho menos una exposición fundamentada de planes de gobierno. Parece que los organizadores se esmeraron en buscar un formato que redujera al mínimo la reflexión y elevara al máximo la demagogia. Fue un intercambio tóxico de agresiones del que no vale la pena ocuparse más, sino para confirmar lo que ya sabíamos: gane quien gane, vamos a perder.

Entonces cobra sentido el voto nulo como último pero legítimo acto de resistencia. Una expresión de la desobediencia civil para recordarle al próximo detentador del poder su escasa legitimidad. Hay que restarle al menos parte de su capital mal habido. Un poder sin legitimidad está obligado a ceder, a negociar, a refrenar su proyecto de dominación. Anular el voto en este contexto no significa eludir la responsabilidad de tomar partido como pretenden hacernos creer los seguidores de lado y lado. El voto nulo es, en última instancia, la expresión manifiesta de una ética del no: no acepto, no quiero, no me resigno...

Frente a la disyuntiva perversa de escoger el nombre del opresor, la negación también adquiere un sentido liberador. Los movimientos feministas llevan años enseñándonos esa ética de la resistencia: “no es no”. Podemos trasladar esa premisa emancipadora de las mujeres al plano de la política electoral y decir “no es no” a dos candidatos que representan las vertientes más retardatarias de la política ecuatoriana: el progresismo autoritario de Arauz y el neoliberalismo económico de Lasso.

Pedir a los votantes que no tachen la papeleta es como pedir a las mujeres violentadas que no rayen las paredes, que no pinten las estatuas, que no rompan las vallas. Ellas rayan, pintan y rompen no la insensible materialidad de las cosas, sino la persistencia de un sistema injusto. Una equis por todo lo ancho también es una manera de pintarles la cara tanto a las instituciones formales del sufragio como a las mafias electorales con quienes actúan en connivencia. ¿Acaso entre ambas no nos han pintado ya la cara a nosotros?

En estas condiciones, el voto nulo consciente es otra forma de disidencia. Es la herejía de nuestro tiempo en que los sacerdotes de la corrección política proclaman la necesidad de alinearse. Así como la prédica del creyente supone que fuera de la religión no hay humanidad, la prédica del militante supone que fuera del partido no hay política. Herejes y disidentes han demostrado a lo largo de la historia un mayor sentido de lo humano y de lo político que aquellos que se proclaman sus máximos guardianes.

 

lunes, 22 de febrero de 2021

El CNE y su densa oscuridad

Por Gustavo Abad

Este martes llegará a Quito una numerosa marcha de apoyo al candidato presidencial Yaku Pérez y sus demandas de transparencia en los resultados de las elecciones del pasado 7 de febrero. Miles de personas han caminado durante una semana cerca de 700 kilómetros desde Loja hasta la capital de la República para exigir al Consejo Nacional Electoral (CNE), entre otras cosas, la reapertura de las urnas y el recuento de los votos. Mientras tanto, ese organismo proclamó en la madrugada del domingo 21 de febrero, cuando el país dormía su más profundo sueño, los resultados que colocan en primer lugar al correísta Andrés Aráuz, una ficha del progresismo autoritario; seguido por el banquero Guillermo Lasso, de la derecha neoliberal; y en tercer lugar a Yaku Pérez, ecologista, defensor del agua, activista antiminero y representante del movimiento indígena ecuatoriano.

Durante las últimas semanas, Yaku y las organizaciones sociales que lo apoyan han denunciado un conjunto de errores e inconsistencias en el proceso electoral (ausencia de las actas originales, cifras que no cuadran, actas sin firmas de los responsables…) que les permiten sospechar que se ha cometido un fraude electoral para dejar al candidato de Pachakutik fuera de la segunda vuelta o balotaje el próximo 11 de abril.

Frente a ello, el CNE no ha ofrecido una respuesta técnica ni una explicación plausible, sino retórica: “actuamos con transparencia” ha repetido su presidenta y lo han coreado sus consejeros. Aquí es cuando el sentido de la realidad se desplaza desde el terreno material y tangible de los hechos –no hay algo más concreto que una solicitud de reapertura de las urnas y recuento de los votos– al lugar oscuro y resbaloso de los tecnicismos –instructivos, resoluciones, informes– con que la autoridad electoral ha dilatado sus decisiones y profundizado la ya inmensa desconfianza ciudadana en las instituciones del Estado.

Ahora es cuando resulta más urgente recuperar el nombre y el sentido de las cosas; preguntarnos qué implica un fraude o, al menos, una conducta fraudulenta. Hay que entender que un fraude en este contexto no se limita a la maniobra física o electrónica de quitar o poner votos a un candidato para perjudicar a otro. El fraude –incluso si no se llegara a comprobar técnicamente el engaño– adquiere cuerpo justamente en ese entramado de hechos poco claros sumados a la escasa voluntad de que se aclaren. El fraude, en su sentido más amplio, no tiene que ver solo con el cometimiento de un engaño –o el intento de cometerlo– sino también con el ocultamiento de este.

Cuando una persona o institución actúa de modo que afecta la confianza y la fe públicas comete fraude pues este también consiste en los niveles de incertidumbre y de sospecha que deja en la sociedad el proceder de esa persona o institución.

Hasta ahora, son demasiadas las dudas e interrogantes que deja este proceso: ¿por qué la presidenta del CNE anunció los resultados de un conteo rápido, según el cual Yaku ocupaba el segundo lugar, solo para ser desmentida pocos minutos después por un consejero de ese organismo? Si contaron el 97% de los votos en un solo día ¿por qué se tomaron dos semanas para el 3% restante? ¿Por qué el CNE avaló el 12 de febrero un acuerdo entre los candidatos para abrir el 100% de las urnas en la provincia del Guayas y el 50% en otras 16 provincias y después lo enredó en una maraña burocrática que impidió su ejecución? ¿Por qué un consejero abandonó la sesión del pleno del CNE cuando se necesitaba su voto para dar paso al recuento acordado días atrás entre los candidatos? ¿Por qué una consejera se fue de vacaciones en el último y más crucial momento del proceso?...

Son tan densos los niveles de oscuridad con que se ha manejado este proceso, que la Defensoría del Pueblo ha enviado un exhorto al CNE para que “permita el acceso público al ciento por ciento de las actas de escrutinio de las juntas receptoras del voto, así como para que se atiendan todos los recursos a los que haya lugar, de manera que se garantice la transparencia del proceso electoral”. El CNE tiene en los próximos días la oportunidad de atender esas demandas. Si no lo hace, estará negando la posibilidad de confirmar o desmentir las sospechas. Y con ello se acercará peligrosamente a la primera definición de fraude que consta en el diccionario de la RAE: “Acción contraria a la verdad y a la rectitud, que perjudica a la persona contra quien se comete”.

Hay que volver a nombrar las cosas por su nombre precisamente ahora cuando la cultura política se ha vuelto adicta a retorcer los significados. Hace pocos días, el alcalde de Quito, Jorge Yunda, dijo que para él era una “presea” el grillete electrónico que porta en su tobillo por disposición de un juez que lo implicó en un presunto fraude en la compra de pruebas para la detección del covid19. Recordemos que Yunda es un simpatizante de aquella mafia que gobernó al Ecuador durante una década y que llamaba revolución a lo que no era otra cosa que el asalto a los dineros públicos; terroristas, a los estudiantes que protestaban en las calles, así como a los indígenas y ecologistas que defendían la naturaleza; y ahora llama perseguidos políticos a los jefes del crimen organizado que guardan prisión por sus delitos… Esa banda está a punto de volver al poder.

El último pronunciamiento del CNE dice que, una vez proclamados los resultados, procesará todas las impugnaciones. Así, colocará las denuncias en el terreno kafkiano de los procesos administrativos. Cualquiera que sea el resultado, la autoridad electoral no podrá despejar las sospechas sobre su actuación. Ni su presidenta ni sus consejeros han podido ni querido entender la enorme diferencia que existe entre cumplir un proceso y hacer justicia.

 

domingo, 10 de mayo de 2020

La educación en la sociedad del cansancio

Por Gustavo Abad

 Una escena de la vida académica actual:

El profesor se instala a las siete de la mañana frente al computador. No desayuna todavía porque el horario lo obliga a escoger entre el sueño y la alimentación. Apenas toma un café cargado para despertarse bien y siente que el ardor del estómago, perceptible hace ya varios meses, ha vencido las defensas del cuerpo y ahora amenaza su psiquis. Abre el aula virtual para conectarse con ochenta y cinco estudiantes semidormidos que, al igual que él, cumplen el rol que el sistema educativo les ha asignado en este libreto del teletrabajo y la teleducación.

¡Clik!

Las pantallas de Zoom, Moodle, Teams, Skype, WatsApp, Jitsi meet… danzan antes sus ojos. Durante el resto del día abrirá el chat, contestará preguntas, asignará tareas, revisará trabajos, pasará a la teleconferencia, a la tutoría virtual, al foro programado… Cada tanto, perderá la conexión a internet porque su proveedor es CNT, algo a lo que nunca le dio importancia, porque tampoco pensó que un día tendría que usar sus propios equipos y recursos para dar clases, asistir a reuniones en línea, enviar informes, coordinar talleres, subir calificaciones y permanecer clavado frente a la pantalla en una jornada de trabajo que no termina sino hasta las diez de la noche.

La comida se quema y el puto perro que no para de ladrar…

Pienso en este personaje, compuesto con la suma de las partes de muchos que comparten la misma situación y, a la larga, representan uno solo: el profesor medio de un colegio o universidad en estos momentos. Lo pienso y lo sufro también, porque vivo en algunas de sus partes y porque algunas de sus partes viven en mí. Y más ahora, cuando vamos por los cincuenta y cinco días de encierro forzado y el gobierno se empeña en darle una nueva vuelta de tuerca a la precarización del sistema educativo en el Ecuador.

El Consejo de Educación Superior (CES) aprobó al pasado 7 de mayo una norma según la cual los profesores titulares de las universidades públicas tienen que impartir hasta 26 horas de clases semanales y manejar cursos de hasta 100 estudiantes por aula (virtual, valga la aclaración) y distribuir las 14 horas restantes en preparación de clases, calificación de exámenes, gestión administrativa, proyectos de investigación, escritura de artículos, tutorías, informes y una cadena de obligaciones, en las que no consta el alimento de la lectura, el estudio ni la reflexión acerca del propio trabajo de educar.

El profesor universitario, según esta norma, pasa a ser una máquina de rendimiento a tiempo completo. Una máquina sonámbula de rendimiento, añadiría yo. Ser docente ahora implica vivir en un estado permanente de atención dispersa y superficial, absorbido por las pantallas y los dispositivos de la vida mediada por el computador y la red. El telesclavismo del siglo XXI se ha puesto en marcha. En la primera línea de los subyugados están los docentes y, detrás de ellos, miles de estudiantes obligados a conformarse con lo que caiga de la trituradora.

En su obra La sociedad del cansancio, Byung-Chul Han llama precisamente “sujetos de rendimiento” a los individuos sometidos, más allá de su resistencia psíquica y corporal, a las exigencias productivas del régimen capitalista. El filósofo surcoreano encuentra una analogía entre el mito clásico de Prometeo –quien sufre todos los días los picotazos de un águila que le desgarra las entrañas como castigo por haber robado el fuego a los dioses– y la vida del sujeto contemporáneo –obligado a vivir cada día el autocastigo físico y mental en pos del rendimiento–. Mientras el primero lucha contra un enemigo exterior –el águila y la furia de los dioses–, el segundo se enfrenta, además, consigo mismo y contribuye con su dosis de fatiga a sostener la sociedad del cansancio.

La pandemia desatada por el coronavirus permite actualizar esta figura para entender lo que pasa. La sociedad del rendimiento y el cansancio no es un invento de ahora, pero el brote y descontrol de la enfermedad ha ofrecido a los gobernantes el argumento perfecto para acentuar las políticas de sobreexplotación en lugar de conducir al estado y a la sociedad a unas políticas de redistribución.

Y aquí se manifiesta de nuevo el doble uso de las tecnologías: la liberación y el control. Por un lado, las tecnologías ayudan a democratizar la información, a mejorar los intercambios culturales, a poner la vida en su gran complejidad al alcance de todos. Por otro, facilitan el rastreo y la vigilancia digital, la ampliación de la jornada de trabajo, la irrupción del mundo laboral en el mundo familiar y exponen la vida íntima a un altísimo nivel de invasión.

Lo que ocurre con la educación viene ocurriendo hace rato con la salud y el periodismo, solo para citar tres sectores muy visibles. A los reporteros les queda poco tiempo para entender lo que ocurre, porque están obligados a tomar fotos, escribir notas, hacer videos, reportarse en tiempo real para el canal o la radio del gran medio y, además, postear a cada minuto en las redes sociales. En medio de esta pandemia, periodistas, profesores, médicos y miles de profesionales precarizados, cuando no han sido despedidos, han visto cómo sus vidas se sumergen, cada día más, en la sociedad del rendimiento y el cansancio.

Sin embargo, no se trata solo de un deterioro de la vida en términos personales. Se trata de un deterioro de la noción de lo público en su sentido más amplio. Aclaremos esto. Hay una tendencia a confundir lo público solamente con lo estatal, o con lo visible, o con lo publicable. Lo anterior, en efecto, forma parte de lo público, pero no lo abarca todo. Lo público significa todo asunto, lugar o actividad en que la autonomía personal entra en contacto y, generalmente, en conflicto con los acuerdos colectivos expresados en las leyes. El puente que une lo privado con lo público es la política.

Cuando un médico, un profesor, un periodista, cualquier profesional, se ve obligado a poner en riesgo su salud física y mental para cumplir con su trabajo, no estamos frente a un asunto personal, sino frente a un problema de interés público. La pandemia ha puesto en evidencia el debilitamiento de lo público en el Ecuador. El desmantelamiento del sistema de salud contribuyó, tanto como el virus mismo, a la muerte de miles de personas. El desfinanciamiento del sistema de educación puede dejar en los próximos meses a miles de docentes sin empleo y a otros miles de estudiantes sin oportunidades. 

El gobierno aprovecha la pandemia –en cuyo combate, sin duda, todos debemos participar– para violar la Constitución y el Estado de Derecho. En otras palabras, destruye lo público y nos empuja hacia la sociedad del cansancio, al estrés colectivo, a eso que algunos llaman el infarto del alma.

 

domingo, 12 de abril de 2020

Las multitudes sitiadas


Por Gustavo Abad

Una de las grandes paradojas de esta cuarentena –ya van 28 días y no se divisa el final– es que hemos comprobado, con mayor claridad que en otros momentos de la historia, el irrompible vínculo entre el individuo y la multitud. El aislamiento nos muestra en cada mínima acción el efecto de las conductas individuales en el entramado colectivo. Una simple decisión personal, como la de usar o no la mascarilla para salir a la tienda, puede tener efectos beneficiosos o destructores en la vida de los otros.
El modo en que cada familia y cada persona han asumido este encierro forzado ofrece muchas pistas acerca de cuáles podrían ser los principales comportamientos sociales cuando la pandemia termine.
Al inicio de la crisis, las preocupaciones, al menos de un sector que pudo quedarse en casa sin mayores apremios, se concentraron en dos: cómo llenar la despensa de comestibles y medicinas; y cómo no morir de aburrimiento en la quietud de la vida estancada. La preocupación por el sector informal, que no podía paralizarse –porque su economía precaria, sustentada en el ingreso diario, no se lo permitía– vino después, casi como un error de guion que pocos advirtieron a tiempo.
La actitud personal frente a un problema colectivo, sobre todo en épocas de crisis, es determinante en el resultado final. Mientras las calles se quedan vacías y la vida en los espacios públicos tradicionales se reduce al mínimo, la vida en internet y en las redes sociales adquiere una intensidad nunca vista. Mientras más recluidas se encuentran las personas, mayor es su necesidad de interacción, de contacto –aunque sea mediado por la tecnología– con los demás.
Las fotos de unas ciudades de cielo despejado, libres de automóviles y de esmog, crean la ilusión de que el mundo se ha detenido, de que el planeta respira aliviado. Los videos de osos, venados y cóndores que, libres de la presencia humana, recuperan lo que siempre fue suyo, hacen soñar con un mundo que revive gracias a la tregua que le ha dado, aunque de manera obligada, la especie más depredadora.
Me pregunto si, una vez superada la pandemia, estaremos dispuestos a vivir de otra manera o, por el contrario, dejaremos pasar esta oportunidad de enmendar nuestra forma de vida. Y ahí es donde se activa la relación entre individuo y multitud, entre autonomía personal y necesidad social.
La quietud en la que el virus nos ha sumergido en estos días es ilusoria. Si comparamos, por un lado, el número de horas dedicadas a internet, a las redes sociales, a las compras en línea, a las reuniones virtuales, al teletrabajo y una infinidad de actividades en red; y por otro, el tiempo dedicado a la lectura reposada, al diálogo intrafamiliar, al cultivo de un huerto urbano aunque sea en macetas y otras tareas menos vertiginosas –que no son un privilegio de clase, como afirman algunos, sino una actitud vital de querer hacerlo– es indudable la supremacía de las primeras.
El mundo, en su dimensión económica y desarrollista, no se ha detenido, apenas ha aminorado la marcha. La vida, en su dimensión cultural y psicológica, tampoco ha parado. Los gobernantes no están pensando en cómo cambiar los modelos productivos a favor de la conservación, sino en cómo poner a funcionar nuevamente la maquinaria para recuperar el tiempo perdido. Los pensadores, que advierten del peligro de volver al ritmo de producción y consumo anteriores, ocupan un espacio marginal en el torrente de información en línea.
Millones de personas conectadas en busca de entretenimiento para sobrellevar la dura prueba que la vida les ha puesto –la de encontrarse consigo mismas– no parecen terreno fértil para un pensamiento renovador. La sociedad del espectáculo incluso ha presentado, como en un juego de apuestas, la tesis optimista de Slavoj Zizek –de que el virus le ha asestado un golpe mortal al capitalismo– versus la pesimista de Byung-Chul Han –de que el virus, más bien, ha fortalecido el aislamiento y el control social– y sus adeptos solo se preguntan quién ganará.  
La pregunta, creo yo, que corresponde a estos momentos es cómo desarrollar en el plano personal una actitud frente a los tiempos que se avecinan. O nos tomamos la pandemia como una contingencia que tenemos que superar para continuar con el modo de vida –de máxima producción y consumo– o la tomamos como un llamado de alerta mundial a construir otro –con menos explotación y más distribución– que prolongue la vida en el planeta. La decisión es personal, pero el efecto es colectivo. En ese sentido, las tecnologías son una herramienta poderosa para la transformación social.
Si las multitudes físicas de las calles, los estadios, los mercados han devenido en ecosistemas peligrosos para la salud, las multitudes virtuales pueden llegar a ser igual de nocivas para la reflexión y el entendimiento. La cantidad de noticias falsas, rencillas políticas, prejuicios raciales, nacionalismos anacrónicos que inundan las redes sociales destruyen la psiquis. Cada acción irresponsable en el mundo virtual genera una energía destructiva en el mundo material y tangible.
Sin embargo, desde otros campos de esa misma sociedad –conectada y fragmentada a la vez– resurge la solidaridad, el sentido comunitario. Un grupo de mujeres esmeraldeñas fabrica en dos días más de mil mascarillas para cubrir un barrio entero y varios hospitales; decenas de camionetas llenas de ramas de eucalipto y papas bajan desde las comunidades de Chimborazo para auxiliar a los habitantes de Guayaquil; un ganadero de Saraguro reparte doscientos litros de leche entre las familias que no pueden salir a trabajar; una organización de profesores de la Universidad Central distribuye mascarillas y guantes a los médicos abandonados por el Estado…
El soporte emocional para superar el confinamiento no depende de la cantidad de canales habilitados por la televisión de cable. La vocación por la vida está en la llamada de un vecino a otro para saber si amaneció bien esta mañana. La pandemia no será menos dañina por la cantidad de películas que podamos ver en Netflix. La batalla contra el virus se gana cuando compartimos una canasta de alimentos con una familia a la que le hace falta y así evitamos que se exponga para conseguirla. Dicho de otro modo, la sanación –personal y colectiva– no está en la fuga hacia afuera que nos proporciona el entretenimiento y la industria del espectáculo, sino en el viaje hacia adentro que nos aporta la conciencia de lo que estamos viviendo.
La energía de la resistencia contra este y los próximos virus se basa en esa mínima transformación individual, en esa potencia viva y, sobre todo, en esa apuesta por el futuro capaz de alcanzar su máxima intensidad en las multitudes sitiadas de nuestro tiempo.

domingo, 22 de marzo de 2020

El Tiempo, viejo tirano


Por Gustavo Abad
Antes de esta pandemia de coronavirus que nos obliga a permanecer en nuestras casas, el tiempo parecía estar organizado de manera pragmática. Horarios, cronogramas, semestres, horas de entrada y de salida… Todo aquello a lo que conocemos como el devenir daba la impresión de poder ser controlado, medido, en suma, moldeado según nuestros deseos. Hoy, durante el séptimo día de confinamiento, cuando decido escribir esta columna, esa noción matemática y productivista del tiempo comienza a diluirse.
El tiempo ahora, en la redescubierta experiencia del encierro y del encuentro con uno mismo, parece volverse inasible, volátil, reacio a someterse a esas pequeñas y mezquinas jaulas de cronometría que sirven para organizar la vida ordinaria. El tiempo, como puedo sentirlo en el silencio de este mediodía, bajo este azul profundo de un domingo soleado en Quito, ha recobrado su inconmensurable dominio sobre las cosas.
Las palabras “antes” y “después”, que solemos usarlas para los hitos más pedestres de nuestras vidas, adquieren en estos días una dimensión pocas veces concientizada en lo que hasta hace poco denominábamos la “normalidad”. Hay que ver en nuestros propios ojos la sombra de nostalgia y de culpa cuando queremos hacernos cargo del pasado y decimos cosas como: “de no haber destruido tanto el planeta…” o “si nos hubiéramos detenido a tiempo”. Hay que ver, así mismo, el gesto mal disimulado de incertidumbre y de miedo cuando nos preguntamos, de cara al futuro: “¿y si no salimos de esta…?” o “¿aprenderemos a vivir de otra manera cuando esto pase?”.
Varados en nuestro encierro físico, nos asalta la inquietud metafísica de ocupar un punto que parece ser la mitad de todo y de nada a la vez, el punto medio del infinito, y no sabemos si nos corresponde evocar un tiempo pasado del que siempre hemos dicho “nunca fue mejor” o imaginar un tiempo futuro del que hemos repetido “nunca se sabe”.
El tiempo hasta ahora estaba degradado, sometido a la servidumbre de la ilusión productivista, del embrujo desarrollista, desde la programación de los trenes hasta el plazo fijo de los bancos, desde la reserva del boleto de los aviones hasta la fecha de caducidad del yogur. Pero en estos días ha recuperado su sitial. Ha vuelto a tener nombre propio. Es el gran personaje de estos días aciagos y hay que nombrarlo así: el Tiempo, con mayúscula.
Entonces, el Tiempo se ha echado sobre nosotros y nos envuelve con esa sustancia fina y transparente, sin bordes ni texturas, sin peso ni densidad, de la que yo me imagino que está hecho. No sabemos cuánto durará esto. Estamos a mereced del Tiempo como lo hemos estado siempre sin mayor conciencia de estarlo.
La única tabla de salvación a la que podemos asirnos en medio de tanta desorientación es la memoria, esa obstinada reserva de conciencia de nosotros mismos a la que acudimos, de vez en cuando, en busca de alguna respuesta.
El Tiempo, señor de todos los archivos, maestro de todas las escrituras, dueño de todos los relatos, nos mira con desdén cuando intentamos –insignificantes de nosotros– encontrar una explicación a todo esto. Las guerras, las pestes, las hambrunas, las sequías, las inundaciones… Todo nos ha pasado sin que aprendiéramos nada.
El Tiempo, amo de todos los mundos, ya no se parece en nada al viejecito bondadoso de barba blanca, calva pronunciada y clepsidra en mano que nos mostraba, en unas láminas de cartulina, mi profesora de segundo grado. El Tiempo reaparece en estos días como un anciano, sí, pero de mirada fría y penetrante en cuyo fondo no quedan ni rastros de compasión.
Es que el Tiempo lo ha visto todo y nada lo asusta porque, a su edad, ya está curado de todos los miedos. Ha visto cómo la humanidad se viene matando a sí misma desde épocas remotas de las que casi nadie se acuerda, pero el Tiempo sí, porque en aquella tarde en medio del desierto, cuando se consumó el primer crimen de un ser humano sobre otro, el Tiempo ya era viejo.
Por eso desprecia los ridículos intentos de las generaciones de momificarlo en los museos, de estacionarlo en los archivos, de domesticarlo en los horarios. Al Tiempo no le hacen gracia los cuentos ladinos de los historiadores y apenas se conduele de los arqueólogos. Le repugna el cronómetro que marca la muerte y resurrección de las acciones en las bolsas de valores.
El Tiempo sabe que, desde nuestro primer día sobre la tierra, no hemos parado de matarnos unos a otros. Ha visto transformarse el mundo, separarse los continentes, secarse los lagos, inundarse los valles, crecer las selvas, morir las selvas, formarse los glaciares, derretirse los glaciares, pero los seres humanos no han cambiado.
Hubo épocas buenas en las que el Tiempo se sintió ilusionado, tuvo la tentación de aplaudir: el fuego, la rueda, las semillas, la escritura, el libro, el canto, la música, los cuentos, la pintura, los barcos, el cine, el amor, el fútbol, la hamaca… Pero también de las otras: las Termópilas, las Cruzadas, el sitio de Constantinopla, la invasión de América, la caída de Tenochtitlán, Crimea, las dos guerras mundiales, Hiroshima, Auschwitz, los gulags, Ruanda, los Balcanes, las Torres Gemelas…
Todo lo ha visto el Tiempo. Por eso, ya nada lo conmueve. El Tiempo parece querer vengarse de tantas y tantas veces que nos ha viso cometer el mismo error y repetirlo sin aprender.
Frente a sus ojos han pasado la peste negra, las viruelas, el cólera, la fiebre amarilla, las gripes –española, rusa, japonesa–, el sida, la gripe porcina, el ébola, el SARS, el cólera otra vez, el ébola otra vez, y ahora… Por eso el Tiempo mira todo con indiferencia, con un frío desprecio hacia las gentes de todas las edades.
Nosotros, mientras tanto, nos morimos de miedo. Pensamos que somos los primeros y los últimos en vivir una cuarentena, que nuestra experiencia es única, que a los adolescentes no los matará el virus sino el aburrimiento, que el teletrabajo es nuestro mayor sacrificio por el bien de la humanidad. Y el Tiempo, que ha visto morir a millones por causa de la infinita maldad de la especie, ya no tiene paciencia para contemplar nuestro drama.
El Tiempo, viejo tirano, se encontraba distraído esta mañana de domingo, derrochando las pocas horas de sol y de hermoso cielo quiteño que puedo atrapar desde el balcón de mi casa. Y pensé –iluso de mí– que la respuesta a todo esto había que dejársela al Tiempo. Pero el anciano no dijo nada.
Al principio pensé que su mutismo se debía a que nos quería torturar con la idea de que tendremos que pasar así, en condición de sobrevivientes, los próximos ¿diez? ¿veinte? ¿cincuenta años? en un estado de sitio que ya no será la excepción sino la rutina.
Me quedé esperando a ver si reaccionaba, pero se mantuvo en silencio. Ahora estoy seguro que ni el mismo Tiempo sabe cuándo será el fin de esta carrera de locos. 

martes, 21 de enero de 2020

Literatura que cuenta


Por Gustavo Abad
Un buen escritor no es el que escribe más. Todo lo contrario, un buen escritor es a quien escribir le cuesta mucho más que a los demás. La definición no es mía, sino de Leila Guerriero. Bueno, tampoco es suya, porque en realidad ella dijo que Javier Cercas dijo que fue un editor alemán quien dijo eso… Y debe ser cierto, porque hasta llegar a estas páginas ha pasado por muchas bocas, por muchos préstamos, y no ha perdido su sencillez ni su claridad aforística.
Entonces una tarde de estas, en que el verano quiteño no termina de irse ni el invierno termina de llegar, comienzo a leer un precioso libro titulado Literatura que cuenta y en sus 231 páginas solo puedo encontrar un coro de voces que confirman la definición arriba citada. Yo solo agregaría que un buen escritor es también aquel que le muestra al lector las angustias de su oficio, que no le oculta las vértebras torcidas de su esfuerzo, que le abre las puertas a las cocinas de su escritura.
Este libro se compone de diez entrevistas a igual número de escritores de literatura sin ficción, como se dice ahora, o de periodismo narrativo, como se ha dicho por mucho tiempo y a mí me parece más acertado. Su autor, el periodista y catedrático español Juan Cruz Ruiz, nos acerca no solo al mundo personal y narrativo de los mejores cronistas hispanoamericanos, sino que también nos ofrece una lección del arte de entrevistar, de la habilidad para estimular la inteligencia del otro mediante el diálogo y obtener de allí una revelación, un dato inesperado, un detalle oculto de su personalidad.
Otro gran exponente de este género, el argentino Jorge Halperín, dice que una entrevista es buena cuando ha conseguido un delicado equilibrio entre información, testimonio y opinión. El mérito de Cruz Ruiz es doble porque logra ese equilibrio con unos escritores que, aunque se han destacado más como cronistas y novelistas, también son unos sagaces entrevistadores y saben a lo que se meten cuando aceptan una.
Por este juego entre dos mentes pasan tipos admirables como el mexicano Juan Villoro, quien cree que su amor por la narración y la lengua española se debe en gran parte a su experiencia de niño en un colegio alemán, donde el español era la lengua proscrita, por tanto, la lengua de la libertad, la que se hablaba en el recreo, que es la cumbre de la libertad de todo escolar. O sea, sin recreo no habría Villoro. Pero tampoco habría Villoro sin los narradores deportivos de su infancia, que eran capaces de reinventar cualquier partido mediocre y convertirlo en la guerra de Troya, como los recuerda ahora.
Más adelante, Martín Caparrós cuenta que en sus inicios como reportero tuvo como jefe nada menos que a Rodolfo Walsh. Sin embargo, no puede decir que aprendiera mucho del autor de Operación masacre porque este estaba tan concentrado en su propio trabajo, tan obsesionado con la exactitud del dato, con la frase adecuada, que no tenía tiempo de revisar el trabajo de los demás. Pero cualquiera que lea esa obra fundacional entenderá que toda la enseñanza de su autor está concentrada ahí. Eso lo entendió Caparrós después, cuando escribió una crónica en la que demostraba que por cada policía muerto en enfrentamientos armados morían treinta y tres delincuentes. La historia se publicó sin firma y los lectores pensaban que la había escrito Walsh.
Como son diez los entrevistados y no se puede hablar de todos porque la escritura también es un ejercicio de selección, que a veces puede ser doloroso e injusto, voy a consignar aquí algunas de las otras voces de este diálogo diverso, como Jorge Fernández, Héctor Abad Faciolince, Josefina Licitra, Manuel Vicent, y para que el lector haga su parte también.
Hay diálogos a modo de confesión, como el que ofrece Elena Poniatowska, protagonista y testigo de otros tiempos del periodismo, de otra ética, de otra estética. Desde la autoridad de sus 87 años, Poniatowska recuerda la época en que se convirtió en una cronista peligrosa luego de La noche de Tlatelolco. Cada día se estacionaba frente a su casa un carro policial para vigilarla y ella bajaba muchas veces a ofrecerles café a sus ocupantes, que le agradecían porque se dormían de cansancio.
Para terminar este comentario, vale otra indagación acerca de la inagotable relación entre literatura y periodismo. Alberto Salcedo Ramos sostiene, y lo recalca en esta entrevista, que ya es hora de dejar de usar la palabra literatura como sinónimo de ficción solamente. Cuando algún lector entusiasmado le pregunta: “¿cuándo vas a dar el salto a la literatura?”, el cronista colombiano contesta: “pero si yo hago literatura, colega, solo que no es literatura de ficción”.
En lo personal, me quedo con la explicación del español Juan José Millás. Lo cito para no traicionarlo: “el periodismo me ha dado tanto, no ya en el sentido de que ha ocupado mi tiempo y me ha permitido vivir de ello –que también– sino que con el periodismo he experimentado mucho y gran parte de esos experimentos los he llevado luego a mi literatura. Mi literatura sería distinta y sin duda peor sin mi periodismo. Y mi periodismo no tendría las virtudes que tiene sin mi literatura. Son dos territorios que se han enriquecido mutuamente, es como si me dijeras: ¿imaginas tu vida sin una pierna? No, son las dos las que me han llevado a un sitio, no puedo imaginar mi vida sin el periodismo, mientras esté activo, de un modo u otro haré periodismo”.

Cruz Ruiz, Juan. 2016. Buenos Aires: Adriana Hidalgo Editora.231 páginas

miércoles, 9 de octubre de 2019

La aporía de un país bajo las bombas lacrimógenas


Por Gustavo Abad
Esto se veía venir, lo que no se podía anticipar era el cómo y el cuándo. Un gobierno como el de Lenín Moreno, que nació deslegitimado por fundadas sospechas de fraude en las elecciones de 2017, tenía que enfrentarse algún día con su mayor debilidad: ocupar el poder, pero carecer de autoridad.
Rota su complicidad de diez años con el correísmo, la banda delincuencial más grande que ha gobernado al Ecuador –el expresidente Correa está prófugo, el expresidente Glass sigue preso, mientras otros jefazos guardan arresto domiciliario o se refugian en paraderos desconocidos– Moreno no vio otra salida, para sostener su difuso plan de gobierno, que buscar el apoyo de la derecha empresarial, paradójicamente, la mayor beneficiada por el correísmo.
El discurso anticorrupción de Moreno al inició de su mandato le permitió comprar tiempo y mejorar considerablemente su capital simbólico para gobernar con relativa tranquilidad sus dos primeros años. Después se diluyó misteriosamente.
Fue entonces cuando sus nuevos aliados comenzaron a cobrarle su apoyo interesado. Los acuerdos con el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, concretados a inicios de 2019, solo confirmaron el proyecto neoliberal del gobierno y crearon el estado de ánimo para la rebelión de diversos sectores sociales.
En este momento a nadie le interesa debatir acerca de la racionalidad técnica de las medidas económicas del pasado 30 de septiembre –eliminación del subsidio a los combustibles, flexibilización laboral, reducción de vacaciones y de sueldos, etc.– porque en la política no rige tanto la racionalidad como los imaginarios. Y en el Ecuador el imaginario asociado a la palabra paquetazo es el de la protesta callejera, las llantas quemadas, la represión policial, la indignación popular.
Ni Moreno ni sus ministros tuvieron la capacidad de entender esa dimensión de la política y mucho menos de imaginar medidas de compensación para atenuar el golpe que iban a asestar. Su error no es técnico sino político. Por eso repitieron el viejo libreto de anunciar el paquetazo como si nada y, al primer brote de inconformidad, responder con la declaración del estado excepción y una represión desmesurada, comparable solo con los días más atroces del correísmo.
Al fin y al cabo, Moreno es heredero de Correa, la cara complementaria de la misma moneda. No hay traición entre ellos ni divergencia de ideales, sino bronca por un mal reparto del negocio.
En el Ecuador vivimos una aporía en toda regla, una situación desesperante en la que, hagamos lo que hagamos, vamos a perder. El desprestigio del gobierno de Moreno podría hacer reflotar la figura de su antiguo jefe y eso buscan ahora mismo sus adeptos mediante la estrategia de generar violencia en las calles. Por eso es necesario identificar quién es quién en todo este estado de cosas demencial.

  1. El movimiento indígena recupera espacio y movilización
Golpeados por tantos años de represión y cooptación de sus dirigencias, desgarrados por luchas internas e infiltrados por oportunistas, los movimientos sociales han requerido en los últimos años más energías para sobrevivir que para liderar un camino hacia un país mejor.
De todos ellos, el movimiento indígena, el de mayor incidencia política desde el retorno a la democracia y también el más perseguido y reprimido por el correísmo, cuenta todavía con una base bien organizada, a juzgar por la capacidad de movilización de los últimos días.
Su presencia en las calles de Quito evoca los momentos de su mayor auge en la década de 1990 y primeros años 2000. De hecho, si alguna fuerza social va a resultar determinante en el desenlace –cualquiera que sea– de esta rebelión popular, es justamente la de las organizaciones indígenas.
No obstante, se trata de un actor con pronóstico reservado, con dirigencias todavía confusas, con mayor capacidad reactiva que programática. Una densa maraña de intereses cruzados impide aseverar con alguna certeza cuál será su derrotero.
Otros, como el ecologismo y el feminismo, que han ganado mucho espacio en los últimos años, no alcanzan todavía la incidencia que ojalá lleguen a tener pronto en la vida pública.
Mientras tanto, vivimos la aporía de un país obligado a mirarse a sí mismo en medio de una nube de bombas lacrimógenas.


  1. La estrategia del correísmo es el cinismo
Varios dirigentes del anterior gobierno quieren aprovechar esta ola de inconformidad popular para posicionar una falsa imagen de luchadores sociales. En estos días aparecen personajes como Virgilio Hernández, Gabriela Rivadeneira, Paola Pabón, entre otros, que quieren pasar como abanderados de la protesta.
Hace poco más de dos años, cuando detentaban el poder, condenaban cualquier manifestación en las calles. Para ellos, todo brote de rebeldía popular era sinónimo de terrorismo y desestabilización. Quienes ahora se quejan de la violenta represión del gobierno morenista, hace menos de tres años aplaudían los balazos del régimen correísta.
Cualquier persona honesta tiene dudas en la vida. Los correísta no las tienen. Su estrategia es el cinismo, ese salvoconducto psicológico que se compran algunos para ir por el mundo sin que les asome en la cara el menor rastro de vergüenza.

  

3.            A los choferes solo les importan los choferes

Intento rastrear en la historia de las luchas sociales algún acto de solidaridad de los choferes con otros sectores y no lo encuentro. A los señores del volante solo les importan sus propios intereses.
Durante el gobierno correísta, las principales organizaciones del transporte (buseros y taxistas) ejercieron como sus mejores aliadas. Participaron en las campañas electorales del oficialismo con gente y vehículos. Así obtuvieron exoneraciones de impuestos, subsidios para combustibles, reducción de las normas de seguridad, disminución de los controles en las carreteras y, lo peor de todo, impunidad para su conducta asesina en las calles y rutas del país con un promedio que supera los mil muertos cada año.
Los transportistas solo piensan en ellos. Una vez que obtienen sus beneficios particulares se olvidan de los demás. Dicen que luchan por el pueblo, pero lo maltratan todos los días en sus carros de la muerte.


  1. Varios medios privados se traicionan a sí mismos
Resistir durante diez años el asedio de un gobierno enemigo de los medios y del periodismo requiere valor e inteligencia. Dilapidar en pocos días ese capital simbólico ganado a fuerza de revelar la corrupción en las altas esferas del poder es una extremada torpeza. No puedo asegurar que todos, pero al menos Teleamazonas y Ecuavisa han dado muestras de ella.
El enfoque oficialista de sus informaciones es un retroceso en el terreno ganado en los últimos años por muchos medios y periodistas, que le ofrecieron al país pruebas innegables de la importancia social de su trabajo. Hablar en sus noticieros de los beneficios de la eliminación de impuestos a las computadoras mientras ignoran la represión policial y militar en las calles y comunidades los acerca al poder y los aleja de la sociedad.
Así, varios medios ofrecen en bandeja los argumentos que necesitan los detractores del periodismo para denostar de su función en la vida pública. Unos más, otros menos, esos medios reproducen en esta coyuntura lo que los medios públicos hicieron durante el gobierno anterior y el actual: informar desde la agenda del poder y no desde las demandas de la sociedad.

  1.  Las redes sociales y la interrogante del periodismo ciudadano
La premisa más difundida en este y en otros momentos de gran tensión política es que, a falta de una cobertura eficiente de los medios tradicionales, las redes sociales llenan ese vacío. Eso puede ser cierto, pero solo de manera parcial. No cabe duda de que las redes sociales ayudan a democratizar la información en la medida en que cualquier persona puede transmitir su propia versión de los hechos desde cualquier lugar sin pasar por el filtro de una edición. De acuerdo, pero así como nadie controla nada, nadie se hace cargo de nada.
Por cada información certera que circula por las redes sociales hay que descartar otra o más informaciones falsas –declaraciones inventadas, titulares modificados, fotos descontextualizadas, datos alterados, noticias de otros países, de otras épocas…etc.– que no ayudan a entender lo que pasa y solo aumentan la confusión.
Cuando alguien promovió la idea de periodismo ciudadano seguramente tenía buena intención, pero confundió información con periodismo que es como confundir comida con alimentación. El periodismo es un relato de lo social que se basa en la información y se ajusta a normas de verificación, contrastación, contextualización y narración especializadas. El periodismo es bueno cuando se ajusta al rigor informativo y malo cuando oculta lo que pasa o dice lo que no pasa. Y eso nada tiene que ver con que circule por los medios tradicionales o por las redes sociales.


Nupcias o cómo ser uno y todos a la vez



Por Gustavo Abad

Cuando Susan Sontag planteaba que la interpretación muchas veces es un acto de venganza del intelecto contra el arte, no quería negar el valor de las ideas, sino destacar la potencia de la forma en sí misma. Proponía así liberar a las obras de arte del pesado ropaje conceptual con que suelen recubrirlas los críticos y volver a la experiencia sensorial.
De todos modos, la experiencia general del espectador, ya sea desde la pura impresión sensorial del arte o desde la irresistible tentación de interpretarlo, deambula por un amplio e impredecible territorio en el que reside gran parte de su riqueza: el de las preguntas.
Quizá por ello, el coreógrafo francés Sylvain Huc imaginó una obra a partir de una sucesión de preguntas disparadoras acerca de la relación entre el individuo y el colectivo, entre el cuerpo personal y el de la multitud. Y procura responderlas en Nupcias, una creación colectiva que puso en escena recientemente con el elenco de la Compañía Nacional de Danza (CND) en varios escenarios de Quito.
¿Podemos renunciar a nuestra soberanía individual y encontrar otra fuerza para actuar?, se pregunta, entre otras cosas, el director. Y la respuesta –siempre provisional, siempre exploratoria– es una serie de movimientos con que los 17 bailarines materializan en el espacio físico del escenario el eterno dilema de ser uno y todos a la vez.
El cuerpo es la unidad mínima con que se manifiesta el ser humano en el mundo y las multitudes son su estado de máxima intensidad colectiva. Por eso, Nupcias puede ser descrita como un persistente viaje de ida y vuelta entre la autonomía personal y la subordinación grupal.
La vida contemporánea y, dentro de ella, un arte tan corporal como la danza, se organizan a partir del modo con que cada individuo establece las distancias y las cercanías con los demás. En otras palabras, es en el cuerpo donde se concentra la suma de expectativas entre uno y el resto: saber cuándo mostrarlo, cuándo ocultarlo, cuándo exponerlo, cuándo protegerlo…
En Nupcias, los bailarines de la CND ponen su cuerpo al servicio de esas preguntas, se colocan en el centro del experimento, y alcanzan un efecto evocador del funcionamiento social. El cuerpo, en este caso, se pone en evidencia como el elemento central de un juego permanente entre las fuerzas controladoras y los impulsos liberadores que rigen la vida.
La tradición racionalista ha alentado durante siglos la supremacía de lo individual sobre lo colectivo. El arte, y en este caso la danza, propone una ruptura de esta fórmula jerárquica. En el trabajo grupal, el cuerpo individual entabla infinitos intercambios con los demás. La energía de unos se transmite a otros y cada cuerpo se reafirma como vehículo de la experiencia.
Por eso, y volviendo a la idea provocadora de Sontag, se podría decir que en Nupcias no son los conceptos los que definen ni, mucho menos, justifican la obra, sino que son los cuerpos los que se autorizan a sí mismos y nos ayudan a los demás a entender el mundo o al menos la parte de mundo que nos toca.

jueves, 21 de febrero de 2019

Rehenes, el viaje incesante del periodismo de investigación


Por Gustavo Abad
Había un silencio premonitorio en los alrededores del cuartel de Policía de San Lorenzo esa noche del viernes 26 de enero de 2018. Los policías y los vecinos del barrio –normalmente bullicioso y festivo por la llegada del fin de semana– compartían ese estado de calma nerviosa de quienes intuyen que algo grave va a pasar. Y pasó. A la 01h32 del sábado 27 de enero, un coche bomba explotó contra la parte posterior del cuartel. La mezcla de nitrato de amonio, pentolita y diésel abrió un cráter de casi cinco metros de diámetro por uno de profundidad y causó destrozos en las casas hasta 300 metros a la redonda. De esa manera, despiadada y brutal, hacía su aparición alias “Guacho”, el jefe de la banda narcoterrorista que sería, más adelante, responsable de la muerte de cuatro militares, tres periodistas y dos civiles en uno de los momentos de mayor tensión y violencia en la frontera norte, en la última década.
Corrijo: la verdad es que “Guacho” ya no era un desconocido en ese instante. Varios meses atrás corría un ir y venir de mensajes, llamadas, informes y conversaciones reservadas entre mandos policiales, militares, investigadores, ministros y otras autoridades del poder político, que sabían de la existencia y las intenciones criminales de este personaje. Incluso, minutos antes de la explosión, investigadores del Departamento de Vigilancia Técnica Especializado (DVTE) pudieron interceptar los mensajes de la gente de “Guacho” y seguir, paso a paso, los preparativos del atentado. Lo que no pudieron fue evitarlo, porque estaban en Quito, a cientos de kilómetros, y ninguno de sus mensajes desesperados llegó a la Unidad de Gestión de Seguridad Interna (UGSI), encargada del seguimiento del caso. Entonces vino el estruendo, el olor a quemado, la destrucción y el despertar de un país al borde del horror.
Los párrafos anteriores son apenas una síntesis de uno de los pasajes más reveladores de un libro cargado de pasajes reveladores acerca del contexto de violencia en que se produjo el secuestro y asesinato de Javier, Paúl y Efraín, periodistas de El Comercio, cuyo primer aniversario está por cumplirse. El libro se titula Rehenes y sus autores son Arturo Torres y María Belén Arroyo, periodistas con larga experiencia en llevar hasta su punto más alto la premisa central del periodismo de investigación: contar lo que alguien, en algún lugar del poder, no quiere que se sepa. El texto de 280 páginas es, en mi criterio, uno de los trabajos más detallados que sobre este tema ha ofrecido el periodismo ecuatoriano. Aparte de un excelente relato informativo, es un valioso documento histórico y, como dicen los autores en el Epílogo, un modo de honrar el recuerdo y la memoria de quienes partieron a cumplir su trabajo y no regresaron.
Antes de continuar sobre el contenido de Rehenes, vale aclarar que no se debe confundir la investigación periodística con el periodismo de investigación, aunque la diferencia puede ser muy sutil en algunos casos. La primera es una práctica imprescindible del oficio para obtener información sobre cualquier tema. El segundo, en cambio, es la búsqueda de información acerca de temas que el poder, intencionalmente y con diversos métodos, quiere mantener ocultos. El libro de Arturo y María Belén se inscribe en el segundo grupo. Es periodismo de investigación de alto nivel porque en la mayoría de los hechos que narra permite entender cuál es el lugar y la acción del poder.
Dicho de otra manera, Rehenes también es un relato de la suma de acciones, errores y omisiones –intencionales o no– con que el poder político permitió que el crimen organizado convirtiera al Ecuador en su zona de operaciones. Y esa historia tiene, según los autores, varios momentos decisivos: los indicios no desmentidos de un supuesto aporte económico de las FARC a la campaña presidencial de Rafael Correa en 2006; la pasividad con que las fuerzas del orden vieron cómo crecía en la frontera el sistema de extorsión o “vacunas” de las bandas delincuenciales contra los campesinos y hacendados; el fiasco de los inservibles radares chinos, que costaron millones de dólares, pero nunca pudieron ser usados para vigilar la frontera; el infame papel que jugó durante el correísmo la entonces Secretaría Nacional de Inteligencia (Senain) que, en lugar de investigar a los grupos armados, se dedicó a vigilar y perseguir a políticos, periodistas, líderes sociales y otras voces críticas al gobierno; los intercambios de mensajes por watsapp entre el jefe de los secuestradores y un oficial de la policía; la decisión tardía de aceptar un canje que implicaba la liberación de los periodistas a cambio de tres hombres del círculo íntimo de “Guacho”, presos en la cárcel de Latacunga… Y muchos otros con los que cualquier lector de este libro puede hacer su propio ejercicio de relacionar unas cosas con otras.
Hay algo más que nos ofrece Rehenes y es la certeza de que en la búsqueda de la verdad el poder siempre, o casi siempre, opta por el silencio, y en la búsqueda de justicia el actor más confiable, el más cercano, es la sociedad civil organizada. Difícilmente el secretismo oficial con que el gobierno ha tratado de eludir su parte de responsabilidad en esta escalada de violencia hubiera podido romperse sin la persistencia de los familiares de las víctimas, de los organismos de derechos humanos, de las organizaciones de periodistas, de los abogados comprometidos con las causas sociales, de las marchas y plantones frente a Carondelet organizados por sus compañeros y amigos, de la presencia solidaria de los estudiantes ansiosos de entender qué futuro les espera en esta profesión de periodistas.
Este libro, como dicen sus autores, es un viaje que no termina aquí ni ahora, porque nada termina para el periodismo de investigación. La historia de la violencia no comienza ni termina con la foto de lo que, según la información oficial, es el cadáver de “Guacho” ultimado por un francotirador. Al contrario, esa foto genera más preguntas, porque el periodismo no es otra cosa que el ejercicio obstinado de la pregunta. Y la que queda latiendo en todo esto es: ¿cuánto silencio, cuantas historias ocultas subyacen detrás de esa foto de un hombre muerto?